Economía

Primeros en reserva, ¿y qué?

No sólo es que son capaces de celebrar como éxito extravagante, inédito y épico asuntos en los que no ha tenido que ver directamente su gestión, u otros donde sólo se trata de un hecho normal, cuando no una obligación, para cualquier otro gobierno de la región, sino que además celebran por anticipado casi que cualquier cosa.

La semana pasada páginas enteras en los periódicos nos anunciaban que Venezuela disponía de las reservas de petróleo más grandes del mundo.

Ello tiene una gran significación, no cabe duda, salvo un detalle: están bajo tierra y falta mucha inversión, trabajo y demanda que satisfacer para que efectivamente se traduzca en divisas para financiar el desarrollo o, por lo menos, para seguir importando cosas para vivir.

Es difícil de comprender cuál es la celebradera de un sector económico que no ha hecho sino decrecer año tras año. Las cifras del Banco Central de Venezuela lo que muestran es un producto interno bruto petrolero que consecutivamente cae mientras los ingresos petroleros suben. Esto no indica sino que la producción del sector petrolero, en volúmenes y derivados, no ha hecho sino caer y eso se lo debemos a la nueva Pdvsa.

¿De qué sirve tener las reservas más grandes del mundo si se van a quedar bajo tierra? Bien porque nuestro sector petrolero no va a poder producir ese petróleo, bien porque el diseño institucional que se ha preparado para el sector impide que otros inviertan, o bien porque (y esto es lo más trágico) cuando se logre incrementar la producción (si alguna vez se logra) no habrá demanda que satisfacer, si seguimos las enseñanzas del jeque Yamani y aquello de que la Edad de Piedra no terminó cuando se acabaron las piedras.

Algo anda muy mal en nuestra política petrolera para que estemos celebrando algo que sólo tiene sentido si detrás de ello existe un plan de producción creíble desde su perspectiva técnica, financiera y de sostenibilidad. De lo contrario, se están lanzando fuegos artificiales según ese nacionalismo de vencidos que tanto daño les hace a los pueblos.

El potencial petrolero del país nunca ha estado en cuestión. Primeros o terceros puestos no cuentan mucho cuando la producción no ha hecho sino decaer. Cierto es que la certificación de las reservas requiere de inversiones en exploración, lo cual nadie pone en duda, pero sigue faltando el hecho productivo y la forma como esto se traduce en oportunidad económica y en bienestar social.

Desde hace mucho tiempo, desde la tragedia petrolera de 2003 para ser exactos, la política petrolera ha estado signada por el manto del secreto. Las negociaciones con fuerte sesgo político no han hecho sino empañar la necesaria transparencia que debería tener la principal actividad económica del país, especialmente en lo que se refiere a la inversión y sus resultados. Todo ello brilla por su ausencia y lo que tenemos a cambio es la consagrada propaganda que no hace sino multiplicar las dudas y la incertidumbre sobre lo que intramuros está pasando.

Está bastante claro que una revisión de la política petrolera deberá ser una de las primeras medidas de un posible nuevo gobierno, del cual la transparencia y la discusión democrática deben ser su sello distintivo.

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