Economía

Los negocios de la boliburguesía

La burguesía de Venezuela es hija del petróleo. Después de la independencia, las casas comerciales instaladas en este país durante la colonia, forjaron nexos con los países europeos y los Estados Unidos para vender las mercaderías importadas en un país que salido de una guerra fraticida, había quedado postrado por la destrucción de su agricultura, las incipientes industrias y su población. Se conformaron entonces los grupos que luego constituirían la incipiente burguesía comercial de Venezuela durante mediados del siglo XIX, consolidada posteriormente con el auge del comercio de exportación e importación, hasta que irrumpió el petróleo a comienzo del siglo XX.

Burgueses de verdad

Este mineral aceitoso cambió radicalmente la fisionomía de Venezuela. Al ser el Estado el propietario del recurso natural, las principales actividades económicas girarían a su alrededor. El primer destino de esos recursos fue la realización de obras públicas y con ello se originaron agrupaciones empresariales de constructores y en la actividad bancaria para facilitar la movilización de tan jugosos presupuestos. En la medida en que El Estado aumentaba su gasto surgió una demanda vigorosa que requería la instalación de algunas industrias para abastecer un mercado en expansión y apareció así una incipiente clase empresarial nacional de perfil manufacturero.

Con el comienzo de las hostilidades en Europa con motivo de la segunda guerra mundial, se cortó parcialmente el suministro de bienes y materias primas importadas. A cesar las hostilidades con el triunfo aliado en 1945, Venezuela se enrumbó con paso firme a la consolidación de la modernización, se pudo resolver el problema del abastecimiento de maquinarias y equipos provenientes desde los Estados Unidos y Europa, interrumpido transitoriamente por el temor que infundían en el océano Atlántico y en el Mar Caribe los submarinos nazis. Empieza entonces una política de Estado para favorecer la industrialización de Venezuela, mediante la protección arancelaria y los subsidios, principalmente. Se establecieron así asociaciones de industriales con visión emprendedora que veía en el largo plazo el futuro de sus negocios y sus empresas. Las negociaciones obligadas con el Estado eran sobre las tasas arancelarias, las listas de bienes de importación prohibida y los subsidios otorgados por las entidades gubernamentales. El petróleo permitía el financiamiento de ese plantel industrial mientras se aceleraba el ritmo de las construcciones del sector público con lo cual los contratistas del Estado pasaron a jugar un rol relevante, en particular durante la dictadura de Pérez Jiménez, a lo que Rómulo Betancourt llamó “la política del concreto armado”.

Otros industriales, banqueros, comerciantes y constructores tuvieron menos relación con el Estrado, pero prosperaron con su esfuerzo y con base en las políticas públicas y la estabilidad económica e institucional de Venezuela, hasta mediados de los setenta cuando se asomaron los signos de la crisis que vendría. Estaban cobijados bajo la sombra del Estado pero eran hombres de empresas que miraban al futuro y pensaban en más de una generación. Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno intentó estructurar nuevos grupos económicos, apoyado en los extraordinarios ingresos petroleros, los denominados “los doce apóstoles”, para desplazar a los tradicionales pero ese empeño fracasó cuando dejó el poder y los empresarios recién llegados no pudieron mantener el paso.

Los nuevos negocios

Con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 se produce un cambio sin precedentes en la historia de Venezuela y con él se trasformaron también las relaciones de poder. Con la crisis provocada por el cambio vinieron igualmente las oportunidades, la cual ha sido aprovechada por quienes se han acercado al centro de las decisiones y a los nuevos actores. Chávez ha tratado de liquidar a la burguesía de antaño pero no ha podido completar la faena. Pero como el Estado en Venezuela disfruta de los ingresos fiscales más elevados de su historia, capturar rápidamente parte de esos recursos cuando se transforman en gasto ha sido el objetivo de una especie de nueva oligarquía del dinero.

El corto sustituyó al largo plazo como perspectiva de quienes ahora son favorecidos por las acciones del gobierno. Ya no se trata de montar industria y arriesgarse, ni tampoco comenzar desde abajo, sino de comprar industrias existentes para legalizar otras transacciones y adquirir negocios establecidos con los ingresos obtenidos en transacciones relampagueantes. La fuente de la riqueza, por consiguiente, está entonces vinculada a la acción del Estado en la economía, en particular, en el mercadeo internacional de los despachos petroleros, las colocaciones bancarias, el manejo de la deuda pública y las compras gubernamentales, entre otras.

