El Editorial

Épica, ética e ideología

Algunos de los personajes más truculentos de la historia dejaron una estela de muertes, torturas y crueldades de toda índole; sin embargo, en su momento fueron capaces de cautivar la imaginación y la voluntad de sus compatriotas.

Hombres como Hitler basaban su causa alegando una supuesta superioridad racial del pueblo alemán. Stalin implantó el marxismo leninismo y la dictadura del proletariado como praxis ideológica. Mao se vanagloriaba de la epopeya de la Gran Marcha del partido comunista frente a los ejércitos de la China Republicana. Fidel Castro sacaba a relucir la gesta épica de la Sierra Maestra.

Líderes como Hitler o como Fidel Castro, fueron capaces de hipnotizar a las masas con un discurso que tensaba las fibras más íntimas del alma y el corazón de sus pueblos. El segundo obtuvo el apoyo de grandes intelectuales de izquierda como Jean Paul Sartre, Simon de Beauvoir, Pablo Neruda o Gabriel García Márquez.

El denominador común es que esos líderes, no importa su tendencia, cautivaron a las multitudes convenciéndolas de que sus causas eran legítimas porque tenían una justificación ética, épica e ideológica.

Regímenes teocráticos, como es el caso de Irán, recurren a ancestrales motivaciones de carácter religioso. Son capaces de llegar a cualquier extremo justificándolo con razones que surgen de su interpretación del Corán, de la Sharía o de alguna tradición oral o hadiz ( hechos, dichos o acciones del Profeta ).

Pero, en nuestro caso, nada, nada existe. Ninguna de esas razones es aplicable. Lo que aquí vivimos es simplemente una economía aniquilada en un lapso increíblemente corto, un aparato productivo destruido, una industria petrolera desmantelada, unos servicios públicos en proceso de extinción, un sector agrícola abandonado, un sector industrial que en su inmensa mayoría ha tenido que cerrar sus puertas y una población brutalmente empobrecida en medio de la mayor hiperinflación del planeta.

¿Qué legitimidad pueden alegar? ¿Existe alguna motivación de origen religioso? ¿Dónde está la épica detrás de esta tragedia? ¿Puede una intentona golpista fallida constituir toda la épica que puede sacar a relucir una revolución? ¿Y la ética? ¿Qué ética se puede invocar en medio de lo que luce como un devastador estallido de corrupción que asombra al mundo? ¿Y es que acaso se puede recurrir a razones de carácter ideológico? Aquí la ideología dejó de jugar papel alguno y no es más que una máscara tras la cual se escudan las ambiciones crudas de enriquecimiento de un grupo que carece de escrúpulos y no tiene límites morales. Imaginar por ejemplo que detrás de un caso como el que se ventila en Cabo Verde pudiesen existir razones ideológicas es risible.

Sin legitimidad de origen ni de desempeño, sin el apoyo intelectual de nadie, un aislamiento internacional sin precedentes y carentes de una justificación ética, épica o ideológica, lo que aquí ocurre es una vergüenza que sólo se explica y se mantiene por la vía más primitiva de la fuerza bruta.

Sin embargo, quienes hoy recurran al uso de esa fuerza violando DDHH, saben los riesgos personales en que incurren. Después de los dramáticos señalamientos de la Misión Independiente de la ONU, quienes participen en esas acciones quedarán embarrados en la miasma fétida de unos delitos que no prescriben y que la comunidad internacional está dispuesta a perseguir.

Si es que alguna vez existieron razones históricas que la justificasen, los hechos vinieron a demostrar que todo era pura palabrería y que se trató solamente de una revolución económicamente destructiva, políticamente devastadora, empobrecedora y desintegradora del tejido social y esencialmente corrupta.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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Un comentario

  1. Mitologías -no ideologías o sistemas científicos- que intentaron erigirse en “teo-logías sustitutivas”, en visiones mesiánicas con pretensión de totalidad, aptas para satisfacer el hambre de mitos y de certezas consustancial a la condición humana.
    La de Marx nos llevaba a la redención de la igualdad por la destrucción de las clases y el Estado; la de Freud, a encontrar la paz de la conciencia en la introspección profunda; la de Lévi-Strauss, a un retorno al buen salvaje con el que había soñado Rousseau, otro peligroso utopista.
    La farsa de la dictadura no contiene ideas y tampoco es una mitología. Es tan solo confusión e ignorancia.
    En términos semejantes lo expresó George Steiner en Nostalgia del absoluto.

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