Economía

Tecnología alternativa y el “otro Schumacher”

La justificada fama de los hermanos Schumacher en el campo automovilístico, trae a la mente a otra gran personalidad con ese mismo apellido, esta vez no asociado a las carreras de la Formula Uno. Se trata de un visionario economista británico de origen alemán, de nombre (%=Link(«http://www.preservenet.com/theory/Schumacher.html»,»E. F. Schumacher»)%), quien popularizó hace tres décadas la frase “lo pequeño es hermoso” para criticar el hecho de que la tecnología moderna se preocupaba más del provecho material que del bienestar humano. En el conocido libro con ese título –un best seller traducido a decenas de idiomas- Schumacher aboga por el uso de tecnologías alternativas para productos corrientes que sean sencillos, económicos y no contaminen tanto el ambiente como los producidos con las “eficientes” tecnologías de hoy. Fue un llamado muy bien acogido en los países subdesarrollados, que –cansados de verse obligados a comprar productos demasiado avanzados– se lanzaron a desarrollar tecnologías más adaptadas a sus necesidades, máxime cuando no se pueden permitir las punteras por falta de recursos financieros.

En plena guera fría, preocupado por la crisis energética de los años 70 y los crecientes riesgos de la energía nuclear, este agudo observador de las sociedades modernas insistió en el uso adecuado de los recursos humanos y naturales para que un mínimo de progreso tecnológico llegara a las mayorías depauperadas. Además, propuso mejores formas de organización y propiedad empresarial que motivarían a los trabajadores a producir mejores productos y servicios dirigidos hacia el fin último de toda economía –a menudo olvidado por el énfasis en la rentabilidad– que es poner dichos recursos al servicio del hombre. Pero a una escala que no atropelle la dignidad humana y cause problemas mayores que los iniciales, como está sucediendo hoy día con la contaminación ambiental y el aumento de la pobreza. Quizás en estos tiempos de globalización, Schumacher estuviera en desacuerdo con esta tendencia y se uniría a las protestas contra sus efectos perniciosos, aunque aprobaría ciertos aspectos positivos de la misma, como la difusión de conocimientos, la integración regional y el valor de la iniciativa individual para mejorar el entorno o las políticas gubernamentales.

En nuestros país, sus conceptos de austeridad y organización cooperativa nunca han calado, quizás por disfrutar de una renta petrolera que ha facilitado la disponibilidad de divisas para importar de todo, y especialmente los artefactos de última moda que se nos vende con una publicidad abrumadora desde los países industrializados, igual a como se le vendían cuentas de colores a incautos aborígenes. Así que nuestro “sifrinismo” nos ha conducido a tener los últimos modelos de muchos dispositivos mecánicos o electrónicos, a menudo sin tener una necesidad real de utilizarlos. Incluso, a veces podrían ser sustituidos por aparatos más sencillos y menos costosos, o simplemente se podría vivir sin esos lujos, impuestos por el consumismo exagerado que nos contagiaron los países avanzados. Al mismo tiempo, muchos de estos dispositivos “high tech” requieren generalmente de mayor energía o posteriores refinamientos, que implican aún mayores gastos de electricidad, accesorios, materiales, programas y métodos, que significan máyores costos en productos y servicios importados, generalmente con mayores repercusiones ambientales. Los campos del transporte, los artefactos domésticos, los medios audiovisuales y la informática, son ejemplos típicos de esta realidad, donde para mantenerlos al día debemos seguir dependiendo de los grandes centros tecnológicos, agotando de paso nuestras contadas divisas u obligando a devaluarlas para financiar los déficit fiscales, en parte generados justamente por gastos superfluos en productos muy refinados.

Aunque a veces algunos artefactos puedan conducir a una reducción de costos, no debemos ignorar que una mayor eficiencia por motivos tecnológicos a veces conduce a la reducción de puestos de trabajo, que son elementos más importantes en el lado humano y social. Un ejemplo clásico lo proporcionan países como India y China, que realizan grandes obras públicas con mucha mano de obra local –en lugar de usar las eficientes máquinas modernas– simplemente para retener más puestos de trabajo, consciente de la importancia del empleo en la sociedad y de la necesidad de ahorrar divisas.

