Economía

La verdadera crisis

La recesión que afecta a los Estados Unidos, la cual ya acarrea consecuencias sobre el sistema financiero internacional, tarde o temprano, tenía que reflejarse sobre la economía real. Al contrario de lo acontecido con anteriores crisis cuando sus efectos se pusieron de manifiesto, entre otros, sobre las finanzas públicas, los sectores externos y, en menor medida, sobre el industrial, la actual está repercutiendo en el ámbito de mayor sensibilidad para cualquier sociedad, cual es el alimenticio.

Esta crisis financiera está motivando a los inversionistas a buscar refugio en otros activos que al tiempo de minimizarle los riesgos, le aseguraren mantener los niveles de rentabilidad. Desde comienzos de 2004, el petróleo comenzó a albergar recursos de origen especulativo que, como no podía ser de otra manera, presionó al alza su cotización, tanto que en momentos en que escribimos este artículo, los precios del barril se situaban por encima de los 120 dólares.

Paulatinamente, el destino de las inversiones se fue diversificando. Los mercados de los demás productos básicos comenzaron a ser receptores de ese tipo de inversión. De igual manera, sus respectivas cotizaciones iniciaron una escalada tal que en el lapso de un año, una gran cantidad de alimentos más que duplicaron sus precios, incluso, alcanzando niveles que marcan máximos históricos.

A estos movimientos especulativos se sumó el sostenido y exponencial crecimiento de la demanda en las economías emergentes especialmente en China y en la India, se genera en paralelo a una contracción de la oferta resultado de los cambios climáticos que alteraron los ciclos productivos. Sequías e inundaciones incontroladas e incontrolables, no solamente cegan vidas humanas y destruyen infraestructura física, sino que impiden o desbastan cosechas enteras que obstaculizan el normal abastecimiento de los mercados.

Los incrementos de los precios de los hidrocarburos indujeron investigaciones para la identificación de fuentes energéticas alternativas. Surge, entonces, la opción de producir agro o biocombustibles, lo cual introduce un sesgo adicional al mercado internacional de los alimentos bajo el influjo, sobre todo, de empresas transnacionales, las cuales iniciaron una agresiva carrera para asegurarse el suministro de materias primas a través de la adquisición por adelantado de cosechas, especialmente en países subdesarrollados, en los cuales los productores agropecuarios no son precisamente favorecidos por políticas gubernamentales de estímulo, promoción y protección, como sucede en los países desarrollados.

El alza de los precios del petróleo originada no sólo por la especulación financiera y la constante depreciación del dólar se explica, sino por los errores políticos del Gobierno norteamericano en el Oriente Medio y por el estímulo a la demanda interna de combustibles fósiles, ha contribuido al crecimiento desmesurado de los precios internacionales de los demás productos básicos, en particular, los alimentos. Son incuestionables sus efectos sobre los costos de transporte y distribución de estos últimos.

Las consecuencias de la subida de los precios de los alimentos no se harían de esperar. La reacción inmediata fue la reaparición de focos desestabilizadores en varios países del orbe: Haití, Bangladesh y algunos africanos ya fueron escenario de disturbios. La miseria y la indigencia, la pobreza y la desesperanza se refuerzan ahora con el flagelo del hambre. Según cifras de las Naciones Unidas, 850 millones de personas serían presa de la crisis en curso, 100 de las cuales la sufren crónicamente; mientras que cada 7 segundos, un niño estaría muriendo de hambre en el mundo.

Esta catastrófica realidad, lógicamente ha contribuido a la reaparición de la inflación. De acuerdo a informaciones recientes, en los países desarrollados no solo se sienten los efectos de la recesión, sino que también se está haciendo presente la subida de los índices de precios, tanto para los consumidores como a lo largo de toda la cadena productiva y de comercialización. Por su parte, en los países en desarrollo, luego de un período de relativo control, la inflación volvió a emerger por varias vías, debido principalmente a los excesos de liquidez en varios de ellos y a la ausencia de una respuesta oportuna de sus respectivos sectores productivos para atender adecuadamente a las expansiones de demanda que han experimentado.

Esta nueva realidad ha conducido a una seria reflexión. La semana pasada, en Ginebra, Suiza, las agencias de Naciones Unidas encabezadas por la FAO, comenzaron a adoptar medidas para enfrentar la hambruna que amenaza seriamente al mundo. Hasta las decadentes y desprestigiadas instituciones de Bretton Woods, el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), haciendo caso omiso de la responsabilidad que les cabe como propulsores de la situación actual, incorporaron esta temática a la agenda de su reunión del mes pasado, así como en el orden del día de su quehacer cotidiano. Mientras que en el ámbito de la Organización Mundial de Comercio (OMC), el tema de las negociaciones agrícolas deberán ser consideradas bajo una óptica totalmente diferente. Ya no se trataría de simbólicas disminuciones tarifarias y ampliaciones de cupo de mercado, así como de imperceptibles rebajas de subsidios por parte de los países desarrollados, sino de acometer una radical reforma comercial que permita a los en vías en desarrollo un asertivo acceso a los mercados de aquéllos, en condiciones de equidad para que, como pregonan los “explicadores” de la globalización neoliberal, el comercio haga un aporte significativo a la expansión de las economías de los países subdesarrollados y, en especial, a los de economías menos adelantadas.

Si bien esas medidas de índole comercial son necesarias, las mismas carecerán de efectividad si no son acompañadas por un verdadero esfuerzo de cooperación a favor de las naciones en desarrollo. La promoción y fomento de las producciones agropecuarias en estos países requieren de ingentes recursos que deben estar acompañados por la transferencia de tecnologías y la prestación de apoyo constante a los productores; seria necesario, igualmente -como ya lo ha planteado la ONU- postergar por un lapso prudencial (5 años, por ejemplo) la expansión de la producción de los biocombustibles.

Lógicamente, ese cúmulo de acciones no puede ser ajeno a una concertación en el seno de los diversos organismos multilaterales mundiales. La cooperación exigida para atender la crítica situación planteada, de ninguna manera podría limitarse a los 500 millones de dólares que le está solicitando el Presidente Bush al Congreso norteamericano para la creación de un fondo de ayuda. Las medidas, deben ser de diversa naturaleza y complementarias entre sí.

América Latina y el Caribe, tampoco son ajenas a esta realidad. No obstante que la producción regional de alimentos supera en un 30% la demanda, no se pueden desconocer las restricciones impuestas por la inequitativa distribución de la riqueza que prima en la zona. Todo pareciera invitar, más allá de la reflexión y la retórica a la que apelamos consuetudinariamente, al despliegue de acciones conjuntas con miras a sentar las bases de una eficaz seguridad alimentaria como tránsito hacia la soberanía alimenticia. Este es el momento cuando los organismos de cooperación e integración de la región deberían amalgamar esfuerzos cruzados en materia de producción, inversión, comercialización de semillas, capacidad de almacenamiento, suministro de fertilizantes y plaguicidas atóxicos, transferencia de tecnología y el desarrollo de programas de preservación y conservación ambiental.

Estamos ahora de cara ante la verdadera crisis. Sin descuidar otros frentes sociales y económicos cuya atención resulta perentoria, la crisis alimentaria podría ser el punto de partida para la búsqueda de un nuevo ordenamiento mundial y regional. De no ser así, la debacle se encontraría en las manos de todos nosotros.

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