El Editorial

¿Alguien piensa en el futuro de Venezuela?

Cuando observamos o escuchamos el debate político, a veces notamos un vacío de ideas nuevas y una reiteración de discursos retóricos, basados en una Venezuela que ya no existe.

En la Venezuela del siglo XX hubo líderes politicos como Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Teodoro Petkoff y Carlos Andrés Perez, quienes tuvieron su visión particular de lo que debería ser nuestro país. También hubo intelectuales que desarrollaron ideas importantes sobre lo que deberíamos ser, entre ellos Laureano Vallenilla Lanz, Alberto Adriani, Lisandro Alvarado, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Luis Castro Leyva, sin que tengamos necesariamente que compartir sus ideas.

Hoy, lamentablemente nos consume el inmediatismo y la falta de una visión que nos inspire para construir la Venezuela del futuro, que no sea sólo de cómo salir de Maduro y su aberrante concepción de lo que debe ser la Venezuela del siglo XXI, que en el fondo no es otra cosa que un retorno al siglo XIX.

Nos referimos al tipo de país que tendremos que construir para sobrevivir a los grandes cambios que ocurrirán en el mundo, originados por la IV revolución industrial producto del indetenible avance de la inteligencia artificial.

Es mucho el camino a recorrer en el campo de la educación, de la tecnología, de la economía, de la integración social, de una visión compartida de valores éticos y morales, de la salud y tantas otras áreas que requieren que las veamos en término de futuro y de posibilidades.

Ojalá estos 22 años de destrucción y penurias hayan servido para que entendamos, no solo que no podemos regresar al pasado, sino que tenemos que forjar una idea común de lo que puede y debe ser la Venezuela de mañana.

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Un comentario

  1. Decae la voluntad cuando no hay fundamentos válidos que motiven a la sociedad venezolana. Ha sido un calvario extender – y entender – la educación a tantas personas que no tienen esperanza de desarrollo y paz. La democracia del siglo XX tuvo el resultado del desarrollo social y económico, y bastó el aliciente de una supuesta libertad para que cayeran las máscaras.
    Permanecía estancada la pobreza a pesar de haber prometido el desarrollo a un pueblo engañado. Se impuso el militarismo sin formación y con ello el poder no era ya la del pretediente designado sino de una sociedad sin estructura.
    Mientras que antes amplias capas de la sociedad se sometían a las élites políticas, ahora es la masa la que quiere gobernar. A ello se le ha de añadir la falta de capacidad de una clase media dejada y conformista. A medida que la masa continúa adquiriendo poder e influencia, los países empodrecidos vuelven a caer en la barbarie.

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