El Editorial

La derrota

En cualquier circunstancia política es una realidad que no puede ser pasada por alto, el resultado electoral de este fin de semana en Argentina es señal clarísima, un campanazo popular, de que ni el Gobierno de Alberto Fernández lo está haciendo bien, ni la peculiar versión de peronismo que trató de ser el Kirchnerismo –hoy sólo “cristinismo”, sigue siendo esperanza para las mayorías ciudadanas.

Tras los escandalosos años de la pareja Kirchner venidos del sur para decepcionar, los argentinos sumaron una nueva decepción cuando la presidencia de Mauricio Macri, drásticamente opuesto al desenfadado enredo de corrupción y cinismo de los Kirtschner, se quedó corta.

Los pueblos dan campanazos de alarma, y así como los chilenos tensaron en las urnas a un poderoso Augusto Pinochet, que puso condiciones pero aceptó el rechazo ciudadano, y los venezolanos, con más violencia, marcaron una rebelión en 1958, los mismos argentinos que recibieron abrumadoramente a un Perón que regresaba anciano y enamorado de su pasado, aceptaron una dictadura militar que cayó cuando los generales se equivocaron sobre la Primera Ministra inglesa y después obligaron a un democrático pero débil De la Rúa a escapar por el techo del Palacio Presidencial cuando los argentinos, quizás con razón, exigieron “que se vayan todos”.

Pasó el tiempo y no curó nada, los políticos argentinos siguen equivocándose con su propio pueblo y ahora reciben un nuevo y muy sonoro llamado de atención. Un llamado que otros gobiernos de mucho hablar y poco hacer deberían estudiar con extremo cuidado.

Porque para gobernar en democracia -o con represión- hay que saber escuchar con extrema atención la voz popular, mucho más que las de políticos, funcionarios y expertos.

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Un comentario

  1. Nuestro país, igual que gran parte de América Latina, está movilizado en conflictos nunca resueltos, y atravesado por conatos de violencia entre actores electorales, y ante los abusos de gobiernos que resultan en reclamos y nuevas prácticas políticas de los sujetos sin derechos, se genera un escenario de riesgo para la endeble democracia. En virtud de esto se analiza la democracia, no sólo en torno a los procesos y eventos electorales, sino también abarcando otras aristas de este fenómeno, como la participación, las movilizaciones, los nuevos actores y los comportamientos de las multitudes, buscando dar cuenta sobre los riesgos de la democracia.

    A partir de finales del siglo XX, los partidos políticos entraron en el largo camino de la crisis orgánica y de representación, debido a que el comportamiento de su estructura organizativa no daba cabida a nuevos sujetos sociales que aparecían en la escena pública; la organización de dirigencia, mandos medios y base, ya no correspondían a los reclamos por la democratización que se vivía en la sociedad civil. Las ataduras ideológicas no daban cabida a la disidencia interna ni al disenso por la inflexibilidad valórica de los principios ideológicos; los enclaves actorales se hacían más notorios al momento que se tenían que escoger candidaturas para los eventos electorales, prevaleciendo siempre el criterio de los políticos ancestrales, despojando de sus derechos a quienes reclaman, con sus acciones y postulaciones a cargos públicos, sin agregar los nuevos actores que pedían inclusión partidaria.
    El poder se instauró en el gobierno autor de fraudes, y sostenido por delincuentes hasta quedar sin respetar la estructura del Estado de origen constitucional, para crear un maraña de delitos.

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