Economía

Pobreza, hambre y populismo en America Latina

(%=Image(1984303,»R»)%)Dos datos impactantes divulgados en la reunión de la (%=Link(«http://www.fao.org/»,»FAO»)%) en Roma son los que señalan el lamentable hecho de que existen cerca de 800 millones de desnutridos en el mundo, y que cada siete segundos muere un niño por males asociados a la desnutrición, algo inconcebible en un mundo con tantos recursos naturales y tecnológicos, que podrían alimentar adecuadamente al doble de la población actual. Mientras tanto, en Halifax, Canadá los ministros de países del grupo G-8 admitían su fracaso en frenar la desnutrición mundial, a pesar del ambicioso objetivo -fijado cinco años antes- de reducir notablemente las cifras asociadas con ese padecimiento. La reciente reunión cumbre de los mandatarios del G-8, en un pueblito de las rocallosas canadienses, se propuso atacar el hambre del tercer mundo esencialmente a fuerza de dólares, aunque muchos dudan que bastará para hacer mella en un problema tan complejo y extendido, máxime cuando los países ricos tienen otras prioridades (recesión, Oriente Medio, terrorismo).

Al fondo de la crisis alimentaria está el hecho de que estos recursos se encuentran mal distribuidos y por esto cerca del 13% de la población mundial no ingiere suficientes calorías, concentrándose la mayoría de los afectados en los países pobres de Asia, Africa y America Latina. Asociado estrechamente con el problema de la pobreza extrema -que afecta a cerca de la mitad de la población mundial- el hambre es un fenómeno terrible y humillante, que condena a un amplio sector de la población a sufrir problemas de salud, sin oportunidad para progresar socialmente ni de hacer aportes a su comunidad, tornándose así en una carga parasitaria para el estado y la sociedad.

Latinoamérica en crisis

A pesar de que las facetas extremas del fenómeno se evidencian mayormente en Africa y Asia, con sus hambrunas recurrentes debido a conflictos sociales y catástrofes climáticas, la región Latinoamericana está apróximandose aceleradamente al nivel de pobreza de otros continentes más golpeados. Y aunque no se puede generalizar -hay naciones menos afectadas como Chile, Uruguay, Panamá y Costa RIca-, todos los países latinos tienen en común altos niveles de pobreza y desempleo, que impiden una alimentación adecuada de vastos sectores sociales, en medio de una inestabilidad política y económica que hace temer un empeoramiento gradual de sus situaciones en el futuro inmediato.

Hace poco vimos impactantes imágenes de Argentina, donde mucha gente espera a diario los camiones de la basura para encontrar algo qué comer, mientras residen cerca de terrenos fértiles que pudieran haber sido sembrados al comenzar su crisis y ya se podrían cosechar. Aparentemente, al ser mal acostumbrados durante las efímeras bonanzas económicas tras las privatizaciones, muchos argentinos se han olvidado de cultivar la tierra, en un país que fue antes un emporio agrícola y pecuario. Esta situación se repite en casi todos los demás países latinoamericanos, que comparten serios problemas fiscales, altas tasas de inflación, elevadas deudas externas y baja productividad industrial o agrícola, todo lo cual los hace menos atractivos para inversiones -internas o foráneas- y los condenan a un crecimiento relativamente bajo o negativo en las décadas venideras, creándose un círculo vicioso difícil de romper.

Por otra parte, en Halifax los ministros del grupo G-8 admitían el retraso en cumplir la meta inicial acordada por la misma FAO hace cinco años, que implicaba reducir la «población hambrienta» a la mitad para el año 2015 mediante un ataque frontal y coordinado a la pobreza extrema. Pero aún si para esa fecha se llegara a registrar una modesta reducción de este lacra, no se habrá logrado mucho pues cualquier avance en la lucha contra la misma será contrarrestado rápidamente por una tasa de crecimiento demográfico bastante elevada.

Las frías estadísticas de la pobreza

El drama de Latinoamérica empeora por el hecho de que su población está aumentando a una tasa superior al de su crecimiento económico, contrariamente a lo registrado en las primeras décadas de la posguerra. En efecto, en el período 1980-2000 la población latinoamericana aumentó en alrededor de un 50% mientras la economía creció globalmente en apenas el 7% durante el mismo lapso –sumando algebraicamente los crecimientos y retrocesos-, lo que significa que la calidad de vida promedio se redujo a la mitad y que la pobreza prácticamente se duplicó desde 1980. Esto contrasta con las cifras del período 1960-1980 cuando la economía creció en un total de 75% y aunque fue similar al del aumento de población, la pobreza se mantuvo a raya por cierta movilidad social y no golpeó en todo el continente a más de la tercera parte de las familias. Asimismo, el drama del campo se hace evidente cuando se examina la cifra promedio de pobladores en áreas rurales, que bajó de 50% en 1960 a apenas 20% en el 2000, explicando así los cinturones de miseria alrededor de las grandes ciudades. Evidentemente, hay pocos incentivos para seguir cultivando y sólo una adecuada rentabilidad, buenos servicios y suficiente seguridad haría regresar a la gente al campo.

Mientras esto sucedía, es realmente patético observar como tantos países latinoamericanos malgastan sus limitados recursos en equipo militar mientras cada vez más su población está sumida en la pobreza, lo que indica una relativa falta de visión y sensibilidad social de sus gobernantes. Sólo con reducir a la mitad sus gastos militares –que suman unos cien millardos anuales– se podría invertir rentablemente los fondos liberados en reactivar la economía, y especialmente la agricultura. Por otro lado, si los países desarrollados del grupo OCDE hicieran lo mismo y destinaran gran parte de sus presupuestos militares (que suman unos 600 millardos de dólares anuales) en ayuda financiera al llamado «Sur», la economía mundial -actualmente estancada- podría reactivarse en poco tiempo, con beneficios concretos para todos. Pero esto es difícil de lograr, ya que en todas partes -y especialmente en Latinoamérica- los estamentos militares tienen una gran influencia como factor de poder.

