Economía

La falacia de la cuarta vía

Al igual que sucede con las ideas de Norberto Ceresole, lo más lamentable de las ideas del Dr. Felipe Pérez Martí, es su total falta de originalidad. Lo que me extraña, es que ningún economista serio se haya tomado el tiempo de refutar su supuesta teoría o modelo de Economía Política: la Cuarta Vía. Imagino que muchos de ellos aún no superan el asombro de que, a finales del siglo XX, aún haya alguien que crea en Keynes, y que pueda atreverse a decir que existe un «comunismo utópico» y, como si no fuera poco, afirmar que éste es una suerte de paraíso perdido, donde todo es «amor verdadero».

No obstante, más allá de la «metafísica» que adorna tales argumentos, existen imprecisiones y malos entendidos, suficientes para escandalizar inclusive a un cuasi ignorante de economía como este escribidor. Claro, ello no sería grave si el Dr. Pérez Martí sólo influyera sobre sus inquietos y desprevenidos estudiantes, o su radio de acción estuviese circunscrito a su cubículo del IESA; pero no es así. De nuevo, al igual que sucede con Ceresole, sus semillas han echado raíces en el mejor suelo en el que podían: el arroz con mango intelectual de nuestro «amado» Comandante en Jefe. Por supuesto, las consecuencias de tal cosa no pueden ser menos que catastróficas para nuestro país, si es que en este caso no cabe más bien la palabra «tragedia», vista la permanente «catástrofe» a la que nuestros líderes ya nos tienen acostumbrados.

¿Pero qué puede haber de malo en una teoría que habla del «amor verdadero» y de la «solidaridad»? ¿Qué puede haber de malo en un Estado que practique la «comp(ens)asión»? Ya en otro artículo mencionaba mis escrúpulos en torno al asunto ese de que el Estado se inmiscuya en los temas del «amor» y de la «solidaridad». El primero, prefiero dejárselo a los poetas; el segundo, que cada quien decida sobre él. «Ser solidario» es un comportamiento con fuertes connotaciones morales, y por ello es parte de la esfera de «acción» de cada individuo. Adicionalmente, es falso afirmar que la «solidaridad» no tiene costos, o que este se reparte en forma justa todo el tiempo. Cuando Bill Gates decidió hace poco donar 25 millones de dólares para la lucha contra el Sida, lo hizo con SU dinero y no con el que el Estado le quita a la gente común con impuestos (que tienen menos para invertir en su salud personal y en la educación de sus hijos), como suele suceder con la «solidaridad» de los políticos. El sacrificio o costo de Bill Gates es que ahora tiene 25 millones menos en su fortuna, una cantidad que no podrá reinvertir para hacer más dinero; mientras que los enfermos de Sida (hijos de vecinos muchos de ellos) tienen ahora nuevas oportunidades de curarse si ese dinero estimula la investigación y la experimentación de nuevos fármacos, como se espera.

En cambio, el regalo que Chávez le está haciendo a Cuba con petróleo para pagar en cómodas y olvidadizas cuotas, nos está costando a todos (que tenemos menos petróleo que vender y menos ganancias que invertir en nuestras escuelas públicas, en salud y en pagarle a los viejitos como manda la «Bolivariana», suponiendo que nuestro Estado ‘compensatorio’ funcione). Como vemos, «ser solidario» al modo de Chávez (o del Estado) no significa lo mismo que serlo al modo de Bill Gates (un particular), tanto en cuanto a costos como a efectividad. Así que cuando el Dr. Pérez Martí habla de un «Estado ‘compensatorio’ que cubra las desigualdades de oportunidades de los desfavorecidos, incluyendo los aportes a la posibilidad del estudio, a la salud y a la seguridad social con cargo a impuestos a los favorecidos por la lotería del nacimiento (el subrayado es mío)», y afirma que eso es más solidario que un «mercado (salvaje) eficiente y todo [que no reduciría, de acuerdo a la teoría y a la evidencia, la desigualdad] (la nota anterior es de él)», no le queda a uno otra alternativa que gritar ¡fraude! En primer lugar, si tomamos el ejemplo de los EEUU (y aquí se revuelve la bilis de los fidelófilos), descubrimos que el «mercado salvaje» ha producido, en la última década, una reducción «efectiva» de la pobreza en su población. Es cierto, el más pobre «gringo» vive mejor que el más pobre mejicano o venezolano, lo cual implica una gran «desigualdad». Sin embargo, el más pobre «gringo» vive mejor gracias al «mercado salvaje» que opera en la imperialista «gringolandia», donde aún hay algo de sensatez en sus políticos; mientras que el más pobre mejicano o venezolano vive peor, gracias a ese «ogro filantrópico» (sinónimo de «altruista», por cierto) donde roen nuestros siempre insensatos políticos. Podríamos decir que la lotería del nacimiento los favoreció a ellos con algunos Clinton y Greenspan, y a nosotros nos fregó con muchos Chávez y (CA) Pérez. Mientras nuestro Estado ‘compensatorio’ produce cada vez más pobres que atender, el «mercado salvaje» produce allá cada vez más «millonarios»; sí, MI-LLO-NA-RIOS.

Según estudios recientes, los «incubadores tecnológicos» producen en EEUU un millonario cada minuto, y ninguno de ellos porque sean favorecidos por una macabra lotería del nacimiento, sino por su propio esfuerzo, capacidad y audacia. Imagino que habrá que decirle a nuestros compatriotas que se crean capaces y audaces que salgan del país de inmediato, o que se peguen un tiro, antes de que sea la Disip quien les haga el favor, por haber sido favorecidos con esas cualidades nefastas por una poco solidaria lotería del nacimiento. En fin, es falso que el Estado «cubra las desigualdades de los desfavorecidos» solidariamente, sin que a éstos les cueste seguir siéndolo (pareto óptimamente diría el Dr. Pérez Martí). Podemos convenir que haya necesidad de un «mínimo de planificación» estadal, como dijera el mismo Fidel, para corregir las llamadas «fallas del mercado»; sin embargo, como bien lo ha demostrado medio siglo de investigación y experimentación, la misma debe hacerse bajo estrictos controles legales y con mucho consenso ¡DEMOCRATICO!, para evitar el desboque de presidentes chillones o políticos jalabolas, que gustan de ser «solidarios con lo ajeno».

En fin, no queda otra que apretarse los cinturones y estirar los centavitos. La Cuarta Vía seguramente nos llevará por la tragedia re-experimentar la estatización de la banca, poniendo nuestros ahorros a merced de los caprichos de nuestro «amado» Comandante en Jefe, como una suerte de venganza contra aquellos que fueron favorecidos por la lotería del nacimiento, con el título de «banqueros». Lo mismo sucederá con las expropiaciones de tierras, las contribuciones voluntarias que los nuevos sindicatos solidarios le quitarán a sus empleados, así como las que nuestro seguro social á la uruguaya nos deduzca de nuestras quincenas. Todo será solidaridad, altruismo y «amor verdadero». Tanto así, que no me sorprendería si uno de estos días derpertásemos todos, y descubriésemos que nuestro presidente ya no es simplemente Hugo, sino San Hugo. En todo caso, la señal de rigor y amén.

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