El Editorial

Dejen de lado el personalismo

Nadie cree que el evento electoral de noviembre resuelva en algo los males del país, ni se sabe si esos resultados valdrán para algo el día que ocurra un verdadero cambio político en nuestro país.

Lo único para lo que es útil este evento es para ir unidos y derrotar a los candidatos del régimen. Esta no es la ocasión de escoger al supuestamente mejor, sino ponerse de acuerdo, por el método que sea, en presentar un solo candidato de la oposición. La existencia más de un candidato para un mismo cargo lo que hará será facilitarle un triunfo seguro al régimen, sin que tenga que recurrir a mecanismos irregulares. En cambio, si hay un solo candidato opositor, aunque esto no asegure por ahora una derrota significativa, si ayudará a resquebrajar el, hasta los momentos, sólido muro de la dictadura.

Mientras sigan creyendo que hay candidatos mejores y se mantengan en sus trece, no tendrá mucho sentido votar, porque el personalismo seguirá siendo el mismo problema que hasta ahora ha mantenido dividida a la oposición democrática.

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Un comentario

  1. Para el transpersonalismo político, que considera como supremos los valores que se realizan en la colectividad, resulta que el individuo aparece como un mero producto efímero de escasa o nula importancia. Un sinnúmero de individuos vienen a nutrir las filas de la colectividad y después desaparecen de ella; y están en ella tan solo para ser soportes y agentes de una supuesta vida superior de la «totalidad»; de manera que desde el punto de vista de los valores, el individuo no viene en cuestión, pues es considerado únicamente como materia de las formaciones colectivas superiores. Según la tesis transpersonalista, tendrían importancia tan solo los fines de la colectividad y el proceso de ésta; y el individuo únicamente adquirirla valor en la medida en que sirviera a ese proceso y a los fines de la «totalidad». Se ha llegado a decir, por la concepción transpersonalista, que la colectividad debe tolerar tan solo a aquellos individuos cuya conducta se ajusta totalmente a los fines de ella, debiendo destruir a los disidentes y a los inservibles (que es lo que hacen por ejemplo los Estados totalitarios -bolchevismo, fascismo, nacional-socialismo-). Esta concepción inhumana ha tratado algunas veces de buscar apoyo en una vieja teoría metafísica o más bien mística, según la cual la división de la humanidad en seres individuales sería algo secundario y la individualización representarla un estadio imperfecto, de manera que el destino superior del hombre consistiría en retornar a la substancia común, mediante su entera consagración a la totalidad.

    Frente a esa concepción transpersonalista, propia de tiempos primitivos y reverdecida hoy en los procesos de desindividualización de los Estados totalitarios (en la URSS, en Italia, en Alemania, etc.), se ha opuesto la conciencia madura del individuo, fundándose en esta sencilla y evidente consideración: ¿cómo puede consagrarse el individuo a fines que no son suyos? Para que los fines de la colectividad tengan sentido legitimo ante el individuo, será preciso que, por lo menos, sean también a la vez fines suyos de él. Tan solo el individuo es capaz de proponerse fines y de actuar para realizarlos, porque tan solo él tiene conciencia.

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