Economía

La economía también los deja desnudos, por Xabier Coscojuela

Por: Xabier Coscojuela

La incoherencia parece ser consustancial al proceso chavista. En el área económica también se produce esta falta de correlación entre lo que proponían o decían defender y los hechos. Antes de acceder al poder aseguraban que con ellos al mando Venezuela pasaría de ser un país rentista a uno productivo.

Eran y son firmes creyentes de la activa participación del Estado en la economía. Criticaron con fuerza la política de privatización que adelantaron los segundos gobiernos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera. Aseguraban que quienes manejaban las empresas públicas lo hacían mal para justificar su venta, pues estaban metidos en algún negocio.

La vida les dio la oportunidad de demostrar lo que decían. Han estado al frente de empresas públicas desde que llegaron al poder. También nacionalizaron algunas que fueron privatizadas y convirtieron en empresas estatales otras que nunca lo fueron, como la Electricidad de Caracas o el Banco de Venezuela. Los resultados están a la vista. Peor no lo podían haber hecho.

La Siderúrgica del Orinoco fue vendida durante el gobierno de CAP II a un consorcio argentino. El último año que estuvo en manos privadas produjo cuatro millones de toneladas de acero. El año pasado, en manos “revolucionarias” Sidor apenas fabricó 1,3 millones de toneladas de acero.

El sector eléctrico funcionaba mal durante el segundo gobierno de Caldera y también se quería privatizar. Nunca se pudo concretar la venta y los chavistas tuvieron la oportunidad de mejorar su servicio, pero lo que lograron fue todo lo contrario y este año el país estuvo cerca de una catástrofe gracias a la ineptitud revolucionaria. Lo peor es que en ese sector se han invertido miles de millones de dólares que han beneficiado a muy pocos.

Los cuantiosos ingresos recibidos por el país gracias al alza de los precios del petróleo le permitió al Gobierno generar la ilusión de que el país iba por buen camino. La economía crecía, la renta se repartía algo mejor y, en el ínterin, se atacaba al sector privado. Nacionalizaciones, expropiaciones –muchas de ellas no pagadas- pleitos con empresas trasnacionales que demandaban y ganaban en tribunales internacionales, invasión de fincas y tierras productivas. Todo se podía y el petróleo pagaba.

La caída en la producción de algunas áreas era sustituida con importaciones donde las irregularidades abundaban. La fiesta terminó de repente. El precio del barril petrolero ya a más de 80 dólares no era suficiente para seguir con el crecimiento estatal. Como si lo anterior fuera poco, el precio de crudo se derrumbó y la revolución quedó desnuda: el país es más rentista hoy que cuando ellos llegaron a Miraflores.

El año lo comenzaron con un decreto de emergencia económica, que para lo único que ha servido es para burlar a la Asamblea Nacional. Inventaron unos “motores” que no prenden pues no hay un solo sector de la actividad económica que crezca. La caída del Producto Interno Bruto puede ser mayor a seis puntos y el desempleo no crece. Milagro de quienes manejan las estadísticas oficiales.

La inflación vuela a gran velocidad y al presidente Nicolás Maduro no se le ocurre otra cosa que subir el salario mínimo. Se jacta de haber decretado catorce aumentos, prueba irrefutable de que no solucionan nada, pues los trabajadores cada vez compran menos con más bolívares.

No hay una política económica seria que permita vislumbrar un control de la subida de los precios y de la disminución de la escasez.

Dicen que el último aumento del salario mínimo también tiene como objetivo calmar las revueltas aguas del Partido Socialista Unido de Venezuela, donde las críticas a la gestión de Maduro van creciendo. Esta última decisión es otra demostración de su incoherencia. En el pasado criticaron la eliminación de la retroactividad de las prestaciones sociales y abogaban porque todo bono que recibiera el trabajador se convirtiera en salario.

Hasta la Corte Suprema de Justicia llevaron su reclamo. Pues bien, al eliminarse la retroactividad de las prestaciones se le colocó un tope a la bonificación del ingreso de los trabajadores. El mismo no podía ser mayor de 20% del ingreso total. Hoy, quienes exigían que los bonos se convirtieran en salario, entre ellos estaba Cilia Flores, decidieron que la mayor parte del ingreso de trabajador provenga del bono de alimentación. Se tuvieron que tragar sus palabras. La vida les dio la oportunidad y demostraron ser unos farsantes.

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