El Editorial

Con mi imagen no te metas

El Presidente acusa recibo de que su otrora imagen inmaculada, intocable y de teflón ya no funciona bien, que la mala gestión, la ineficiencia y lo que es peor, la corrupción, lo afecta, le resta fidelidades en su propio votante y de ahí al despeñadero electoral que se avizora en 2012 apenas hay unos pasos.

Por eso ha emitido, entre nervioso y preocupado, el decreto N° 7.836, publicado en la Gaceta Oficial N° 39.556, del pasado 19 de noviembre, el cual «prohíbe el uso del nombre, imagen y figura del Presidente de la República para la identificación, nombre y denominación, caracterización, tipificación, calificación y designación (…) de la obras de infraestructura de cualquier naturaleza».

Es algo que ya le venían indicando las encuestas de opinión, esas de las que tanto despotrica. Que aquello de que “el Presidente no sabe”, aquello de que las culpas son de su gabinete, de los burócratas o de la propia dinámica clientelar y corrupta revolucionaria se ha desgastado y ya no opera como argumento. Ahora la responsabilidad no le es escurridiza, no le es ajena. Su propia gente lo señala y le enrostra las fallas de la revolución, suficientes como para engordar un voluminoso expediente del más grosero desgobierno que haya tenido la República.

Lo único que le queda, como de lo recomienda su nuevo ideólogo Alan Woods, es la radicalización (expropiaciones, amedrentamiento judicial), el efecto demostrador de fuerza, la ecuación divisoria (los revolucionarios y los contrarrevolucionarios), el ardid del magnicidio; es decir, mover lo emocional, escudarse en su propio liderazgo y alejar todo aquello de lo erosione.

El decreto mencionado se complementa con lo siguiente: “la imagen del Presidente, conforma parte fundamental del perfil ilustrativo de la institución presidencial, y como tal debe ser empleada bajo controles que permitan la debida identificación, en cuanto al honorable rol del mandatario, de conformidad con la Constitución».

La norma ordena no identificar con la imagen presidencial «construcciones, edificaciones, establecimientos, recintos, instituciones educativas y médico asistenciales de cualquier nivel, vías de comunicación, lugares públicos y cualquier tipos de inmuebles (…) que se encuentre asignada o de cualquier forma atribuida» a la administración pública».  Es decir, todo aquellos que ha hecho mal, o no ha hecho, o de lo que sólo hay un cartel de anuncio, una venta a futuro de una revolución prometida que teme se le desplome con la fuerza del descontento popular.

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