El Editorial

El engendro del terrorismo

El Medio Oriente es una de las regiones más violentas del mundo. Al referirse a ella el presidente Ronald Reagan sostenía:

“Como todo presidente de los EEUU ha aprendido desde la II Guerra Mundial, ninguna región del planeta presenta tantas dificultades, tantas frustraciones y tantos problemas y convulsiones como el Medio Oriente. Es una región donde el odio tiene raíces tan profundas que se remontan al alba de la historia. Es un lugar donde el derramamiento de sangre sin sentido en nombre de credos religiosos proviene de tiempos bíblicos y donde los hechos modernos quedan moldeados por eventos trascendentales del pasado …”

Al terminar la II Guerra Mundial apareció en muchos países del Medio Oriente una riqueza extraordinaria: el petróleo. El mismo le dio al Golfo Pérsico una importancia geopolítica fundamental, porque esos hidrocarburos, que eran vitales para la economía de todas las naciones, pasaban por el estrecho de Ormuz, una de cuyas orillas es iraní y chií y la otra árabe y suní (milenariamente enfrentadas).) .

Sin embargo la conflictividad histórico religiosa a la cual se refería el presidente Reagan provocó en las décadas siguientes periódicos y recurrentes conflictos que amenazaron con interrumpir o interrumpieron efectivamente el flujo petrolero de los países árabes y de Irán hacia los mercados mundiales. Algunos de esos conflictos fueron los siguientes:

  • El cierre del Canal de Suez (1967 al 75)
  • La crisis de Libia (1969)
  • El Embargo Petrolero Àrabe (1974)
  • La caída del Shah de Irán (1979)
  • La guerra entre Irán e Iraq (1980-1988)
  • La invasión de Iraq a Kuwait (1990 – 1991)
  • La guerra del Golfo (2003)

En todas y cada una de esas oportunidades el mundo volteó la mirada hacia Venezuela y siempre que pudimos estuvimos dispuestos a incrementar nuestra producción petrolera y así aliviar las angustias energéticas de la humanidad. Eso hizo que fuésemos considerados como el suplidor petrolero más seguro y confiable del planeta.

Pudimos hacerlo porque nunca nos involucramos en los problemas histórico religiosos del mundo islámico. Siempre fuimos neutrales en relación a las sangrientas diferencias que existen entre chiíes y suníes que se remontan a 1.300 años de antigüedad, así como tampoco a los conflictos entre Israel y sus vecinos árabes.

La secuela de toda aquella conflictividad religiosa e histórica es el fenómeno del terrorismo que ha venido azotando a buena de las naciones. Organizaciones terroristas, unas vinculadas a las facciones suníes como es el caso de Al Qaeda, y otras relacionadas con el bando de los chiíes como es el caso del Hezbollah han participado en muchas de las más violentas acciones terroristas que ha conocido la humanidad.

Sólo por citar algunos casos, mencionaremos lo ocurrido en Atocha, Madrid, en el año 2004, en el metro y el sistema de transporte de Londres en el 2005, el atentado de Amia en Buenos Aires en el 2006, los ataques contra las Torres del Centro Mundial de Comercio en Nueva York y el Pentágono en Washington en el 2011, los atentados de Paris en el 2015 y ese mismo año en Copenhagen y Beirut, en Bruselas en el 2016, nuevamente en Londres en el 2017 además de Estocolmo, Manchester, Barcelona y … en fin la lista es interminable.

Venezuela, hasta el momento, siempre fue inmune frente a toda esa tragedia. Somos un país occidental, con una idiosincrasia cultural de origen judeo cristiana, mayoritariamente católico, cuya política internacional se basaba en la neutralidad y adicionalmente geográficamente muy alejados del Medio Oriente. Siempre fuimos respetuosos de las creencias de los demás y además nunca tomamos partido en sus diferencias.

Pero esta condición, ideal, está cambiando. Junto con los tanqueros iraníes resulta evidente que estamos profundizando las relaciones con Irán que iniciaron hace varios años Chávez y Ahmadineyad.

Puesto que tanto Irán como Venezuela están sancionados por EEUU, entre ambos se está estableciendo un vínculo geopolítico cuyas consecuencias a futuro resultan impredecibles.

Por primera vez estamos tomando partido. Eso implica que en adelante ya no seremos percibidos como una parte de la solución, sino que más bien seremos tratados como una parte del problema. Ojalá que junto con esos tanqueros no estemos importando una semilla que venga a sembrar en nuestro país el diabólico engendro del terrorismo que tanta muerte, sangre y destrucción han provocado en otras partes del mundo.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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3 comentarios

  1. Una precisión. El atentado de los trenes de Atocha no fue obra del terrorismo islámico. Hay numerosas pruebas que apuntan a las cloacas del estado español, servicios secretos extranjeros y al PSOE. Si está interesado en el tema, puedo facilitarle una afirmación más amplia y documentada.

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