El Editorial

La intolerancia

Uno de los peores males que aqueja a nuestro país es la intolerancia. Sería faltar a la verdad pretender que sólo hay unos intolerantes, específicamente los del bando contrario. Intolerantes en mayor o menor medida hemos sido todos. Desde que se utilizó la expresión musiú para calificar no necesariamente elogiosamente al extranjero o turco para referirse a cualquier persona proveniente del medio oriente, o ñangara para referirse a los izquierdosos, u oligarcas para caracterizar a todo aquel que tiene dinero, monarcas a los más pobres, sifrinos a los más ricos, escuálido a todo el que no está con el proceso y chavista de m…. al que está con el gobierno y así sucesivamente hemos construido denuestos tras denuestos una permanente descalificación del otro.

Lo grave es que ahora en vez de corregir esa mala maña de muchos venezolanos se institucionaliza desde la presidencia de la república al desconocerle la categoría de ciudadano de pleno derecho a los que no están con la “revolución” y endilgarles toda clase de epítetos tales como contra revolucionarios, lacayos del imperio, fascistas, golpistas, tarifados oligarcas, traidores a la patria y así sucesivamente. Como toda acción genera una reacción la respuesta no es precisamente devolver la mejilla después de la cachetada.

La esperanza que tenemos surge del lenguaje que le hemos escuchado a la mayoría de los estudiantes cuando predican, porque lo creen, la necesidad de que en el país se imponga la tolerancia, la igualdad y la esperanza de poder vivir en paz y armonía.

Hay que hacer un esfuerzo, de lado y lado, para eliminar el uso de los epítetos descalificadores. Se puede disentir, se puede combatir, se puede enfrentar al adversario, pero eso si, reconociéndole su condición humana y respetándole su diversidad.

Venezuela es un gran país, es el resultado de años de mestizaje fructuoso, de luchas por asegurar la libertad y la igualdad, no tiene sentido echar todo por la borda con la patética satisfacción de sentir que un lado del bote en el que vivimos se está hundiendo. Así nunca llegaremos a alcanzar el destino que nos corresponde. Es hora de que todos exijamos que el lema “Venezuela ahora es de todos” no sea sólo un eslogan aplicable a aquellos que vistan una determinada franela. Venezuela es de todos porque sin la ayuda de todos nunca podremos vencer las cadenas de la ignorancia y del subdesarrollo

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