El Editorial

Darle la vuelta a la tortilla

Esa expresión tan castiza que pretende explicar cómo se cambia de postura, es algo que vemos ya aparecer en los comentarios u opiniones más serios en las redes sociales.

Podemos constatar que la praxis de descargar el desasosiego y las frustraciones sobre la cabeza de Guaidó no sirven de nada para darle de una buena vez la vuelta a una tortilla que se está quemando en la sartén.

Guaidó y su interinato son lo único que queda de una legitimidad constitucional que la dictadura ha sistemáticamente erosionado, violando y desconocido desde su apropiación indebida del poder. La lucha del régimen por apoderarse de ese reducto legítimo, reconocido mundialmente por más de 60 países, es el eslabón que le falta por armar la dictadura perfecta, erigiendo la muralla que nos aleje para siempre de cualquier resquicio de democracia.

Algunos ilusos siguen creyendo que entregándole el blasón de una Asamblea Nacional a la medida se abriría una rendija para que algún día, en un futuro indeterminado, retornemos a una democracia real y funcional. Pareciera que viven en la comedia de Shakespeare Sueños de una noche de verano, porque sin darse cuenta -o a lo mejor sí, porque eso es lo que les conviene-, nos están llevando sin remedio a una tragedia que ni Sofocles ni Esquilo hubieran podido dramatizar mejor.

Voltear la tortilla no es otra cosa que unir propósitos, enmendar errores y luchar juntos para, como hemos venido diciendo, poner todo empeño, voluntad, coraje y solidaridad para terminar de derribar el mito de que no hay manera que caiga el muro de la dictadura. ¿Acaso los venezolanos somos menos que los polacos, alemanes, chilenos, brasileños, uruguayos, argentinos y tantos otros países que por sí mismos supieron sacudirse el yugo de feroces dictaduras?

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Un comentario

  1. La usurpación de Maduro no llega a ser dictadura. Es cierto que no hay división de los poderes públicos y que una minoría amparada en las armas obtiene la riqueza mediante el dominio de un grupo cuya presencia es de mera forma. No sé si estas características son corrientes en otros países entregados a un jefe. Si el gobernante accedió por un golpe de estado, debe decirse que el individuo que ejerce el poder es una representación sin valor alguno.
    Esto significa que el usurpador adquiere el título de “dictador” porque es él quien aparece ante el pueblo, y sabemos que la masa (Ortega y Gasset lo dijo) es anónima y destructiva, y goza de un pseudo poder con apariencia de legitimidad.
    En las dictaduras no existe control ni límites a las determinaciones que tome el dictador (Maduro con atuendo de disfraz de dictador Romano). A lo largo de la historia estos dictadores autoritarios han cruzado barreras morales y jurídicas sin presentar siquiera argumentos lógicos que sustenten sus acciones. De este modo se han cometido asesinatos masivos, privación de la libertad, encarcelamientos injustificados, etc.
    ¿Cómo se pudiera rescatar el timón de quien conduce al país?

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