El Editorial

Aún estamos a tiempo

En Venezuela soplan vientos de cambio. Confiemos en que estos vientos no se transformen en tempestades. Esperemos que la sociedad, con la ayuda de la comunidad internacional que ha comprendido finalmente nuestra tragedia, sea capaz de propiciar las transformaciones que de manera urgente requerimos a fin de retomar el camino de la democracia, la reactivación de nuestra economía y la atención de los gravísimos problemas sociales que se han venido acumulando.

Tenemos que superar los severos obstáculos políticos a que nos enfrentamos y reemprender los caminos del desarrollo que la naturaleza pareciera habernos destinado, al menos si lo vemos desde el punto de vista de las cuantiosas riquezas con las cuales quiso dotar a nuestra geografía.

Pero entendamos una cosa. Las riquezas naturales pueden ser una ventaja, pero no son garantía alguna. Las únicas garantías vienen del trabajo, la educación y la inteligencia colectiva de los miembros de la sociedad.

El desarrollo rara vez presenta un camino fácil. Por lo general está lleno de obstáculos. Para salvarlos, las sociedades tienen que atravesar por un proceso de aprendizaje. A través de un mecanismo de ensayo y errores, la colectividad va depurando posibilidades, seleccionando aciertos y desechando desaciertos, a fin de enrumbarse hacia las metas que más le convienen. Ningún país en la historia se ha salvado de estos procesos.

Cuando los errores que se cometen son percibidos a tiempo y sirven para enmendar el rumbo, las naciones pueden superar las circunstancias más negativas y sobreponerse. Cuando por el contrario los errores se mantienen en el tiempo de manera persistente, las naciones pueden ver frustradas sus oportunidades y la colectividad padece las consecuencias. Peor aún, a veces después de haber saboreado los primeros frutos de la abundancia, las equivocaciones pueden conducir hacia el drama de un retroceso, que termina por destruir las esperanzas de un pueblo. Eso pareciera estar ocurriéndole a Venezuela.

Los reveses más dolorosos ocurrieron después de los momentos de mayor abundancia. Si esa abundancia se hubiera utilizado para consolidar nuestro porvenir, hoy seríamos un país desarrollado. Sin embargo lamentablemente sirvieron para alimentar un populismo y una corrupción desenfrenada que nos llevaron a la ruina y al envilecimiento moral de algunos sectores.

Pero es obvio que el país necesita un cambio y lo necesita ya. Quienes durante las últimas dos décadas lo han conducido al desastre o han medrado en su entorno, ya no son capaces de levantar la mirada como no sea para buscar los mecanismos más perversos con los cuales aferrarse al poder, a los privilegios y a las riquezas malhabidas que han logrado.

Llegó el momento. Nuestra economía colapsó. Nuestra industria petrolera fue destruida y nuestro aparato productivo devastado y los campos abandonados e improductivos. Padecemos la mayor hiperinflación y la mayor contracción económica del planeta. El pueblo está empobrecido y más de cinco millones de venezolanos han emigrado en busca de un futuro que se le ha negado en su propia patria, antes generosa, pero ahora en ruinas. Para algunos ya no cuentan los valores y la ética es un estorbo.

Hace 100 años éramos junto con Haití y Nicaragua, los países más pobres del continente. En las décadas siguientes llegamos a ser la nación más rica entre todas las latinoamericanas y la que llegó a contar con la democracia y las instituciones más sólidas.

Pero ahora el círculo se ha cerrado y hemos retrocedido 100 años. Volvemos a ser junto con Haití y Nicaragua los países más pobres. Hemos regresado a la dictadura, la cual quedó oficializada con la aprobación de la Ley Antibloqueo. Es un campanazo de alerta.

Llegó pues la hora y lo afirmamos en los términos más dramáticos posibles. O nos unimos y nos empinamos con valentía para visualizar el futuro y recuperarlo, aprovechando como un aprendizaje los errores de las últimas dos décadas o aceptamos como mansos corderos el destino miserable que nos quieren imponer.

El tiempo se está acabando, pero aún estamos a tiempo.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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