El Editorial

Para rehacer a Venezuela se debe abandonar el mesianismo

Si algo ha dominado la historia de nuestro país ha sido el personalismo, el providenciarismo y el mesianismo. Desde nuestros orígenes tribales siempre hemos querido que quien decida por nosotros sea un cacique, un caudillo o un hombre providencial que tenga a mano soluciones a nuestros males. Algunos pensadores positivistas como Laureano Vallenilla Lanz iban más allá y planteaban que Venezuela solo era gobernable por un gendarme necesario, y así fue, cuando Juan Vicente Gómez a principios del siglo XX acabó con todo los caudillos locales y se impuso como el totémico jefe de la tribu.

Ahora, en pleno siglo XXI, con un Estado desintegrado y un país invertebrado, no podemos seguir soñando en que baje del cielo el hombre providencial que nos va a salvar. Ya vimos lo que nos sucedió con Chávez.

El país lo tenemos que rehacer nosotros, es decir los ciudadanos dispuestos a articular consensos que permitan aportar soluciones a la infinidad de problemas surgidos en estos incontables años de gobiernos mesiánicos. Y eso se logra creyendo en que solo a través de la democracia, es decir, en libertad, podremos recrear la institucionalidad perdida. Pero para lograrlo se requerirá tolerancia, solidaridad, honestidad y amor a Venezuela.

Tenemos que abrir los ojos y darnos cuenta que hoy somos uno de los países más pobres del continente, a la par de Honduras, Nicaragua, Haití y Cuba. Y solo dejaremos de serlo si trabajamos unidos en un proceso de recuperación y reconstrucción en el que cada uno de nosotros ponga su granitode arena y no esperes que eso lo haga un nuevo Salvador providencial.

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Un comentario

  1. Las sociedades necesitan intelectuales que les recuerden a los pueblos y gobiernos, que los principios éticos están por encima del culto al poder. El llamado cesarismo no parece apropiado para fundar la moral de una república. Además, la misma historia no corrobora la validez del remedio, que no es otro que vacunarse de r.

    En el siglo veinte, después de superadas las guerras civiles, nuestro continente ha sido pródigo en déspotas populistas que han afianzando su poder mediante la represión y la generalización de la corrupción. Estos cesarismos democráticos han conspirado contra la creación de soluciones de alta calidad, como son las instituciones donde los conflictos pueden ser resueltos por medio del diálogo. En su defecto, han dejado la fatal tradición de que las fuerzas armadas usurpen el papel de árbitro de la vida nacional.

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