El Editorial

El dilema de los gobiernos: ¿Abrir las economías?

El COVID-19 tomó por sorpresa al mundo. Desde siempre la Organización Mundial de la Salud y los epidemiólogos han venido alertando sobre los riesgos de una pandemia. Y pandemias no han faltado; sin embargo desde la gripe española en 1918, ninguna
pandemia ha tenido efectos tan devastadores, en un caso en cuanto al número de víctimas y en el otro por sus consecuencias en la economía mundial. La velocidad de contagio de este virus ha tomado desprevenidos a todos los gobiernos.

Nace el virus en China y, al no ser contenido allí inicialmente, se contagia con una velocidad vertiginosa en Asia, después al Medio Oriente, en Europa -entrando por Italia- y de allí se traslada a América dejando una estela de muerte y destrucción económica por donde quiera que va pasando.

Sus efectos suelen compararse con una contienda bélica y como tal la están enfrentando los gobiernos destinando recursos extraordinarios para vencer a este enemigo común de la humanidad. Sus secuelas económicas aún no se conocen. Ni siquiera se conoce en cuánto tiempo podrá ser controlada la pandemia. Se sabe que al final quedará un ejército de desempleados, un cementerio de empresas quebradas y millones de personas que habrán perdido sus ahorros y sus medios de subsistencia.

Los gobiernos tienen que enfrentar este enemigo invisible con estrategias que les permitan combatirlo en dos frentes de batalla. El primero tiene que ver con las medidas requeridas para contener y vencer al adversario desde el punto de vista sanitario. El problema es que las medidas que tienen que adoptar en este frente están dejando una estela de destrucción en el segundo frente: el económico.

El cierre de fronteras y el distanciamiento social necesario para prevenir el contagio se viene traduciendo en una paralización progresiva del aparato productivo, en una disminución sin precedentes del intercambio comercial entre las naciones y también en una brutal e imprevista contracción económica a nivel planetario.

El COVID-19 está infringiendo enormes y crecientes costos humanos. Para el 2020 el FMI proyecta una brusca contracción del 3% en la economía mundial, siempre y cuando la pandemia se pueda controlar en el 2do semestre del año. Para EEUU el FMI estima una contracción del 5,9%. Pudiera ser peor si como consecuencia de la pandemia se deterioran las relaciones entre EEUU y China, dando al traste con los acuerdos alcanzados. De hecho en el primer trimestre del 2020 el PIB de China se contrajo en un 9,8% respecto al cuarto trimestre del 2019.

Todos los gobiernos enfrentan en este momento un dilema: necesitan reactivar sus economías para mitigar el daño, pero eso requiere ponerle fin al distanciamiento social que mantiene inactivo al aparato productivo, por cuanto a la fuerza laboral se le ha pedido mantenerse ausente de sus sitios de trabajo para impedir el contagio. Pero desde luego la reapertura de las economías presenta el riesgo de una reactivación de la pandemia y la pérdidas de incontables vidas humanas adicionales.

Las políticas públicas en general en momentos de emergencia como este deben guardar un delicado equilibrio. No basta con cerrar indefinidamente el aparato productivo mediante una prolongación generalizada del confinamiento de la población, pero tampoco se puede ir a una apertura indiscriminada que agudice el contagio.

El gobierno venezolano acaba de anunciar una prolongación por 30 días de la cuarentena. Si tal decisión no viene acompañada por otras medidas que permitan a trabajadores y empresas acatarlas, el resultado será que la medida no será cumplida. Los trabajadores, sobre todo los informales se verán en la necesidad de romper la cuarentena, como ya lo están haciendo, y serán muchos los negocios que si no abren sus puertas corren el riesgo de cerrar indefinidamente. Para muchos la alternativa es morir de hambre o morir de la pandemia. Para colmo en nuestro caso la situación se agrava por la injustificable escasez de gasolina, que constituye un elemento más que viene a enturbiar las consecuencias de la pandemia, aunque sin duda coadyuva con la política oficial de impedir una apertura.

En todo caso, las medidas de apoyo que el Estado debe proporcionar a personas y sectores afectados, no pueden estar teñidas de ninguna sospecha de favoritismo político pues de lo contrario ello podría conducir a reacciones de inconformidad social que pueden llegar a ser incontenibles.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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Un comentario

  1. Es un tema de lo más interesante pues afecta el ámbito de las organizaciones del trabajo, división social del trabajo, trabajo permanente desde el hogar, robotización de la actividad productiva, super especialización laboral… En fin, una revolución mundial en el contexto de la productividad tanto en sentido social como económico y nada menos que la sustitución progresiva del hombre por la máquina cara a una nueva REVOLUCIÓN INDUSTRIAL que, sin duda, cambiara el destino de la humanidad y definitivamente nos llevará a un mundo totalmente nuevo y lleno de muchas interrogantes e incertidumbres.

    De nuestro país solo podemos decir que, su camino está y estará plagado de dificultades y que las posibilidades de una hambruna generalizada al igual que el resto de la humanidad son un hecho cierto y muy próximo, dada la ruta que parece quieren seguir los actuales gobernantes. Más aún, los sectores empresariales tanto industriales como del sector servicios (comerciantes), están presionando fuertemente para retornar al trabajo o cerrar sus negocios, cambiar de actividad y participar con carácter más protagónico en la tarea de reconstruir el país.En este sentido, las consideraciones de la OMS respecto al retorno de nuevas oleadas de la pandemia, la no seguridad de la eficacia de una hipotética vacuna, el incremento de la inversión en salud y educación y la vuelta a un «Estado paternalista» -recomendado hasta por la señora Merkel-, ha encontrado fuertes opositores dentro y fuera de Alemania y todo apunta a la confrontación de dos grandes bloques que, visionarían el problema de manera diferente. De todos modos, hoy en Haití se hacen unas arepas a base de «lodo cocido» para matar el hambre y las personas. Aquí en nuestro país estamos en el nivel primario de escarbar en la basura medio refrenar los deseos de recurrir al saqueo; de todos modos, la desnutrición es grande, la educación está destruida, se produce muy poco y sin la miserable ayuda del Estado más el apoyo internacional muy limitado, la pandemia ya nos hubiese matado.

    Recomendaciones y consejas las hay muchas y hasta de buena fe, la cuestión es el problema político que, de momento no parece tener salida alguna y por el contrario, son de pronóstico reservado y muy desde arriba y desde abajo, se tiene la premonición que el conflicto se inclinará por la salida menos conveniente. En todo caso, pasar a una segunda etapa con pandemia de por medio y tener que empeñar las «joyas de la abuela» para poder comer y atender medianamente la salud, va a tener como consecuencia que tipos como Wilexis no solo van a proliferar sino que el camino del narcotráfico, armas y empleo sistemático de la violencia, puede que, hasta contribuyan a la desintegración del país. Algo que nuestros «políticos profesionales, empresarios y comerciantes»e Iglesias parecen no querer entender, olvidando una verdad apabullante : ¡ EL HAMBRE ES UNA O LA PEOR CONSEJERA !.

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