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La escasez dicta la rutina

Cada semana Adolfo Osma pierde un día de trabajo para conseguir comida. Es latonero y vive en Las Adjuntas, pero debe ir hasta Catia y allí empezar un largo peregrinaje en busca de harina de maíz. Cuando hay suerte, logra conseguir cuatro kilos luego de dos colas de varias horas, bien sea en el Día a Día, en el Unicasa o en el Mikro (en cada comercio solo le permiten llevar dos kilos). En su casa hay ocho bocas que alimentar, así que eso solo le dura una semana.

Mary Tovar, vecina del sector González Cabrera, en Antímano, también dice que en el suroeste es muy difícil encontrar esos tesoros de estos tiempos como son cualquier harina, el aceite o la leche en polvo, pero ella no va a Catia sino a El Paraíso o Chacaíto. Pero el miércoles 18 tuvo suerte y consiguió leche en polvo en el Makro de La Yaguara: le dieron un número a las diez y media de la mañana y salió del supermercado a las cinco de la tarde.

La escasez ha cambiado la vida del caraqueño, que ha tenido que ajustar sus horarios para conseguir cualquier cosa y resignarse a perder horas de su tiempo en busca de cosas que hasta hace bien poco conseguía en cualquier tienda o almacén.

Y no es solo el tiempo. José Rafael Cabrera, taxista, está desesperado porque no ha podido trabajar desde hace cinco semanas, pues le chocaron el carro y ahora no hay manera de conseguir una de las puertas. El vehículo está asegurado y no es viejo: un Getz de 2011.

José Quintero, dirigente de la organización comunitaria Procatia, también tiene un problema parecido, pues no consigue una válvula de su Mitsubishi Diamante. La opción que tiene, le dijeron, es buscarlo en Cúcuta (!). Él ya se ha puesto a sacar números, y cree que no tendrá alternativa: más de treinta mil bolívares entre viaje y costo del repuesto, y tres días perdidos. «Eso es un repuesto que antes conseguías en cualquier tienda», dice.

En las propias tiendas muchos trabajadores no hallan qué hacer. Hace 35 años que Jorge Carvajal tiene un negocio de partes eléctricas y de computación en el centro Candoral (en la avenida Urdaneta, parroquia Candelaria), pero cuenta que el alza de los precios ha sido tan brutal que ya nadie compra nada: «A principios de 2013 el disco duro más barato que tenía, de 500 gigas, costaba 490 bolívares. Ahora cuesta cinco mil, si es que lo consigues». Él está pensando en tirar la toalla e irse a probar suerte a República Dominicana, donde vive su hija, pero no es fácil volver a empezar cuando se tienen más de sesenta años.

Monte y culebra

Pero dentro de todo, los caraqueños son unos privilegiados si se compara con la situación que existe en el interior del país, al extremo que ya es común para la gente de Guarenas, los Valles del Tuy o La Guaira (e inclusive de regiones más alejadas) venir a hacer mercado en los Bicentenario de Plaza Venezuela o Terrazas del Ávila o en los megamercales que se hacen en Fuerte Tiuna algunos fines de semana.

Milagros Ramírez, quien dirige la organización Sanando (que reparte medicinas de manera gratuita), cuenta que una mujer de Barquisimeto pagó cinco mil bolívares a un taxi solo para que la trajera hasta la capital a buscar una caja de un medicamento (Methergin). Como el gobierno prohibió el envío de medicinas por correo con el argumento de prohibir el contrabando, la gente del interior tiene que venir en persona a buscarlos a Caracas.

Para Ramírez la escasez de medicamentos es la más grave de todas, porque si no hay harina pues se come otra cosa, pero cuando lo que faltan son las medicinas es la vida la que está en juego. Cuenta Ramírez que no hay medicamentos oncológicos necesarios para tratamientos de quimioterapia, ni insulina de ningún tipo ni medicinas sin sustituto posible como la Digoxina (para tratar insuficiencias cardiacas en niños) o Euthyrox (para la tiroides) ni un antoconvulsivo en jarabe para niños como el Valtron. Por no haber, no hay ni siquiera termómetros o adhesivos dentales para las planchas, lo que ha condenado a muchas personas de la tercera edad a dietas líquidas, disminuyendo su calidad de vida.

Pero además tampoco hay desodorantes, ni acetona para las uñas, ni tintes para el cabello, ni papel para imprimir periódicos, ni cemento para hacer ninguna remodelación o construcción, ni plástico para las tarjetas de crédito, ni cauchos o baterías para los carros… la escasez es la que hoy marca la pauta en la cotidianidad del caraqueño.

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