El Editorial

Venezuela, país de tránsito

Si los animales son agradecidos, ¿por qué no los hombres? Proverbio turco

Venezuela fue un país que acogió el siglo pasado a emigrantes venidos de España, Italia, Portugal, y de muchos otros países europeos, y gran parte de ellos lograron, con su trabajo, hacer fortuna. Ese influjo fue muy importante en la transformación del país, ya que vino una mano de obra fabril de muy buena competencia, así como muchos se dedicaron a crear abastos, supermercados, restaurantes y empresas de diversa índole.

Pero lo más importante es cómo fueron acogidos esos extranjeros en Venezuela, nunca se sintieron rechazados y sus hijos se criaron como venezolanos y se casaron con venezolanas o viceversa. En todo sentido, conformaron una nueva identidad venezolana y de ello derivaron excelentes profesionales y hasta grandes artistas y unas cuantas reinas de belleza.

Ahora es deplorable, para no decir otro calificativo peor, ver cómo algunos de esos hijos de inmigrantes reniegan de nuestro país y utilizan palabras despectivas para referirse al resto de los que hoy en día son, les guste o no, sus compatriotas.

Añoran volver, con el dinero que ganaron aquí, a sus países de origen pensando que serán recibidos como reyes, sin percatarse que allí serán siempre sudacas y no les abrirán espacios como aquí se los han tenido.

La ingratitud es una de las facetas más deplorables del ser humano y nunca le irá bien al que muerde la mano del que le dio de comer cuando prácticamente no tenía cómo.

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2 comentarios

  1. Tal vez el EDITORIAL de hoy ha sido un poco duro en el tratamiento del problema aunque reconociendo que no deja de tener razón en algunos de los aspectos mencionados. Pero si lo observamos desde el punto de vista de la globalización y de los movimientos migratorios por motivaciones políticas y económicas a objeto de mejorar la calidad de vida y buscar mejores oportunidades, entonces la óptica del problema comienza a variar un poco. Se torna menos subjetiva y se gana en objetividad.

    Para los que vivimos por muchos años fuera de nuestro país y no regresamos ni para tomar unas vacaciones, es como mas fácil entender el problema. En la Inglaterra cosmopolita uno era un ciudadano mas del mundo y en España, nunca me sentí un extranjero y mucho menos discriminado. Y es que si alguien me hubiese llamado ´´sudaca´´ le hubiese volado los dientes de una trompada, Claro, en esos tiempos esa palabra no existía. A los emigrantes españoles que habían hecho algún ´´dinerillo´´ en ´´América´´ y regresaban a España, los llamaban ´´indianos´´ y pronto descubrí que más que por ser despectivos, era por la ´´cochina envidia´´. Por otra parte, de los emigrantes e hijos de emigrantes – y que son tan venezolanos como nosotros -, muy pocos se ponen a despotricar de su país de adopción y/o nacimiento. En realidad sienten mucho miedo porque no saben a ciencia cierta con que se encontrarán al llegar ; de hecho, muchos han regresado porque no lograron adaptarse y de los que se quedaron, bastará que el señor Iglesias y su partido Podemos ganen las elecciones y destruyan a España, para que no les quede otra que regresar a toda carrera, así tengan doble nacionalidad y puedan transitar libremente por los países de la Comunidad. Son los españoles jóvenes quienes están emigrando de su país como lo hicieron sus ancestros. No seamos tan duros con ellos y pongamos en su lugar.

    ¿ Cómo podemos cuestionarlos si nosotros hemos facilitado la emigración de nuestros hijos y con la recomendación de que no regresen ?. Miles de jóvenes profesionales ya han partido y todavía faltan centenares de miles mas a la espera de hacerlo. Es cuestión de supervivencia y oportunidades en un mundo competitivo en grado sumo a nivel de los estratos medios de nuestra población ,emprendedores exitosos que no les cuesta adaptarse a la economía global y que son muy solicitados en el mercado laboral mundial. Son y pueden ser unos triunfadores porque los educamos para ello y quien está perdiendo, es Venezuela y su gobierno de mediocres e incapaces. Todos lo sabemos. Perdemos una generación de personal altamente calificado, pero ganan nuestros hijos en calidad de vida, bienestar y seguridad. Y me consta, de que nunca hablarán mal de su país aunque maldigan todos los días la memoria del ex Caudillo y ahora al ´´pajarraco´´ que tenemos por presidente.

    No somos un país ´´xenofóbico´´, somos hospitalarios, somos VENEZOLANOS.

    1. Suscribo la opinión del Sr. Pons. Jamás se me ha llamado «sudaca», y siempre he contado con trabajo, por valorarse la formación que adquirí en Venezuela, pagada en gran medida con el esfuerzo y sacrificio de mi padre inmigrante. Pero claro, es la educación de mi generación, la que ahora cuenta con 40 años o más. Ya no somos jóvenes promesas.

      El editorial generaliza. Renegamos de la falta de miras de la dirigencia, de su escasa formación, de la pésima política económica, social, educativa; renegamos de esos venezolanos que apegados a un discurso ajeno no pueden o no quieren esforzarse por pensar por sí mismos.

      Renegamos también de los otros líderes políticos que aún sobreviven, por su incapacidad para llegar a acuerdos generosos, independientemente de los intereses personales. Es una parte de lo que en algún momento se llamó «oposición». Sí, la mera oposición…

      Renegamos de esa percepción que expresa el editorial acerca de «Venezuela, tan bella y generosa». De nada sirve tanta sabrosura si no hay pensamiento que indague, que planifique, que le ponga el cascabel al gato y de una buena vez se deje de populismos, y referentes pasados de moda como nuestros «grandes próceres», o las «reinas de belleza», mencionadas en el texto, como si semejante circunstancia diera lugar a algún tipo de orgullo.

      No renegamos de las posibilidades amplísimas que ha tenido y tiene el país, ni de esas oportunidades que en muchos casos han sido recíprocas fuera de las fronteras venezolanas, donde incluso se nos compadece por la imagen que trasciende de los dirigentes actuales y la sumisión de un pueblo que se desespera por comprar comestibles, sí, pero también acondicionador de pelo y televisores. Un pueblo que sin duda tiene muy asumida la revolución.
      Cuando comprendamos que Venezuela es un espacio de posible convivencia, de posible riqueza, de posible desarrollo, como tantos otros en el mundo, sin la arrogancia que nos ha caracterizado, sin sentimientos de idolatría por una falsa patria, el país y algunos editorialistas empezarán a dejarse de ver como víctimas.
      No se culpe a los hijos de los inmigrantes de buscarse la mejor vida. Formamos parte de un sector que espera ser más ciudadano que patriota, más persona que humano, más racional que chévere, que quiere liberarse de fronteras ideológicas, de etiquetas y programaciones. Al menos es mi caso, y pese a ello, nadie me va a arrebatar mis referencias «venezolanas», que son las de mis raíces, mis afectos y mi aprendizaje.
      ¿Idealismos, los míos? Mejor estos que los que hunden a trompicones lo que quedaba de país.

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