Schumacher proponía tener en mente el concepto de la “tecnología apropiada” (o intermedia) en todo momento, y el centro que fundó en Inglaterra trabaja estrechamente con las universidades, institutos tecnológicos y otros centros de investigación, sin descuidar al inventor solitario que puede hacer muchos aportes significativos, como ha sucedido frecuentemente a lo largo de la historia. No se necesita inventar de nuevo muchos dispositivos ya existentes, sino utilizar el ingenio para adaptar a nuestras necesidades los inventos o desarrollos hechos en otras latitudes, además de generar una tecnología autóctona para un determinado medio geográfico y la idiosincrasia local.

Todo esto, para evitar convertirnos en países meramente consumidores de productos importados, hechos por empresas que obedecen a lineamientos y gustos foráneos, que no siempre están acordes con nuestras necesidades. Shumacher no aceptaba la crítica de que esta tendencia a la sencillez no contribuía al crecimiento económico, pues aunque los productos resultantes pueden no entran en las estadísticas industriales, de todos modos representan una parte del producto interno bruto y –lo que es más importante—mantienen ocupada a mucha gente. Sin embargo — sostenía Schumacher– el crecimiento no debe ser sólo para dar ganancias, o darse aislado de las necesidades sociales, ya que la producción en masa crea una patética deshumanización, denunciada ya por muchos analistas, y en forma brillante en aquella obra maestra de (%=Link(«http://wso.williams.edu/~dgerstei/chaplin/intro.html»,»Chaplin»)%) que es “Tiempos Modernos” , del cual el libro puede considerarse en cierto modo como la versión filosófica de la película.

La premisa clave de Shumacher es valedera aún en la era de la globalización comercial, ya que –a final de cuentas– la industria liviana y la producción artesanal de un país depende mayormente de sus consumidores internos, aunque no se descarta que los productos puedan ser exportados a países en igualdad de avance (o atraso) tecnológico y con necesidades similares. Cuando la globalización no es compatible con el bienestar de una nación –como está sucediendo actualmente en muchos países pobres– se impone la toma de medidas drásticas que implica un cierto grado de sustitución de importaciones con productos locales, aunque éstos no sean tan eficientes, pues el empobrecimiento de la población contradice los objetivos de esa misma globalizacion. De no ser así, la economía se pone al servicio del provecho de unos pocos comerciantes y no se ejerce con miras al bienestar colectivo, al impedir que muchos talentos y recursos locales se queden ociosos.

“Lo que requiere es una economía con rostro humano”, es una las frases más resonantes que enunció Shumacher, entusiasta de la pequeña empresa y las cooperativas como maneras de organización que –además de proveer un sustento apropiado— aportan más satisfacción personal y una dignidad imposibles de obtener en el frío mundo industrializado, donde el trabajador es un mero “recurso” para explotar con miras únicamente del provecho financiero. De ahí que Schumacher tampoco aprobaría el nuevo nombre que han tomado los departamentos de “personal”, que ahora se llaman, cínicamente, “Recursos Humanos”, olvidando que la persona es el fin último de toda actividad y no un simple medio para un fin.

Algunos ejemplos pueden dar una mejor idea de una tecnología a la escala de las necesidades tercermundistas.

    A) En lugar de usar electricidad o combustibles para cocinar o calentar agua, pudieran utilizarse cocinas o calentadores económicos que funcionan con energía solar o materiales desechados.

    B) Ya existen radios que funcionan con cuerda manual y permiten oir transmisiones sin estar conectado a una red o usar costosas pilas alcalinas.

    C) El transporte con triciclos a pedal con una cesta para llevar algo de carga –o el niño al colegio— o un coche-furgoneta pudieran resolver muchos problemas de transporte individual, en lugar de derrochar divisas en la importación de vehículos grandes que ruedan comúnmente con un solo pasajero, el chofer, malgastando energía.

    D) Las computadoras más antiguas pueden usarse para hacer tareas complicadas como procesamiento de palabras y cálculos sencillos, en lugar.de adquirir las PC de última generación.

    E) La energía motriz o eléctrica puede generarse interponiendo una turbina en cualquier salto de agua, o incluso con molinos de viento donde hay ambientes adecuados.

    F) Muchas casas modestas pueden construirse con materiales elaborados con desechos de otras actividades, o con materias primas locales, si se tiene la tecnología adecuada.

