Economía

Por una sociedad más igualitaria

El episodio oscuro por el que transita Venezuela desde hace cuatro años -llamado por algunos revolución de opereta, invisible, de eunucos o delincuente- debe permitir asumir con sensatez, la problemática y sentido de la igualdad en sus relaciones con la equidad, la distribución del ingreso y la calidad de vida. Esto no lo inventó -en cuanto a su significación- este período de desafueros. Puede decirse que, más bien, el gobierno actual se ha aprovechado de esta problemática, para desarrollar la demagogia, inmoralidad y corrupción, que se ha desatado en el periodo señalado.

Tales problemas habían sido destacados por las teorías del desarrollo. Pero, también, por un conjunto de planteamientos desarrollados a la luz de los problemas para impulsar este último en países como los de América Latina, frente a la aplicación recurrente de planes de ajuste y estabilización. Venían ya los planteamientos del desarrollo a escala humana, cuando surgieron a finales de los ochenta los atinentes al ajuste con rostro humano. El concepto de calidad de vida manejado por A. Sen (Nussbaum y Sen, La calidad de vida, Ed. FCE) insiste, por su parte, no solo en el nivel de vida y sus distintos componentes, sino, también, en las condiciones de las que se parte para alcanzar tal nivel de vida.

En estos tiempos de falsa revolución, es inevitable el recuerdo de Carlos Marx y sus ideas de depauperación en el capitalismo. Como se sabe, su idea de que este último tendía automáticamente a la depauperación absoluta -o empobrecimiento generalizado- no se cumplió. Por su parte, la depauperación relativa o atinente a la forma como se distribuye factorialmente el ingreso, ha tenido que ver en las naciones más avanzadas con períodos donde las proporciones se han mantenido más o menos estables. Esto último no exime el beneficio mayor que en número de integrantes de la sociedad, o dados sus aportes de capital, tienen los grupos sociales o individuos asociados al capital y la tecnología. Por su lado, países en desarrollo como Venezuela o Brasil, tienen -se aborde esto por variadas vías- una distribución muy desigual del ingreso.

Pero se sabe, también, que los socialismos reales fracasaron en brindarle un aumento en los niveles de vida a sus poblaciones integrantes. No sólo eso, sino que los individuos de tales naciones, no albergaban expectativas o un proyecto temporal de vida que implicase que percibían cambios en sus vidas futuras. Pero tampoco son solución -a ojos cerrados- para naciones como Venezuela, los viejos planteamientos de la planificación concertada o la cogestión. Más aún, el escenario complica sus componentes puesto que, naciones como las más avanzadas, que han desarrollado un siempre referido y particular estado del bienestar se enfrentan hoy a proyecciones (ver Newsweek, The world in 2012, sept. 16-sept. 23, 2002) que albergan cambios necesarios en sus -en varios casos- muy completos sistemas de seguridad social. Son necesarias entonces nuevas utopías.

Dos elementos, asociado uno a la transformación económica y, otro, a la economía política, son importantes para Venezuela.

El primero concierne a las necesidades de transformación económica que presenta la nación venezolana. Se entiende que la sociedad venezolana no quiere ni socialismo-comunismo (esto es cierto incluso para algunos de los seguidores del Presidente Chávez con su comunismo mal formado). Se estaría hablando entonces de la necesidad de impulsar un régimen de economía de mercado donde existan y se respeten los derechos de propiedad, la libertad y la propiedad privada. Este régimen no va a producir igualdad en los niveles de vida, pero deberá permitir a través del empleo, de un régimen adecuado de seguridad social y del desarrollo de las instituciones, un aumento en el bienestar de los pobladores de Venezuela. Pero antes de eso, existirá la inmensa tarea de recuperar el desarrollo perdido. Esto es: los niveles de vida -o expresiones alternativas- que se venían alcanzando desde los sesenta y los setenta.

El segundo elemento, de importancia para la economía política, debería remitir a la flexibilidad que deberán presentar distintos agentes económicos y sociales para permitir, facilitar o estimular el que los sectores menos favorecidos en la distribución del ingreso, que han aumentado sustancialmente en los últimos veinte años y se han visto acompañados de integrantes de las antiguas clases medias, que han visto alteradas sus condiciones de vida por evolución del tipo de cambio, obstáculos de financiamientos y en oportunidades de empleo. En concreto: ¿será factible pensar para Venezuela una sociedad más equitativa en la distribución del ingreso y que ello pueda convertirse en un retroalimentador del propio crecimiento y desarrollo? Esto significa -en cristiano- repartir la torta, elaborar políticas adecuadas, canalizar bien los recursos, aplicar una sensibilidad social que sea operativa y atender efectivamente a la población y sus necesidades con el marco de una adecuada estrategia de crecimiento y desarrollo. Debe albergarse la esperanza de que los sectores y agentes económicos, así como los grupos sociales que ejercen oposición al nefasto régimen y estilo del gobierno actual, estén considerando con la debida fuerza la necesidad de atender la problemática de la distribución del ingreso. Pero no solo ellos, sino también los que piensan o se vean envueltos en futuras acciones de gobierno. No necesita el país más populismo. No necesita tampoco más revolucionarios farsantes. Pero tampoco necesita a neoliberales extremistas que piensen que el liberalismo extremo es la solución.

De no darse lo anterior, no solo se producirá anomia, decepción y abstención para las posibilidades de desarrollar la democracia en Venezuela, sino también aumentarán los impedimentos para canalizar colectivamente el esfuerzo y entusiasmo nacional. Lo de la pobreza y su aumento, lo del deterioro del salario real (ver L. C. Palacios 30-9-02, analitica.com) y la disminución de los niveles de vida son problemas muy concretos y con efectos y padecimientos que no son siempre fácilmente percibidos por quienes no los hayan padecido o quienes, en funciones de gobierno, aunque se las den de revolucionarios, pasan a comer y vivir muy bien.

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