El Editorial

Los que vienen y los que van

Cuba se metió con todo el mundo y desplegó constantemente banderas en las cuales todos en el mundo se fijaban, fuera para seguirlas, fuera para detestarlas. Pero el gran abanderado murió, su hermano menor heredó el apellido y el poder, pero no el talento y el carisma, y el tercero en sucesión sólo ha recibido los jirones y el polvo de la fama. Washington lo sabe, Joe Biden tiene las tuercas en la mano, y no puede dejar de llamarle la atención que la pequeña rebelión artística de un barrio que ha puesto a dar saltos a los herederos.

Nicaragua levantó hace décadas el recuerdo de Sandino y sus seguidores se envolvieron en las gasas de la gloria de la lucha por la libertad, para que ahora, décadas después, los que enarbolaron el nombre del luchador por la libertad hagan presos a todos los que pueden discutirle el poder a esos que de Sandino sólo tienen el nombre pero no la inspiración.

Perú fue el sello, la voluntad final de la libertad americana; en su territorio batallaron grandes peruanos y sucesivamente los dos más importantes libertadores del continente, figuras del mundo, y se libraron dos de las más grandes batallas de nuestra historia, las cuales, junto a Bomboná, Boyacá, Carabobo y la Naval del Lago de Maracaibo erradicaron del continente al que llegó a ser aquél imperio donde nunca se ponía el sol. Hoy Perú sólo es una país dividido en pedazos irreconciliables en un camino lleno de incertidumbre.

México ha sido el gran ejemplo revolucionario del continente que, cuando finalmente un perseverante exaltador de la revolución y del bienestar del pueblo mexicano llega al poder, lo hace tan mal que hasta los más necesitados de cambios lo quieren cambiar a él.

Argentina fue por muchos años el granero del mundo y el símbolo de una América Latina capaz no sólo de alimentar al mundo, sino de construir ciudades y destinos similares a la Europa que ese mundo admiraba, destino soñado de emigrantes, esperanza de que todo lo mejor es posible. Hoy es país de políticos que dejan mucho que desear.

Y Venezuela, esta Venezuela nuestra, que lanzó al mundo una revolución que solo ha sido capaz de destruir, de llevar a la miseria a millones de venezolanos y de causar la segunda ola migratoria más grande del mundo.

Los que vienen y los que van, abanderados de la desvergüenza y el fracaso, ejemplo activo de la ignorancia y la codicia como motores del poder.

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