El Editorial

La muerte de Montesquieu

Tratar de leer a la V República con anteojos de la IV, no solo confunde, sino además impide ver el camino que esta recorre y a dónde pretende conducirnos.

El cambio ocurrido con el ascenso del comandante (%=Link(«/bitblioteca/hchavez/»,»Chávez»)%) a la máxima magistratura de la República Bolivariana no consiste en una mera transición de una a otra presidencia. Es en realidad una verdadera revolución política en la que sin necesidad de recurrir a la violencia física se están cambiando de manera absoluta las reglas de juego que prevalecieron —mal que bien— durante la vigencia de los diversos regímenes democráticos que existieron en la República de Venezuela.

Los regímenes democráticos y hasta los totalitarios que gobernaron al país en el curso del siglo XX fueron todos —en mayor o menor medida— tributarios del espíritu de las leyes de Montesquieu, o, al menos en la forma, siempre pretendieron mantener una separación entre los tres poderes que en principio deben servir de contrabalanza o de equilibrio para que el Estado no se convierta en un ente autónomo de los individuos que lo integran.

Estamos ante un verdadero cambio paradigmático y solo pueden sorprenderse aquellos que quieran leer con espejuelos obsoletos los discursos de Chávez o los que prefieren ignorar con desprecio los escritos de (%=Link(«/bitblioteca/ceresole/»,»Ceresole»)%). La verdad está tan clara que solo los ilusos y los ignorantes pueden no verla. El modelo que se está construyendo en este país se parece de manera cada día más a la “post democracia” que reclama el asesor argentino, a pesar de que este critique la falta de pureza del proceso que conduce a ella.

Este “nuevo” modelo político no es otro que el de sustituir las instituciones civiles producto del iluminismo francés por una versión tropicalizada de régimen basado en el dominio carismático de un caudillo que apoyado en una fuerza armada logra una interactividad permanente con el pueblo, prescindiendo —salvo, claro está, en lo formal— de los tradicionales intermediarios civiles entre él y la sociedad.

Por eso la Asamblea, el Tribunal Supremo, la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo y la Contraloría, no pueden ser autónomas. El modelo requiere que todos marchen al unísono hacia la refundación de una nueva república en la que prevalecerá —algún día— la justicia, la igualdad y la fraternidad.

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