El Editorial

La indiferencia es caldo de cultivo del populismo

Desgraciadamente, durante demasiados años, gran parte de la dirigencia económica de nuestro país no tomó en cuenta las necesidades y los intereses de los sectores populares y se concentraron en realizar sus actividades para captar a los niveles socioeconómicos más pudientes.

Sin embargo, hay que reconocer que algunos empresarios entendieron que en esos sectores residía una fuerza fundamental que debía ser encausada, para que Venezuela pudiera superar el problema de la pobreza endémica.

Varios proyectos surgieron, entre otros, construcción de centros comerciales orientados a atender las necesidades de los llamados niveles C y D, e incluso E de la población, y, cuando el país iba bien, prosperaron. Hubo también otras laudables iniciativas llevadas a cabo por audaces y solidarios emprendedores y empresarios.

Los gobiernos, en su inmensa mayoría, han sido indiferentes con esos sectores y, si acaso se ocupaban de ellos, era para darles pañitos calientes y capturarlos como instrumentos de clientelismo político.

Si en el futuro queremos un país diferente y queremos acabar con el nefasto populismo, tendremos que aprender a ser solidarios e invertir para erradicar esa segmentación del país, con el fin de ayudar a potenciar a esos sectores más desfavorecidos para que se sumen al proceso de recuperación y reconstrucción nacional.

Pero, para que eso pueda mantenerse en el tiempo, será indispensable invertir masivamente en educación de una manera que sean formados ciudadanos aptos para convivir en un mundo de aceleraciones continuas, que sean capaces de entender que el progreso depende de la responsabilidad de cada uno, así como de la solidaridad de todos.

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Un comentario

  1. El dilema que presenta la pobreza, la espiritual y la material, es el impedimento para un desarrollo eficaz y estable. También en países desarrollados existe esa misma pobreza. Pensemos en lo Estados Unidos o en Alemania. Ambos han pasado por disturbios causados por aquellos que nada tienen y nada pueden dar. Es grande el volumen de esa multitud anónima, igual que la que pertenece a nuestra colectividad.
    Educar es la propuesta que hacen los gobernantes, y son quizás honestos al hacerlo. La masa humana que no ha tenido recursos para acceder a la cultura, busca otro sentido a la cultura y la expresa en el folklore popular, en música y deportes. Por supuesto que esas actividades son importantes y necesarias, pero falta el sentido de colaboración y apego a las ideas que ofrece el colectivo que pudiéramos llamar «burgués», término sin valor hoy día.
    Quedamos entonces ante la posibilidad de unir las dos formas sociales: La popular (sometida a un populismo del jefe) y la del gobernante que busca sostener con libertad al pueblo.
    Un dilema que no se resuelve en poco tiempo. Las raíces de la desigualdad son profundas.

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