El Editorial

¡Las cosas sí pasan!

¡*Las cosas sí pasan*!

“¡No pasa nada!”, es la frase que expresa el desaliento de muchísimos venezolanos que ven con desesperación el deterioro masivo de su nivel de vida e impotentes observan como sus hijos y sus familiares huyen del país en busca de futuro y libertad. “No pasa nada, nunca pasa nada, a esta gente nada les importa!”, suelen repetir.

¡Sí pasan! Es la respuesta a esos compatriotas angustiados, sólo que quizá no al ritmo que muchos quisieran. Veamos las páginas de la historia. Eso sí, las cosas sólo pasan cuando están dadas las condiciones. Veamos:

Desde que concluye la II Guerra Mundial, dos sistemas entran el conflicto: el capitalismo y el comunismo. El primero fue capaz de llevar la prosperidad a las naciones que lo adoptaron y mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos. El segundo fue capaz de instaurar un control centralizado de sus economías y un control absoluto de sus ciudadanos, privándolos de libertad e instaurando estados policiales y ejércitos poderosos.

Al final del día, la balanza se inclinó por el sistema que fue capaz de generar más riqueza permitiendo que esta permease con mayor eficiencia a los ciudadanos. Ese fue el sistema capitalista. En tanto que el sistema comunista llegó a un punto en que sus economías ya no eran capaces ni siquiera de mantener el gasto de la maquinaria burocrática, policial y militar que habían creado.

Llegado ese momento, las cosas comenzaron a pasar con rapidez. En 1989 cayó el Muro de Berlín y, durante el llamado “Otoño de las Naciones”, una a una las feroces tiranías comunistas tras la Cortina de Hierro comenzaron a desmoronarse.  Sin disparar un tiro se fueron los dictadores de Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y, con un poco más de violencia, Rumania, todo ello frente a la mirada impotente de la URSS , a la cual le llegó también su turno en 1991, desmembrándose en 15 naciones diferentes.

Una situación similar se vivió en Suramérica a manos de las dictaduras militares que plagaron el continente en décadas anteriores. Y en el caso de ellas no se trataba de gobiernos comunistas. Todo lo contrario. Sin embargo, en nombre de la lucha contra el comunismo, el resultado fue el mismo: la pérdida de la libertad. Pero, llegado el momento, todas se vieron obligadas a replegarse y permitir el regreso a la democracia, lo cual ocurrió también sin disparar un tiro, con la sola excepción de Paraguay. El caso de Cuba se tratará aparte.

La conclusión es siempre la misma. Cuando están dadas las condiciones es inevitable que las cosas pasen. Con las particularidades propias de cada país, el denominador común que desencadena los cambios es la economía. Excepción hecha de Chile cuya economía con Pinochet estaba creciendo, las demás dictaduras del continente enfrentaban unas condiciones económicas deplorables.

Y no es que las crisis económicas tumben gobiernos. Lo que sí ocurre es que ellas ponen en funcionamiento mecanismos sociales y políticos que terminan desestabilizando y provocando rupturas aún a los más feroces regímenes dictatoriales.

Esos regímenes terminan por generar un rechazo creciente de la comunidad internacional y, máxime, cuando se percibe que hay una violación sistemática de los DDHH y actividades vinculadas al narcotráfico y otras de carácter ilícito que contaminan los sistemas financieros internacionales y violan normas éticas que se traducen en niveles de corrupción inaceptables.

En la medida en que estos regímenes dejan de cumplir con los contratos suscritos perjudicando a empresas de otros países, expropian sin compensación,  caen en default, no cumplen con decisiones de tribunales de arbitraje, incumplen acuerdos y tratados internacionales, inevitablemente se van hundiendo en un aislamiento progresivo.

Cuando muchas de esas situaciones se acumulan se puede llegar al extremo de caer bajo la denominación de Estado Forajido. El término fue creado por el filósofo  y teórico político norteamericano John Rawks (1921-1992). Esos Estados  corren el riesgo de caer dentro del ámbito de acción de algunos acuerdos como el Tratado de Roma o la Convención de Palermo.

La historia lo demuestra: ¡las cosas sí pasan!

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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Un comentario

  1. Hay un error fundamental
    No se puede paragonar la Venezuela chavista con las dictaduras clàsicas, sean esas europeas o americanas.
    Si un paragòn se quiere hacer, eso tiene o se puede poner en paralelo la colonizaciòn que la URSS implementò en Europa Este desde que terminò la II Guerra Mundial y la colonizaciòn que Cuba ha impuesto a Venezuela, bajo el visto bueno de Chjàvez.
    Con la diferencia que mientras los europeos teniàn amplia autonomìa econòmica, Venezuela esta siendo desangrada, deshuesada, machucada, masacrada por la potencia colonial antillana.
    O sea que Venezuela NO ES UNA DICTADURA, sino màs bien la colonia de una dictadura.
    O sea que la colonia se puede hundir de mil maneras, pero si la potencia colonizadora no saca sus garras, y no termina con su cruel y encarnizada represiòn, nunca podrà regresar a la independencia y libertad.
    No es una lucha en contra de un gobierno nacional tirànico, es una lucha en contra de un enemigo exterior, en contra de tropas de ocupaciòn.

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