El Editorial

El amor a la muerte

Algo importa

que en la vida mala y corta

que llevamos

libres o siervos seamos

Antonio Machado

Por alguna razón escatológica las corrientes del pensamiento totalitario del siglo XX y, como pareciera, las del siglo XXI tienen en común la idealización de la muerte como fin superior. Las frases pueden cambiar pero el estilo es el mismo: Nacional Socialismo o muerte, Patria o Muerte, Socialismo o Muerte, o si se quiere la mejor frase y que las subsume a todas es la que pronunció el general Millán Astray el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la universidad de Salamanca cuando se celebraba el día de la raza. En esa ocasión el general había penetrado en el recinto universitario escoltado por sus legionarios armados con metralletas lo que hizo que un indignado Unamuno se parara y pronunciara un apasionado discurso en el que entre otras cosas afirmó:

«Acabo de oír el grito necrófilo de «¡Viva la muerte!». Esto me suena lo mismo que «¡Muera la vida!». Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos, Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el numero de mutilados alrededor de él (…) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada…» Furioso, Millán grito: «¡Muera la inteligencia!» A lo que el poeta José Maria Pemán exclamo: «¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!» Unamuno no se amilanó y concluyó: «¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido , diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir, y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha.”

Esta extensa y oportuna cita nos recuerda que quienes prefieren al espíritu de Tanatos sobre el de Eros es porque solo conciben la vida como un eterno proceso de destrucción en el que sólo de las ruinas podrá emerger, como el Ave Fénix, el hombre nuevo que será un compendio de virtudes y no la representación de lo que éste ha sido históricamente.

Cuantos errores, cuantas desgracias, y cuantos fracasos están detrás de la glorificación de la muerte.

Es ciertamente una manera diferente de decir muera la inteligencia cuando se le presenta al pueblo como única alternativa válida las consignas: patria o muerte o socialismo o muerte. Cuando en realidad la verdadera opción es: democracia y vida. Libertad, igualdad , fraternidad y esperanza.

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