Economía

La inflación como problema

Desde que comenzaron a desarrollarse los instrumentos modernos para la confección de políticas económicas anticíclicas, surgió paralelamente un debate largo sobre el efecto de la inflación sobre la calidad y sostenibilidad del crecimiento. En un extremo se colocaron las tesis inflacionistas que básicamente postulaban que mientras continuara el crecimiento, la inflación no importaba demasiado. En el otro extremo, se planteó lo contrario. No hay ganancia perdurable en empleo y producción mientras la inflación sea alta. En el medio se colocaron tesis eclécticas poco efectivas, como la de la indexación total de los contratos y la priorización en la estabilidad de la inflación más que en su combate frontal. Tomó varias décadas llegar a un consenso más o menos amplio, que sostiene que una baja inflación es superior para prolongar el crecimiento porque entre otras cosas minimiza las distorsiones en la asignación de recursos e ingresos y porque es más sencillo estabilizar una tasa baja de inflación que una alta.

Como en Venezuela el debate económico se reduce en estos tiempos a acatar lo que el gobierno resuelva y pronostique, la población está bastante confundida tanto por los diversos planteamientos sobre el problema que provienen del gobierno y los alternos, que por ser críticos, son inmediatamente calificados como “de oposición”, como si los aspectos técnicos del problema fueran irrelevantes, o simplemente políticos, y desatendiendo además al hecho de que dentro del oficialismo los técnicos piensa de la misma forma, sin atreverse a expresarlo. En el primer gobierno de CAP se llegó a decir que la culpa de la inflación la tenían las amas de casa. Hoy se está cerca de afirmar que son los noticieros.

En todo caso, luego de casi un semestre de política “antiinflacionaria”, el fenómeno continúa, con una leve aceleración, y la población sigue sometida al riesgo de precios subiendo más rápido en lo que queda de año.

De 17,5% a diciembre pasado, los precios al consumidor aumentaron 19,4% en 12 meses al último junio, contabilizando la reducción de la tasa IVA como parte de la caída de la inflación, (que no lo es, respecto a lo cual no existen estadísticas que permitan corregir), lo cual evidencia que la inflación real es más fuerte, y debe haberse ubicado en torno a 21% en los 12 meses hasta junio de 2007. En alimentos, se registró un descenso marginal (0,3 puntos), contabilizando el efecto IVA y un reforzamiento de controles que repercutió en una escasez importante de rubros a nivel de detal.

A nivel de mayorista, es interesante utilizar la distinción que hace el Banco Central entre el índice que incluye el efecto IVA, que registra un ascenso de la tasa anual hasta 16,5% en junio (0,6 puntos por encima del registro de diciembre 2006) y el que se calcula sin incluir la incidencia de este impuesto. Este último, partiendo de una tasa anual de 15,9% en diciembre pasado (igual a la del otro índice, ya que en 2006 no hubo rebajas del IVA), mostró un registro de 18,8% en junio último, con un aumento de 2,9 puntos. Esta comparación permite afirmar que la reducción de 3 puntos en el IVA se tradujo en un reducción relativa de 2,3 puntos en la tasa “doctorada” de inflación al cierre del mes pasado, mientras la tasa real subyacente aumentó.

La ineficacia de la política oficial para atacar un problema como este, demuestra que la misma toma como punto de partido a un diagnóstico equivocado. El gobierno ha utilizado todo tipo de sofismas para esconder su responsabilidad y culpa al comercio en general y a unos conspiradores invisibles de la presión inflacionaria, cuando en realidad las causas del asunto son lo suficientemente gruesas como para que no quede lugar a dudas.

Por el lado monetario, la oferta de dinero ha crecido a una tasa promedio superior al 50% anual desde 2004, muy por encima a la producción y oferta de bienes y servicios, siendo el responsable de esta explosión de liquidez el mismo gobierno que por la vía del gasto público, a través del Fisco y demás entes oficiales, incluyendo PDVSA, financiado en forma importante con dinero inorgánico, viene inyectando cantidades de liquidez indigeribles por el sistema.

Por el lado de la economía real, encontramos que la demanda interna ha crecido por encima del 20% anual en términos reales también desde 2004, muy por encima de la capacidad de crecimiento de la producción interna, la cual inicialmente respondió en forma positiva, pero se ha encontrado con topes en capacidad de producción y otros cuellos de botella, que impiden en forma cada vez más ostensible que la oferta nacional pueda equiparar el exagerado ritmo de expansión de la demanda interna. Este desbalance genera entre oferta y demanda de dinero, y entre demanda y oferta de bienes y servicios, obviamente genera presión inflacionaria que no puede contrarrestarse con medidas superficiales como las anunciadas inicialmente.

Es decir, la orientación general de una política anti-inflacionaria debe priorizar el ajuste de la oferta de dinero y restringir la expansión de la demanda, para comenzar a observar resultados deseables en la evolución de los índices de precios que sirvan para condonar los riesgos crecientes de una inflación continua y en ascenso. Aquí está el punto de partida de una estrategia, que debe ser eso y no contentarse tan solo con medidas puntuales que busquen efectos a corto plazo sin tomar en cuenta las repercusiones ulteriores.

Ignoro si el gobierno al decir que estas orientaciones básicas han sido desechadas por ser políticas neoliberales, es con el objeto de contentar a las galerías o es que realmente piensa de esa manera. Es factible que las autoridades económicas realmente piensan de esa manera, tal como lo hicieron quienes estuvieron en posiciones semejantes en épocas anteriores tanto en Venezuela como en otros países de la región. El problema es que tanto unos como otros estuvieron y están equivocados; los primeros, porque la evolución de los hechos así lo demostró; los segundos, porque de continuar las tendencias y las mismas políticas, terminarán en lo mismo.

Esta semana hubo alguna reacción entre estas autoridades que apunta apenas parcialmente en la dirección correcta, aunque ignoramos si serán sostenidas y, en todo caso, son apenas unas aspirinitas insuficientes para encararse con la tormenta inflacionaria que está en formación. Estas aspirinas asoman un aumento minúsculo de las tasas de interés sobre depósitos, infinitamente pequeño como diría Zenón, comparado con la tasa de destrucción del valor real de los ahorros; también un aumento de la tasa de encaje bancario, que debe reducir la velocidad de expansión del crédito, lo cual es otra aspirina para el enfermo, pero de nuevo insuficiente.

Porque sin ir más lejos, el efecto ínfimo que ambas medidas puedan tener para reducir el gasto privado está más que compensado por el efecto expansivo sobre este mismo gasto que tiene la nueva reducción de 2 puntos en la tasa IVA, que se agrega a la de 3 puntos decretada en febrero pasado, cuyo efecto acumulado según el propio gobierno eleva el ingreso privado en unos $6 millardos, que se canaliza rápidamente al gasto. Es decir, a aumentar la demanda, cuyo exceso forma parte de una de las dos palancas que alimentan la inflación.

Nada se anuncia sobre la reducción del gasto público, que está en la raiz tanto del exceso de oferta monetaria como del exagerado crecimiento de la demanda interna. Por el contrario, se anuncian nuevas emisiones de deuda pública y se defiende a ultranza la expansión fiscal sobre la base de un supuesto compromiso ideológico con el crecimiento y con el poder del Estado. Lamentablemente, de esta manera, digamos que ideologizando a la inflación, ya sea por convicción (equivocada) o por conveniencia (efímera), se avanza hacia situaciones que ojalá no se vayan de las manos más adelante.

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