Economía

Otra burbuja más

La crisis no será superada pronto, ni con ayudas fiscales, ni ganando Obama las elecciones. Los excesos irracionales cometidos por banqueros y casas inmobiliarias, sumado a la insensatez de golosos consumidores de hipotecas, fue apenas el detonante de un proceso que le ha puesto término a una forma de pensar. Un modelo económico ha llegado a su fin, escribe George Soros, especulador financiero y uno de los hombres más ricos del mundo, de acuerdo a la revista Forbes. Su último libro – El nuevo paradigma para las finanzas: la crisis crediticia del 2008 y lo que ella significa – provocará reacciones encontradas entre académicos y hombres de negocio, sobre todo por la absoluta racionalidad de sus planteamientos. Una apreciación quizás inesperada sobre las reflexiones de un filántropo que tanta importancia le ha dado al concepto de incertidumbre, sobre todo cuando se aplica al análisis de la vida económica.

La crisis del 2008 nació al reventar la burbuja del Internet a finales del año 2000, explica el fundador del Open Society Institute, una organización que toma su nombre de un libro de Karl Popper, dedicada a promover la tolerancia política y la gobernabilidad democrática. La Reserva Federal tomó la decisión entonces, para fortalecer a los inversionistas, de bajar los intereses de los fondos federales de 6,5% a 3,5%. Luego vinieron los ataques del 11 de Septiembre de 2001 y para impedir un desbarajuste mayor en la confianza de los actores económicos, Allan Greenspan llevó los intereses a un 1%, el mínimo histórico de los últimos 50 años. Pasaron varios años con tasas a corto plazo con valores negativos, inferiores a la inflación. El dinero barato engendró una burbuja inmobiliaria, el valor de las propiedades se disparó por una demanda alimentada por tasas inverosímiles. La economía real no creció, pero los bancos siguieron prestando a familias ambiciosas, sin capacidad para pagar sus hipotecas. Los analistas empezaron entonces a inventar productos financieros, agrupando estas deudas de baja calidad que luego vendían a otras instituciones, muchas de ellas en Europa. Para mediados del 2005, estimaba Merrill Lynch, la mitad del crecimiento económico americano estaba relacionado con la construcción de viviendas. A mediados del 2007 empezaron a caer en bancarrota los bancos hipotecarios.

El estallido de esta superburbuja reúne tres características. Primero, la creencia de que una expansión ilimitada del crédito es capaz de elevar infinitamente la riqueza de un país. Una idea que ha alimentado el fundamentalismo del mercado, originado en la teoría del laissez-faire de Adam Smith, una filosofía tan dañina como el dejar todas las decisiones económicas en manos de un Estado totalitario. Segundo, la consecuente desregularización de los mercados financieros y la creciente innovación de sus productos, muchos de ellos con raíces hipotecarias. Y tercero, la globalización de los mercados, que le dio dimensión internacional a un problema que pudo parecer inicialmente de orden nacional. Ya no estamos hablando sólo de una crisis del sector financiero o inmobiliario: el peligro amenaza a la economía real. Los gobiernos ayudarán a superar la crisis, pero el planeta definitivamente será otro. Estados Unidos no será ya el centro del mundo, pero sus consumidores continuarán impulsando la generación de riqueza, comprando productos de los mercados emergentes. Existirán mejores controles sobre el mercado y la manipulación política en torno al terrorismo, como excusa para fortalecer el Ejecutivo, será menor. La ética y la honradez del discurso político tendrán mayor valor. Y todos pagaremos el precio, desde nuestros bolsillos.

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