Es evidente que mientras no haya un mayor flujo de capitales del Norte a los países en desarrollo, la brecha socioeconómica entre ambos mundos tiende a ensancharse. El director actual de la FAO afirmaba en Roma que si en 1990 el 20% de la población disfrutaba del 80% de los recursos, a fines de la década esa proporción se ha tornado más injusta, con cifras de 17% y 83% respectivamente, una tendencia preocupante que está creando graves conflictos sociales e internacionales. La inestabilidad en los países andinos y las inminentes crisis en el cono sur y centroamérica, dan fe de este hecho, que pocos creen se debe a un plan premeditado y diabólico de dominación mundial o de monopolios mercantiles, denuncias usualmente vociferadas por izquierdas e inadaptados en todas las reuniones internacionales donde se tratan temas económicos, y que es incluso utilizada por muchos mandatarios tercermundistas para justificar su fracaso.

Pobreza y política

En el plano político latinoamericano, se ha llegado al punto en que el voto de las mayorías depauperadas condiciona fuertemente a los gobiernos para que repartan rápida y equitativamente los contados ingresos fiscales, en lugar de dejarlos invertir en forma sensata y de largo plazo. Esta tendencia acomodaticia genera políticas públicas que terminan siendo efectistas y coyunturales, y eventualmente dañinas especialmente para los sectores productivos, a los que se les asigna una carga desproporcionada en el mantenimiento del estado sin recibir una contraprestación adecuada de parte del mismo. Se puede llegar incluso a sospechar que para algunos gobernantes es conveniente mantener un cierto número de pobres, ya que éstos son fácilmente manipulables a la hora de las elecciones con promesas irrealistas de atender sus apremiantes necesidades.

El otro drama de los países latinoamericanos es tener una clase media muy exigua, mientras existe una gran masa de marginales que no aportan casi nada al financiamiento de los servicios básicos. Este hecho implica que para atacar la pobreza es necesario ampliar aceleradamente la clase media mediante programas que generen empleos bien remunerados -en la ciudad y el campo- que permitan la movilidad social para arriba, en lugar de nivelar la sociedad por debajo y mantener una clase enpobrecida y parasitaria a fuerza de «programas sociales» -simplistas y poco efectivos- que sólo alivian temporalmente sus situaciones y no representan una solución duradera al complejo problema de la pobreza.

En cuanto al sistema económico, algunos políticos populistas profieren en cada oportunidad fuertes condenas al liberalismo económico -el mismo sistema responsable por el progreso de los países avanzados- mientras argumentan que la implementación de subsidios y asistencia a los pobres es la única manera de lograr una justa distribución del ingreso. Esto puede indicar cierta sensibilidad social -dirigida indirectamente a ganar popularidad- pero luce incongruente ante los escasos resultados de sus políticas socioeconómicas a mediano y largo plazo. Está harto comprobado que el estado es generalmente un pésimo administrador y no puede motorizar la economía sólo a fuerza de financiar dichos programas y malgastar recursos en empresas deficitarias o abultando la burocracia, a riesgo de causar constantes problemas fiscales que luego exigen mayores impuestos, debilitan las monedas locales, causan altas tasas de inflación e incrementan la pobreza. La triste experiencia del mundo comunista en las pasadas décadas, debe alertar suficientemente a otros países sobre los riesgos del centralismo administrativo y el crecimiento exagerado del estado, fenómenos siempre asociados a la corrupción y la ineficiencia, vicios que se observan consistentemente en todos los países atrasados y que ayudan a explicar su problemática socioecónomica.

Las perspectivas inmediatas

Debe ser evidente que la única manera de reducir la pobreza es con un crecimiento sustancial de la economía por largos períodos, meta difícil de lograr en Latinoamérica a juzgar por las tendencias actuales de desinversión y desempleo, que están afectando incluso a países con gran potencial económico como Brasil, Argentina, México y Venezuela. De seguir así, la calidad de vida irá distanciándose cada vez más de la de los avanzados, en una carrera desigual donde estos últimos llevan las de ganar por tener la tecnología y los capitales requeridos para progresar. Hay que tener en cuenta que la lógica financiera exige a sus empresas que inviertan preferentemente en países medianamente estables, con un nivel aceptable de seguridad jurídica y personal, lo cual excluye a muchos países latinoamericanos.

A la luz de las dramáticas realidades regionales, es absurdo culpar a factores externos en vista de que los gobiernos lucen claramente como los principales responsables de los altos índices de pobreza, por lo que sería conveniente que no sigan tratando de manipular a las masas ingenuas con engañosos discursos demagógicos. Más bien, lo correcto es que moderen su conflictividad política y mejoren su eficiencia administrativa, abocándose de lleno a incrementar la productividad agrícola, lograr una relativa seguridad alimentaria y diversificar sus economías para generar empleos estables. Esto, si realmente quieren atacar el grave problema del hambre, una lacra social que amenaza con desestabilizar a toda la región si no se llega a controlar oportunamente. La advertencia no puede ser más clara e inquietante, y va dirigida al liderazgo actual con la esperanza de que esté consciente de su histórica responsabilidad.

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