Al PDVSA desmantelar su departamento de comercialización, negociaciones importantes de ventas de petróleo han quedado en manos de mercaderes quienes transar libremente en el mercado internacional de crudos y derivados, con jugosas ganancias para los nuevos ricos que se asientan en Caracas, Miami o Londres. Similarmente, en una economía donde la expansión monetaria ha sido espectacular, debido al empuje del gasto público, la disposición de fondos del gobierno en bancos comerciales se ha transformado en una presa exquisita para agentes cercanos a los ministerios y ministros en busca del porcentaje que permiten esos depósitos en ciertos bancos. La caza de esas comisiones se transformó en una carrera de velocistas. Nadie puede conocer los criterios que utiliza el Ministerio de Finanzas para invertir el equivalente a más de US$ 4.000 millones que mantiene el gobierno central en el sistema bancario.

Con el mismo tenor se opera en el mercado de la deuda pública, en una gestión donde los niveles del endeudamiento público del gobierno saltaron de US$ 27.484 millones en 1998 a US$ 46.884 millones, parte del cual se adjudicó en el mercado interno sin licitación y otra parte se otorgó como dación en pago. De esta forma, cuando a un instituto o universidad nacional el Ministerio de Finanzas les asignaba parte de su presupuesto en bonos de la deuda pública, la necesidad de caja obligaba a los administradores a concurrir a bancos específicos donde lo esperaba el descuento respectivo, cargado a esos títulos para enjugar las necesidades de dinero líquido. Estas operaciones y otras con el manejo de información de privilegiada en subastas de bonos y las condiciones de mercado y la emisión de deuda cuando había superávit fiscal, permitió realizar ganancias súbitas de cifras inimaginables.

Como negocio rápido, bajo riesgo y alta rentabilidad, la provisión de bienes y servicios al Estado se ha trocado en una especie de mina situada en los ministerios y los entes descentralizados. Las compras de alimentos por parte de Mercal, la dotación de bienes y equipos a los organismos públicos, entre otros, han permitido que al abrigo de importaciones en cifras siderales, los nuevos comerciantes disfruten de ganancias que en condiciones normales hubiese llevado años de alcanzar. Y lo mismo ocurre con la construcción de las obras públicas que desde 2003 adelanta el Estado.

En esta arena movediza que es Venezuela, donde el largo plazo no existe como referente para una actividad económica, la captura rápida de un contrato con el Estado es la razón de ser de la incipiente burguesía de Venezuela, de la cual son partícipes también, en sociedad de comandita, parte de la nueva elite política hoy en el poder. Aquí no hay espacios para los Juan Bimbas.

Los grupos económicos

Juan Vicente Gómez manejó a Venezuela como una hacienda personal y se hizo el hombre más rico de Venezuela. López Contreras y Medina no fueron hombres de ambiciones crematísticas, lo mismo que Betancourt. Pérez Jiménez favoreció a los constructores y a ciertos banqueros. Un cambio fundamental se produjo con Carlos Andrés Pérez, quien forzó el establecimiento de grupos económicos en todas las áreas de la economía, sin que tales agrupaciones lograran sobrevivir a las crisis económicas que experimentó Venezuela desde comienzo de los ochenta. Lusinchi procuró fusionar a políticos y empresarios, llevando hasta la dirección de su partido a gente del mundo de los negocios. Con Chávez ha emergido un nuevo tipo de nuevoriquismo, cuyo móvil es la riqueza rápida, porque no están seguro del rumbo que el comandante en jefe le imprimirá al país por ello el muy corto plazo es su razón de ser.

Los felicitadotes

A comienzos del siglo XX, Pedro María Morantes (Pío Gil) escribió un libro memorable donde narró las miserias del poder en tiempos de Cipriano Castro, donde escritores, funcionarios bajos y ministros elogiaban los bacanales castristas y ensalzaban al jefe. Sus nombres quedaron registrados en el libro Los Felicitadotes. Antes, con Guzmán Blanco estuvieron los aclamadores del líder liberal. Ahora, bajo la presidencia de Chávez, existen los aplaudidores, algo así como una brigada móvil que asiste a actos oficiales y a programas televisivos y cuyo objeto es aplaudir las ocurrencias del presidente. Disfrutan aplaudiendo hasta el cansancio. Lo conforman ministros, alcaldes, militares, periodistas y diputados. Afortunadamente existe la televisión y sus caras están retratadas en las cintas cinematográficas de la ignominia y del “jalamecatismo”, que es el nombre de los aduladores de oficio en Venezuela.

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