Economía

La gerencia pública en la revolución carismática

Si hay un nombre que se le puede dar al proceso político que hoy sufre Venezuela es el de “revolución carismática”. Es un proceso que se alimenta de la popularidad de un dignatario omnipresente que copa todos los espacios, que está por encima de los demás actores revolucionarios e inclusive de los fundamentos teóricos de la revolución. La ideología es totalmente secundaria en una revolución como la nuestra. De nada vale analizar qué significa el “socialismo del siglo XXI” y por ello no se discute. Cada cual lo puede interpretar como mejor le parezca, pero al final el concepto significa lo que se le ocurra al jefe y todos los venezolanos, abrumados ante la superioridad de nuestro brillante adalid, obedeceremos. No queda otra opción que confiar en el paladín.

Ante esta realidad la gerencia pública queda supeditada a las luces que enciende el iluminado. Si dice que las empresas públicas tienen que dedicarse a la acción social, todos los gerentes se abocan a ejecutar lo que creen que pretende el maestro. No sirve de nada recordar que su verdadera «acción social» es hacer bien su trabajo, sea éste el servicio eléctrico o producir petróleo, llevar agua potable a los hogares o mantener la infraestructura.

A veces, complacer al guía resulta fácil. Por fortuna, domingo a domingo va dictando sus deseos y la dirección que debe tomar la revolución. Indica que no se debe buscar la ganancia porque es un concepto neoliberal, y los gerentes públicos siguen el lineamiento al pie de la letra. Les dice a los gerentes de PDVSA que la empresa ahora es de todos, lo que significa que tienen que hacer cosas distintas a producir petróleo: construir viviendas y módulos de barrio adentro, hacer escuelas, electrificar caseríos, en fin, un montón de cosas para las cuales la gerencia no está preparada pero los empleados tienen que formarse con premura para quedar bien con el patriarca.

Esto está pasando en toda la administración pública. Pareciera que todo el mundo espera al domingo siguiente para coger la línea. El «estilo» de trabajo que así se genera va acompañado de la respectiva «propaganda». Si uno quiere quedar bien con el director es imprescindible que cacaree lo que hace. Así vemos a las empresas públicas publicando folletos, trípticos y pagando avisos de prensa como nunca lo habían hecho en su historia. Algo que me llama la atención es la proliferación de las cachuchas, las hay con todos los mensajes posibles. Me parece que sería adecuado que bautizáramos al proceso como “la revolución de las cachuchas”.

Pero algo peor que seguir los lineamientos del ilustrado es lo que sucede cuando no hay lineamientos, entonces no queda claro que hacer ¿Qué será lo que desea la revolución? Si usted tiene una idea, mejor se la guarda, no vaya a ser que al esclarecido le parezca contraria a los objetivos del proceso. Cuando se tiene un líder carismático lo más saludable es quedarse callado. Cualquier iniciativa puede ser interpretada como contrarrevolucionaria. Aquí es que el liderazgo carismático conduce al inmovilismo. El mejor servidor público es aquel que luzca más servil, sin iniciativas contraproducentes. Eso sí, usted se presenta todos los domingos al show, se sienta en un lugar que permita que lo vean y aplaude a rabiar todas las brillantes ocurrencias del supremo.

Es cierto que el proceso revolucionario de selección de los gerentes prioriza el compromiso por encima de la competencia y esto conduce a la destrucción del profesionalismo en la administración pública. Pero por encima de la incompetencia hay que colocar el servilismo subalterno en que son colocados. Lo único que pueden hacer es servir de comparsa. La revolución se vende por la emoción y no por sus logros. Los desastres no tienen importancia siempre que se pueda encontrar un culpable ajeno. La fiesta sigue y los gerentes cobran quince y último

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