El Editorial

El misterio

Una de las características que diferencia a una democracia de regímenes de corte dictatorial, totalitario o simplemente autoritario es y ha sido el manejo y el acceso libre a la información.

Basta recordar el misterio que rodeó los últimos días de vida del benemérito Juan Vicente Gómez que acabó dilucidándose con su muerte un 17 de diciembre de 1935, lo que no vendría a confirmar el hecho por demás curioso que, según la versión hagiográfica de su existencia, el dictador habría nacido y fenecido en los mismos días que el Libertador.

Los últimos días de Stalin estuvieron rodeados de mitos y de temor, el tuvo un infarto masivo el primero de marzo de 1953, muriendo finalmente de una hemorragia cerebral el 5 de ese mismo mes. Era tal el temor que el padrecito georgiano inspiraba que, a pesar de que había sufrido numerosos episodios de accidentes cerebro vasculares, sus guardias no se atrevieron a llamar a tiempo a los médicos y simplemente notificaron al ministro de seguridad pero como este no se sentía seguro de qué hacer y llamó a su vez a Laurenti Beria, el hombre fuerte detrás del trono, quién junto a otros jerarcas del PCUS tardaron un día en llamar a los médicos, tal vez deseando que el desenlace fatal llegara pronto. Los médicos encontraron a Stalin semi paralizado y vomitando sangre, temían lo peor, pero no estaban seguros y estaba fresca en la memoria las purgas que el aparato de seguridad soviético había hecho con los médicos tratantes del difícil paciente. Nadie en el entorno de la corte del zar ruso se atrevía a tomar medidas y así fue que se murió tras una larga y penosa agonía rodeado de personas que no sabían o no querían actuar.

En cambio en los sistemas verdaderamente democráticos la enfermedad del jefe de Estado no es misterio. Mitterand tenía cáncer de próstata y toda Francia supo que durante su visita a Caracas sufrió un desmayo. Tampoco fue guardado como secreto de estado la muerte de Franklin Delano Roosevelt y eso que aún no había terminado del todo la Segunda Guerra Mundial. El desenlace fatal fue conocido casi de inmediato por los principales medios norteamericanos.

La salud de un jefe de estado no puede ser secreta, son tan importantes las consecuencias sobre la vida de un país que la población tiene el derecho a saber a que atenerse. Ocultar la información solo sirve a que se propaguen rumores maliciosos, en un sentido u otro, como actualmente ocurre en Venezuela, en el que muchos piensan que el Presidente Chávez ya no tiene nada, mientras que otros creen que está muy grave. Ese dilema se resolvería con un simple parte médico en el que se informara a los ciudadanos de nuestro país y del mundo cuál es el verdadero estado de salud del primer magistrado No hacerlo es no solo anti democrático sino pernicioso porque crea un clima malsano de inseguridad ciudadana. No se puede tapar el sol con un dedo, todos los humanos nos enfermamos y inevitablemente algún día moriremos. Lo que no se debe permitir es que la opacidad de la información favorezca extraños comportamientos de personas o de países que puedan estar sacando cálculos sobre que ventajas se puedan lograr escondiendo la realidad de los hechos.

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