El Editorial

La familia

Los venezolanos siempre fuimos bienvenidos en cualquier lugar del mundo y además le dábamos la bienvenida a todos. De hecho se hablaba de Venezuela como una afortunada nación “condenada al éxito”.

Y efectivamente, Venezuela llegó a ser el país más rico de Latinoamérica, con el mayor PIB per capita. Ya en las décadas de los 40 y los 50 éramos el cuarto país del mundo con el mayor ingreso medio por habitante, sólo superados por EEUU, el Reino Unido y Francia. Entre 1920 y 1980, fuimos la economía de mayor crecimiento económico en todo el planeta. El bolívar, junto con el franco suizo eran las monedas más sólidas del mundo y la inflación era un término que no conocíamos.

Nos caracterizábamos por ser una sociedad sin odios y con una extraordinaria permeabilidad social. No existían barreras sociales.

Quienes tuvimos la suerte de estudiar en el exterior, teníamos una sola meta: regresar a Venezuela para adelantar una carrera cuyo éxito dependía de solo dos factores: nuestra capacidad y nuestro esfuerzo.

La familia era nuestra mayor certeza. Quien esto escribe creció en un hogar donde la familia se reunía semanalmente en la casa de los abuelos y, cuando estos faltaron, en la casa de los padres hasta que, cuando ellos también se fueron, los almuerzos dominicales se trasladaron a nuestra casa, con la única diferencia de que ahora nosotros éramos los abuelos y disfrutábamos del calor de los hijos y los nietos.

Pero … ¿y ahora? Ahora una tragedia se ha abalanzado sobre nuestra patria. Su economía, antes próspera, ha sido destruída. La industria petrolera yace arrasada e improductiva producto de la politiquería, la corrupción y la incompetencia. Los campos, antes fértiles, están abandonados e improductivos. Las industrias han cerrado sus puertas. Un grupo político salvaje e ignorante, cargando bajo el brazo como única biblia el Capital de Carlos Marx (que ni siquiera se han leído) ha desatado una revolución empobrecedora y estéril, reviviendo odios y resentimientos sociales que creíamos haber enterrado para siempre después de la Guerra Federal de mediados del Siglo XIX.

Abundan los datos que evidencian el brutal deterioro que padecemos. Pero esos indicadores, fríos, no sirven para medir la dimensión del daño moral ni los niveles de sufrimiento humano que esconden.

La ausencia de moral campea por sus fueros en esta suerte de oligarquía (si es que así puede llamarse tal aberración) de nuevo cuño que ha surgido al amparo de una corrupción desenfrenada. Lo peor de una sociedad se ha reunido en torno a un grupo cínico que carece de valores y escrúpulos y cuyo único dios es el dinero sin importar que sea malhabido.

La consecuencia es que más de cinco millones de venezolanos han tenido que emigrar buscando en otras tierras lo que la suya propia le negó. Fuimos siempre un país de inmigrantes que abría los brazos a quienes quisieran venir a compartir nuestro futuro. Pero ahora esa tendencia se ha invertido. Hoy la xenofobia transforma a muchos de nuestros compatriotas en objeto de rechazo en otras naciones del continente.

Ahora son nuestros hijos los que se van. Eso es una herida que lacera el alma. El país se está quedando sin sus jóvenes más capaces. Profesionales bien preparados y listos para dar su aporte al bienestar, tanto propio como colectivo, se han ido en lo que sin duda es la mayor fuga de talentos que ha conocido nuestra historia. El daño para Venezuela es inconmensurable. Junto con Siria somos el país con mayor número de migrantes.

A veces las anécdotas son la mejor forma de ilustrar una situación. Quien esto escribe decidió despedir el año viejo y celebrar el nuevo con todos sus hijos en Paris. Se trató de un Año Nuevo digital. Puesto que los hijos están dispersos por el mundo en cuatro husos horarios diferentes, todos acordamos conectarnos por Zoom a la hora en que en Francia se celebraba el advenimiento del nuevo año para darnos el tradicional abrazo. “Esta noche se nos muere un año … como son ácidas las uvas de la ausencia”, nos decía Andrés Eloy Blanco en “Las Uvas del Tiempo”. Fue un abrazo virtual cargado de emotividad, con lágrimas en los ojos, pero con la frialdad propia de la tecnología, sin el beso tradicional de medianoche.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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