El Editorial

Complicidad amoral

No hay peor enemigo de una sociedad y de sus partidos que la mutua complacencia, la solidaridad partidista con el compañero que falla. Un partido que defiende la democracia no puede amparar a los que fallan, tan negativos y traidores son los que apoyan o participan en un golpe de estado, como los que aprovechan los cargos públicos y al mismo partido para llenarse los bolsillos, para disfrutar un cargo sin cumplir con el trabajo y los resultados que el cargo implica.

Y tan negativos, perjudiciales y traidores a la patria son aquellos que, por amistad o por compartir militancia, perdonan a quienes delinquen o fallan. Un partido político, desde sus directivos hasta el más humilde activista y simpatizante, no puede ser refugio y cuidador solidario de ladrones, maltratadores, perezosos, descuidados administradores, y los que asignan cargos y responsabilidades a quienes son compañeros de militancia y sólo por eso, no por su competencia para el cargo.

La excusa de que es “un cargo político” es no sólo insuficiente, sino perversa. Venezuela le debe muchos fracasos y retrasos a esa perversa costumbre. Si un compañero es ladrón, irresponsable, nombra funcionarios en su área por ser sus amigos o familiares, debe ser señalado, denunciado. Un partido moderno no puede ser la cueva de los ladrones.

Los primeros que deben dar el ejemplo, aplicar la intransigencia con quienes fallan, son los directivos del partido. No puede el partido ni su dirigencia, ni los cargos de cualquier nivel, tolerar los nombramientos de parientes y amigos y no por sus conocimientos y su honestidad, así como el parentesco o amistad no pueden ser obstáculos para el nombramiento del hombre o la mujer con la capacidad –y la actitud- para el cargo. La solidaridad automática con el compañero de militancia delincuente, irresponsable, incumplidor, ha sido brutalmente dañina para nuestra Venezuela, en cuya historia de los cuarenta años de alternancia entre Acción Democrática y Copei, así como presentaron balances de grandes obras para el país, también fuerono prolíficos en ladrones, abusadores, perezosos y prometedores de mentiras.

Eso ha sido aún peor en estos últimos veintitrés años de «revolución», que han permitido la expansión de la delincuencia, las instrucciones, guías e injerencias de intereses extranjeros y una nueva clase de millonarios que no han hecho fortunas por su esfuerzo laboral, sino desfalcando a la nación. Eso es lo que debería ser corregido, tener el poder no es suficiente, el poder no se tiene sólo para disfrutar sus beneficios y engrosar cuentas bancarias públicas y ocultas, sino para ejercerlo a través de las obras, programas y acciones que la ciudadanía necesita.

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