El Editorial

Cumbre para el diálogo

Caracas es nuevamente escenario para una reunión de la (%=Link(«http://www.opec.org»,»OPEP»)%), pero no se trata de cualquier cita. Esta vez nuestra ciudad es la sede de la II Cumbre de Soberanos y Jefes de Estado de los Países Miembros, la cual no se reunía desde hace 25 años, dentro de los cuarenta que recientemente acaba de cumplir la organización petrolera.

Se trata de una oportunidad que no es posible desperdiciar, por cuanto ocurre en un momento histórico de particular relevancia y desaprovechar la ocasión puede ser muy costoso para los fines y objetivos que desde un comienzo se planteó el organismo que ideó un venezolano, Juan Pablo Pérez Alfonso, y que luego acogió con fervor el grupo de países árabes productores de petróleo a quienes el ilustre caraqueño convocó en pos de la creación de una institución que hoy por hoy se presenta como la única exitosa entre los países del tercer mundo en la defensa de su materia prima.

Podemos afirmar, sin exageración, que la OPEP vive hoy un momento estelar, que no era posible presagiar hace apenas dos o tres años atrás. El fiel cumplimiento de unas metas trazadas por algunos de sus miembros o socios —Venezuela, Arabia Saudita y México— aunado a la recuperación de la economía occidental y asiática, permitieron a la organización salir del pesado letargo e incapacidad al logro en la que estuvo sumida a partir de mediados de los ochenta. En efecto, luego de realizada la primera cumbre presidencial —Argelia, marzo de 1975— en la cual la OPEP no pasó de la (%=Link(8707975,»retórica tercermundista»)%) propia de esos años y donde el objetivo parecía ser la confrontación con los países industrializados, el escenario actual ofrece otra perspectiva, en la cual no puede existir otro camino que el diálogo y el entendimiento.

Ya pasó para la OPEP la etapa de la defensiva —aunque no por ello vamos a pensar ingenuamente que se la dejará de atacar— pero cuarenta años deben permitir a la organización petrolera exhibir las primeras canas de la madurez y, por ende, saber que lo que se impone en el globalizado mundo de hoy es la búsqueda de un mercado petrolero estable, con precios razonables, que no paralicen el crecimiento de los grandes consumidores, ni ahoguen las economías de los países más pobres.

La II Cumbre de la OPEP debe, en fin, servir para que la Organización sepa escoger el camino que no la lleve de nuevo al despeñadero, no debe ser utilizada para la proyección individual de ninguno de los países miembros —y mucho menos para la ambición de grandeza del presidente huésped— sino para encontrar las fórmulas que le permitan enfrentar los retos del milenio fortalecida, replanteando y superando sus propios objetivos y transitando la senda de un mercado petrolero equilibrado y confiable. Sólo así habrá valido la pena el esfuerzo y la espera de un cuarto de siglo.

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