En muchos países del tercer mundo –China, India, Vietnam, Sudáfrica — se observan muestras de estas tecnologías poco avanzadas, sin que sus usuarios sientan por ello ninguna vergüenza; al contrario, se ven satisfechos por poder cumplir ciertas labores gracias a estos adelantos, aunque no sean tan modernos. Y aún en países avanzados, muchas personas pudientes utilizan algunos de estos medios por austeridad y satisfacer su conciencia ecológica, por lo que es muy común ver en Londres o Amsterdam a profesores universitarios desplazarse en bicicleta. Quizás sean soluciones quizás algo anticuadas, pero al menos contribuyen a que las mayorías de escasos recursos puedan beneficiarse con tecnologías sencillas y a su alcance, en lugar de estar sólo observando que unos pocos disfruten de las modernas tecnologías, aunque las primeras no tengan tanto lujo o rapidez. El hecho de que en países petroleros pueda ser más barato usar combustibles subsidiados de petróleo para los mismos usos, no debe ser un motivo de huir de tecnologías alternativas, pues todo volumen de petróleo que se ahorra puede venderse más rentablemente en el exterior, máxime cuando la producción puede estar limitada tanto por cuotas de la (%=Link(«n»,»t»)%) OPEP o por el desarrollo y edad de los yacimientos.

Existen muchos otros casos en que pudieran tenerse productos de baja tecnología (o“low tech”, como se dice en el argot moderno) para las masas, desarrollables en centros de tecnología apropiada donde se comparta los conocimientos y experiencias locales, o de otros países poco industrializados. No podemos olvidar, que, a pesar de nuestra aparente riqueza, somos un país bastante subdesarrollado, según todos los indicadores socioeconómicos y por la escaso número de patentes que se producen en nuestro medio. Más que deprimirnos, este reconocimiento debería inducirnos a remediar esa situación, y tomar iniciativas para diversificar la tecnología autóctona desarrollando dispositivos prácticos ye conómicos.

Es hora de que nos demos cuenta de esa realidad, en lugar de aparentar estilos de vida irreales, con autos, computadoras y artefactos último modelo, mientras estamos rodeados de cinturones de pobreza. No se trata de oponerse al progreso, sino pensar en los grandes contingentes de excluídos del mismo, y desarrollar productos simples y funcionales, sin aparentar de nuevos ricos para alardear de tener lo más novedoso en cada campo. Los que se puedan permitir artefactos de última tecnología que lo hagan, pero dejar que tantos hogares humildes no tengan acceso a ciertas comodidades modernas, por carecer de recursos financieros, es –a todas luces– una muestra de egoísmo e insensibilidad social.

El concepto se puede aplicar incluso a nivel familiar, pues muchos productos caseros pueden elaborarse con tecnicas simples, ingredientes naturales y la mano de obra de los miembros de la familia, sin tener que comprar los vistosos productos procesados, ahorrando una buena parte del precio comercial y obteniendo de paso productos más frescos y sanos. Alimentos como jugo de frutas, mermelada, yogurt, pan, bizcocho, torta, mayonesa, salsa, pasta, hortalizas y frutas preservadas –entre otros– son fáciles de hacer y proveen la satisfacción de ahorrar en el presupuesto familiar, en lugar de comprar productos que enriquecen a importadores y fábricas de ultramar. No olvidemos que una alta proporción de nuestros alimentos son elaborados con componentes importados, generando una humillante dependencia del exterior y malgastando muchas divisas que podrían servir para usos más prioritarios. Cabe señalar que en muchos países se aprovecha cualquier parcela de terreno –abonado con desechos vegetales– para cultivar hortalizas y frutas orgánicas en lugar de comprarlas, algo que provee de paso un pasatiempo saludable a quienes lo practiquen. No hay que olvidar que en el fondo de nuestra multifacética crisis está el derroche que hemos practicado en los años de la bonanza petrolera, pues la renta recibida hubiera alcanzado –de haber sido bien administrada– para satisfacer las necesidades de la población, especialmente en las áreas prioritarias de educación, salud, seguridad y vivienda.

