El Editorial

Al rescate de un sindicalismo verdadero

La diferencia fundamental entre la situación políticopartidista y social, y la laboralsindical, que encontró Hugo Chávez cuando accedió al poder en 1999, estaba en que la primera era una gran decepción popular y unos partidos desconcertados que no atinaban a analizar con eficiencia los orígenes de sus derrumbes, mientras la segunda era un campo coherente de estructuras bien organizadas y desarrolladas, y con la experiencia de largas trayectorias.

El sindicalismo venezolano en 1999, tenía representaciones activas de todas las ideologías, y aún con la preminencia decreciente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, CTV, el esquema funcionaba, los convenios colectivos en todos los sectores se desarrollaban, se discutían, se ajustaban, se aplicaban.

El desplome de los partidos, principalmente Acción Democrática y Copei, dejó el escenario sociopolítico en manos del sindicalismo y del sector patronal, envueltos en un amplio, pero conceptualmente endeble, empaque mediático. Sin partidos líderes, el propio partido chavista sin personalidad propia ni real organización, la CTV y Fedecámaras se convirtieron en principales protagonistas de la oposición, frente al poder ejecutivo del otro lado.

Es obvio que los tres se equivocaron y fueron muchos los errores cometidos. El chavismo desde entonces, ante la labor que se adivinaba larga y con pocas garantías de éxito, de atraer al sindicalismo democrático, optó por una línea paralela de crear su propia estructura. Muchos dirigentes –y muchos trabajadores- experimentados y nuevos, cayeron en la tentación oficialista recargada de promesas y retórica socioideológica y, por supuesto, de dinero y posibilidades de poder.

Hoy cunden la anarquía, la confusión, el desconcierto. No hay un sindicalismo unido, la empresa privada apenas tiene tiempo y fuerzas para defenderse de una política permanente de destrucción y el gobierno –y Hugo Chávez en particular- ha venido demostrando, año tras año y conflicto tras conflicto, que su idea de un sindicalismo afecto no es de discusión de opciones sino de obediencia militar. Cuando el sector laboral y el patronal carecen de las convicciones propias y de márgenes de acción autónomos, inevitablemente se sientan las bases del caos. Basta para comprobarlo con dar un vistazo a las diarias informaciones sobre el ambiente y las diferencias entre sindicatos y patrones en las empresas del Estado.

Este sábado presenciaremos los desfiles de siempre. El lunes regresaremos a la realidad de un sindicalismo que trata de sacudirse los sueños que lo confundieron, de un empresariado privado debilitado contra la pared y de un super patrono estatal que no sólo no quiere ni entiende un sindicalismo que defienda a los trabajadores, sino que tampoco ha logrado construir y consolidar su imagen de gobierno de trabajadores por los trabajadores.

Tres elementos débiles que conforman el peor escenario. Y por ello el más peligroso.

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