El Editorial

Cambiar, por qué y para qué

Todos los estados y gobiernos tienden a anquilosarse en el tiempo y requieren de cambios profundos para subsistir o evolucionar. Algunos cambios son disrruptivos, otros evolutivos.

En nuestro caso, en el curso de nuestra breve historia republicana, fueron principalmente cambios generados o auspiciados por la fuerza militar.

Como es de todos conocidos, gran parte del siglo XIX, salvo en un relativamente corto lapso, fue turbulento y desintegrador, hasta el punto que no se logró una unidad efectiva de la nación hasta que el general Juan Vicente Gómez asumiera el poder en 1908 y lo mantuviese hasta su muerte en 1935.

A la muerte de Gómez se producen una serie de cambios, los primeros evolutivos con Lopez Contreras y Medina y luego disrruptivos, producidos por golpes militares que llevaron a la caída del general Medina en 1945, luego de Rómulo Gallegos en 1948 y, por último, del general Marcos Pérez Jiménez en 1958.

A partir de esa fecha de mediados del siglo XX se instaura la era democrática de nuestro país, que evoluciona, con altos y bajos, hasta el fallido golpe militar de 1992 liderado por Chávez y luego el golpe civil, a través de la Corte Suprema de justicia, auspiciado, paradójicamente por una conjunción de factores poderes de la que formaban parte, tanto la derecha más recalcitrante, como la izquierda irredenta, con una clara inacción por parte de los partidos del que pudiésemos llamar del centro democrático.

El resto es conocido, y es la disrupción negativa que prácticamente ha llevado, en estos 22 años, a un retroceso histórico que ha terminado por ubicarnos, no en el siglo XXI, sino en lo peor del siglo XIX.

Ahora estamos en los albores de un nuevo cambio que puede ser gatopardeano, es decir, cambiar las formas para que todo siga más o menos igual, u otro, que necesariamente deberá ser disrruptivo, para transformar al país, no sólo económica y políticamente, sino ética y moralmente, ya que los patrones del pasado basados en el oportunismo y la corrupción deben ser erradicados, y el esfuerzo debe centrarse en hacer de Venezuela un país serio, responsable, solidario, tolerante y con la mira puesta en participar activamente en el nuevo mundo que surgirá de la IV revolución industrial potencia, por el auge indetenible de la inteligencia artificial.

Ya no seremos más el país rentista que fuimos, ahora tendremos que trabajar para construir, prácticamente desde cero, un país que no se parezca en nada al pasado, sino que surja de un proceso autocrítico, que pondere lo malo y lo bueno de lo que fuimos, para que con ese balance soñemos y armemos una nación justa y moderna, de la que todos nos sentamos orgullosos de formar parte.

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