Ciertamente, en el país los conceptos de austeridad y conservación no son muy populares y hasta es ridiculizado por algunos –que obviamente poseen abundantes recursos– dada la abundancia de divisas que hemos gozado en el pasado, pero países que no han tenido esa suerte se las han ingeniado para conservar en buen estado las escasas máquinas que pueden comprar y adquirir sólo las necesarias. En países como Chile, Costa Rica y Cuba, por ejemplo, todavía se ven automóviles de los años 50 en un estado aceptable de funcionamiento, dados los cuidados recibidos, motivados a su vez por la falta de fondos para comprar nuevos modelos. No es aventurado afirmar que si nosotros le hubiéramos dado el mismo mantenimiento a todos nuestros artefactos –en lugar de desecharlos a la aparición del primer defecto–, las divisas que genera el petróleo hubieran alcanzado para mejorar grandemente nuestro nivel de vida y reducir la pobreza en un grado apreciable. Nuestro gran problema no ha sido la falta de recursos sino una prudente administración de los mismos.

En las exposiciones organizadas por asociaciones sin fines de lucro –como el grupo Eureka– y en casi todas las ferias escolares, se nota una gran creatividad para elaborar este tipo de productos, que lamentablemente no es aprovechada, sea por inercia o falta de interés de los entes oficiales. Así, estamos inundados de vistosos productos importados (o hechos aquí con patentes foráneas, que también cuestan), no siempre de alta calidad sino endebles, contaminantes y vendidos a fuerza de publicidad. Nuevamente, las bonanzas petroleras han conspirado en contra de la popularización de tecnologías modestas, olvidando que luego sobreviene alguna crisis económica, que pudiera paliarse justamente con una mayor austeridad gubernamental y el uso de tecnologías menos costosas, entre otros enfoques que pudieran aplicarse de tener la adecuada orientación oficial. Actuamos como nuevos ricos que derrochan cuando tienen y se quejan en épocas de carestía , cuando una actitud sensata de conservación y austeridad pudieran habernos evitado muchos sinsabores.

De haber tenido oportunamente una actitud más prudente, tendríamos actualmente una saludable industra local y una clase media más umerosa, con la cual se podría sostener una demanda interna de productos y servicios locales, algo que a su vez generaría muchos puestos de trabajo. Si, según las últimas estadísticas, cerca de las tres cuartas partes de los habitantes viven con menos de dos dólares diarios –o sea en pobreza extrema– resulta absurdo y hasta irritante hablar de artefactos de alta tecnología que serían prohibitivos para las mayorías. Esos productos pueden relegarse a los ámbitos apropiados, para los que puedan permitírselos, y no hacer alarde de importaciones costosas cuando atravesamos una de las crisis más serias de nuestra historia y hay tanta gente que vive en condiciones infrahumanas.

Al menos es un tema que vale la pena estudiar más a fondo, y tomar las acciones apropiadas. En fin, es hora de aprovechar el concepto de la tecnología apropiada que trató de popularizar E.F. Schumacher con ese bonito lema de “Lo pequeño es hermoso”, consciente que la tecnología en escala modesta puede ser no sólo factible –al permitirnos muchas comodidades modernas sin un costo exorbitante— sino que contribuye a la sensación de autonomía y autoestima que tanto necesitamos en estos momentos difíciles. Al igual que Mohandas Gandhi en otra época, Schumacher es considerado un moderno “economista del pueblo”, al sugerir que cada país –o cada persona, que lo desee– puede crear su propia tecnología , sin engrosar la corriente consumista y volcarse en masa a comprar “cajas negras con llave en mano”, siempre costosas en todo sentido aunque en principio parezcan más fáciles y económicas, sin contar los problemas de mantenimiento y dependencia. Por algo su libro, que inició una pequeña revolucion mundial en el campo de la economía sustentable y ecológica, tiene este llamativo subtítulo: “Economía como si la gente importara”, pensando en que el hombre disfrute cierto grado de progreso sin ser una víctima más del mismo. Y por último, ojalá que la idea de Schumacher motive a fundar un centro de Tecnología Intermedia, o incluso uno a nivel latinoamericano, pues sería hora de poner los pies en la tierra, reconocer nuestras limitaciones y empezar a actuar con un sentido de austeridad y conservación, si queremos superar eventualmente nuestra patética situación

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