Economía

La globalización de la incertidumbre

Mucho se ha escrito acerca del carácter cíclico de la dinámica económica internacional. Sin embargo, la onda recesiva por la que atraviesa el mercado global en la actualidad, parece desafiar todas las previsiones teóricas acerca de su duración y profundidad. En un artículo publicado recientemente, el economista brasileño Theotonio Dos Santos corrigió el pronóstico acerca del fin de la recesión mundial que él mismo formulara a principios de los 90, cuando el repunte en el crecimiento norteamericano, reflejado sobretodo en la espectacular escalada de las acciones tecnológicas en Wall Street, hizo pensar tanto a los defensores del libre mercado como a sus críticos marxistas –Theotonio es uno de ellos- que una nueva era de crecimiento económico generalizado había comenzado. Una década después, el analista brasileño remienda sus predicciones aduciendo que la recuperación que debió despegar definitivamente en los noventa, se malogró por el retraso de la Reserva Federal estadounidense en disminuir las tasas de interés que, como es sabido, fueron reducidas del 6,5% al 1,75% el año pasado. Con este razonamiento, de inesperado talante monetarista, Dos Santos justifica el desacierto de sus previsiones, fundamentadas en la teoría de los ciclos largos del marxista ruso Nikolai Kondratieff (1892-1938).

En efecto, Kondratieff refutó hacia 1920 el dogma de la decadencia inevitable del capitalismo defendido por los partidarios de la III Internacional, argumentando, con base en sus estudios sobre el comportamiento de los precios durante el siglo XIX, que el sistema capitalista mundial fluctuaba de acuerdo con ciclos largos de expansión y contracción con una duración aproximada de 55 años. La investigadora venezolana Edna Esteves (Globalización, transnacionales e integración, 1998) sostiene que los tres últimos ciclos de este tipo (cada uno con sus cuatro fases de auge-crisis-depresión-recuperación) han tenido lugar entre 1848 y 1896, el primero; entre 1896 y 1944, el segundo; y entre 1944 y 2002, el último. De manera que, según este esquema, la fase de recuperación con la que llegaría a su fin la última de estas ondas ya debiera estar en marcha. Sin embargo, la recesión sincronizada en la que aún están inmersos los diferentes bloques geoeconómicos del casino global, parece contradecir las tesis de estos autores, quienes además discrepan entre sí en la periodización de la actual fase depresiva, pues para Theotonio Dos Santos la economía mundial debió “despegar a partir del 94, de acuerdo con los ciclos largos de Kondratieff” (Venezuela Analítica, 1 de abril de 2002).

Lo más llamativo de la argumentación de Dos Santos es su imbatible optimismo, pues a pesar de este retraso de una década en el despegue del mercado mundial, todavía asegura que “una de las ventajas del período de reinicio del crecimiento ha sido el redespertar de las organizaciones sociales y partidos de los trabajadores, estimulados por la perspectiva de baja del desempleo y de aproximación de una situación de pleno empleo”. Lamentablemente, las noticias según las cuales el “paro” ha alcanzado su nivel más alto en veinte años en los Estados Unidos (Wall Street Journal, 17 de mayo de 2002) y el más alto en Japón en medio siglo (BBCmundo.com, 29 de enero de 2002), parecen echar por tierra su pronóstico. Con todo, resulta interesante constatar que, por una de esas paradojas del pensamiento postmoderno, este optimismo marxista de Theotonio Dos Santos (digno del Dr. Pangloss) coincide con las predicciones que otrora formulara el más reputado de los neoliberales latinoamericanos, según lo recogió en su edición del 13 de marzo de 1997 el mismo diario WSJ, en un artículo titulado: “El mundo entra en una nueva era de crecimiento” (¡publicado justo tres meses antes del estallido de la crisis asiática!). En efecto, en este extraordinario testimonio periodístico de la capacidad ficcional de los managers de la economía globalizada se lee:“Domingo Cavallo, el arquitecto de la recuperación económica de Argentina, hace eco de esta noción. ‘Hemos entrado a una edad de oro que durará décadas’, dice. Pronostica que ‘los historiadores van a considerar los años 90 como el momento en que se inició esa era’.”

En vista de tantas alucinaciones, sólo cabe pensar que el teórico brasileño debió de basar sus expectativas en torno a la inminencia del pleno empleo, en el olvido de un fenómeno crucial dentro de la sociedad de la información: el incremento sin precedentes de la productividad alcanzado en las últimas dos décadas, como resultado de la innovación tecnológica (o en otras palabras: mayor producción con menos empleos y salarios más bajos). Probablemente ésta sea también una de las causas principales de la inusitada extensión de la fase recesiva del último ciclo Kondratieff, sobre cuyo final no se ponen de acuerdo los autores. Al contrario, pareciera que la vieja tesis de la III Internacional intentara renacer de sus cenizas en las observaciones de algunos estudiosos del capitalismo globalizado, posterior a la Guerra Fría, para los cuales: “El peligro no es que el capitalismo implosione como lo hizo el comunismo. Sin un competidor viable hacia el cual la gente se pueda volcar si no está satisfecha con el trato que recibe del capitalismo, este último no se puede autodestruir. Las economías faraónica, romana, medieval y de los mandarines tampoco tenían competidores y se estancaron durante siglos hasta que finalmente desaparecieron. El estancamiento y no la implosión es el peligro”. Así lo afirma el decano de la Sloan Business School del Instituto Tecnológico de Massachussets y miembro del Consejo Editorial de The New York Times, Lester Thurow (El futuro del capitalismo, 1996), una autoridad en temas económicos nada sospechoso de ser un nostálgico del optimismo socialista de la III Internacional.

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