El Editorial

Mala paga

Desde que los estadounidenses protegieron a una Venezuela endeudada y pobre por un siglo de guerras, montoneras, revoluciones grandes y mínimas, contra los cobros compulsivos, armas en la mano de los acreedores europeos, este país había venido siendo un fiel cumplidor de sus compromisos. Fue un tirano, Juan Vicente Gómez, quien se encargó –sin por eso dejar de aprovechar para sí, su familia y sus jefes y aduladores de confianza- de sanear la administración del Estado, ejemplo que siguieron dictadores y demócratas sucesores. Durante el siglo XX los gobiernos cambiaban, la administración seguía.

Ayudó siempre el oportuno petróleo, pero también el emprendimiento y el fiel cumplir de miles de hombres y mujeres de todo el país, que se esforzaron, y tras ellos sus hijos, nietos y biznietos, en echar adelante a una Venezuela empecinada en el desarrollo. Porque esa Venezuela que el castrismo lleva 23 años destruyendo tenia petróleo, pero fue levantada por venezolanos, italianos, portugueses, españoles que migraron de sus países para construir futuros en esta tierra.

Eso cambió desde que en 1999 la ciudadanía, los medios de comunicación y los empresarios confundieron sus responsabilidades con las facilidades de un militar insurgente y cargado de tanta ambición como de ignorancia.

Enamorado de la gloria universal que dictadores más astutos como Fidel Castro le insuflaron, a cambio de petróleo y dólares, Chávez se sintió heredero del castrismo y dueño de ingresos excepcionales –que él creyó para siempre- de la misma industria petrolera que entregaba en manos leales pero no competentes. A contramano de Midas, todo lo que han tocado, incluso dólares y oro, lo han destruido.

Ahora, además, la Venezuela castromadurista queda silenciada por morosa con las Naciones Unidas, y aunque traten de culpar a Estados Unidos por las sanciones, la responsabilidad es de un régimen que se aferra a la tiranía militar, policial y política porque no tiene idea de gerencia.

A eso hemos caído, a dictadura incompetente, represora y mala paga.

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Un comentario

  1. El propósito explícito de Laureano Vallenilla es “contribuir a la elaboración de un sentimiento nacional”, es decir, promover el nacionalismo, origen de muchos males. El autor tiene la esperanza de que las nuevas generaciones tomen conciencia que solo se puede fundar el derecho político sobre “hechos sociales e históricos indiscutibles”. Vallenilla confiesa que privilegia los “hechos”, dogma positivista, por encima del “derecho”. Parece un absurdo que, a partir de verdades empíricas, se pueda crear una constitución. En principio, una carta magna debe inducir al deber ser, no conformarse con el ser fáctico.

    La creencia de Vallenilla es que hay que crear primero el progreso, luego vendrá la legalidad. Dicha legalidad no solo es diferida sino que, además, es descalificada su función de asegurar el liberalismo político. El autor establece que los de su pensamiento van dirigidos “contra la constitución democrática y contra el régimen representativo y federal imperante en Venezuela”.

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