El Editorial

La Caja de Pandora

Venezuela ha vivido vertiginosos cambios económicos, políticos y sociales en poco más de un siglo. Es casi un laboratorio donde los dioses , mediante ensayos y errores, quisieron experimentar las transformaciones de todo orden a que puede ser sometida una sociedad. Veamos:

Después de la Guerra de Independencia, el Siglo XIX resultó devastador. Infinidad de revoluciones y caudillos, asolaron y empobrecieron el territorio: la revolución de las reformas (1835), la insurrección campesina (1846), la guerra Federal (1859), la Genuina (1867), la revolución Azul (1867), la Amarilla (1869), la de Coro (1874), la Reivindicadora (1879), la Legalista (1892), la de Queipa (1897), la Liberal Restauradora (1899), la Libertadora (1901) y muchas otras que se haría muy largo mencionar pero cuyo denominador común fue la ruina del país.

Entramos así en el Siglo XX compartiendo con Haití y Nicaragua el dudoso honor de ser los países más pobres del continente.

Deciden entonces los dioses un nuevo experimento. Nos arrojaron una riqueza inimaginable. Aparece así el petróleo. En los años siguientes se produjeron transformaciones asombrosas. De ser uno de los países más pobres pasamos a ser uno de los más ricos. Entre 1920 y 1980 fuimos la economía de mayor crecimiento en el mundo entero. Nuestro signo monetario, el bolívar, fue junto con el Franco suizo la moneda más sólida del planeta. No conocíamos la inflación. Acabamos con el paludismo e infinidad de otras enfermedades endémicas y epidémicas. Se construyeron cloacas y acueductos y los servicios de salud fueron ejemplares. Electrificamos el país, construimos la 2da mayor represa del mundo, escuelas, liceos y universidades surgieron en todo el país y la lucha contra el analfabetismo fue asombrosamente exitosa. Toda nuestra geografía se vio cruzada por carreteras, autopistas, caminos vecinales, se construyeron puertos y aeropuertos. Las ciudades crecieron y los servicios del Estado llegaron eficientemente a los ciudadanos. El país se industrializaba aceleradamente gracias a créditos blandos de la CVF y el Banco Industrial y el sector agrícola crecía aceleradamente con el apoyo masivo que le brindaba el sector público.

Llegamos así al año 1975. Los dioses nos arrojan aún mayores riquezas. A raíz de un súbito incremento de los precios del petróleo el país decidió aprovechar aquel abundante maná caído del cielo para nacionalizar el petróleo y también las empresas básicas. Aquellas nacionalizaciones, que algunos calificaron más bien de estatizaciones, fueron manejadas con prudencia.

Analizadas a largo plazo las consecuencias quizá no fueron tan halagadoras. El peso relativo del Estado dentro de la economía creció desmesuradamente y el sector privado perdió progresivamente vitalidad asfixiado y abrumado por un sector público que todo lo regulaba, todo lo controlaba y todo lo abarcaba. Cada vez el Estado fue más rico y la población más pobre.

Y llegamos así a finales del Siglo XX donde los dioses deciden ensayar un nuevo experimento. Nos lanza encima los 4 Jinetes del Apocalipsis personificados en una revolución populista, demagógica, ineficiente y corrupta.

Los efectos no se hicieron esperar. En menos de dos décadas se destruyeron los logros de nueve décadas de éxitos. Volvimos al principio. Somos otra vez los países más pobres del continente junto con Haití y Nicaragua.

Así los dioses abrieron la Caja de Pandora de la mitología griega y se escaparon y arrojaron sobre Venezuela todos los males del mundo. Sólo queda en el fondo Elpis, el espíritu de la esperanza.

Un nuevo experimento está próximo a comenzar: la reconstrucción. Esta nueva etapa arranca con un Estado quebrado y todo dependerá de la iniciativa privada. El peso relativo del sector público dentro de la economía disminuirá sensiblemente y el Estado no le quedará más opción que concentrarse en sus funciones fundamentales: la educación, la salud, la seguridad, la justicia y la defensa.

Ojalá que los dioses nos hayan dotado en esta ocasión de la capacidad para diferenciar los aciertos de los errores para no volver a repetir estos últimos. El país cuenta con una enorme capacidad de recuperación. Si somos capaces de crear las condiciones adecuadas, el efecto multiplicador de las enormes inversiones que requerirá el proceso de recuperación podrá devolvernos a la senda del crecimiento.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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2 comentarios

  1. Meter de nuevo en la Caja de Pandora a tanto demonio suelto en medio de una situación apocalíptica y con una pandemia desatada dentro y fuera de nuestra nación es como para pensar que necesitaremos algo más que un milagro, más optimismo no falta y no somos nada para empañar esas iniciativas preñadas de tan sano deseo, después de ese historial de guerras y revoluciones que le paran los bellos de la nuca a cualquier cristiano y de las cuales, ni nos habíamos percatado que existieron y mucho menos verlas recogidas de manera tan ordenada. Visto así, el petróleo fue la sanación contra la barbarie y con las petroleras conocimos la electricidad y los bombillos incandescentes, la radio, el papel higiénico, diferenciar entre agua potable y servidas, servicios médicos, escuelas y hospitales… En fin, que de campesinos ignorantes pasamos a ser gentes y de eso a ser ciudadanos con escuelas y más tarde universidades modernas con carreras que no fuesen exclusivamente para formar médicos y abogados. Hasta descubrimos un buen día el significado de la palabra democracia y hasta se nos vendió la idea de que, todos somos iguales y que todo ese asunto de las desigualdades desaparecen con la educación, el trabajo, la honestidad y todas esas cosas que nos repetían dentro del hogar y hasta en la escuela donde la había. Era tanto el dinero que tenía el Estado que, nos dimos el lujo de tener partidos políticos, sindicatos, clase media y compatriotas tan inteligentes que conocieron el mundo occidental viajando a los Estados Unidos y Europa, regresando con ideas de convertirse en comerciantes y empresarios. Vamos, que un mundo idílico, perfecto, hasta que en pocas décadas aparecieron los bárbaros del pasado y con espada al cinto, nos echaron cuentos de siglos pasados y de glorias que ni recordamos que existieron, arruinaron el paraíso, devaluaron la moneda, nos convirtieron en mendigantes, pedigüeños, pobretones de oficio y hasta despreciados y asesinados por los que quieren devorar nuestras entrañas e inclusive, que los antiguos Amos del Valle también vienen a reclamar su parte porque ese es el orden natural de las cosas y raíz de nuestra historia y quizás de más atrás, cuando nos lo contó con su pluma de literato insigne Herrera Luque en su obra «La Casa del Pez que Escupe el Agua». Hay están los grandes apellidos que de corsarios y proxenetas, pasaron a ser los señores y amos de la patria grande, la sabrosa y donde teníamos el derecho de ver la luz desde la pobreza que nos ataba al suelo con el hilo de cadenas invisibles. ¡ QUÉ FELICIDAD !.

  2. José Toro Hardy, Jaime Pons, apenas dos venezolanas que con su pluma me dejan asombrado y me dan esperanzas de que Venezuela se puede reconstruir sin duda, puesto que su riqueza fundamental está en su gente.

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