El Editorial

¿Qué tendremos: gatopardismo o democracia?

En la famosa novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi príncipe di Lampedusa, magníficamente llevada al cine por el gran Luchino Visconti y magistralmente interpretada por Burt Lancanster, todo cambia porque es necesario hacer cambios para que todo siga igual, de allí la famosa frase “Si queremos que todo siga cómo está, necesitamos que todo cambie”.

Algo fácilmente aplicable cuando Jorge Rodríguez señala que, la que él mismo califica como «mesita de noche», pretende abordar algunos cambios puntuales, pero sin alterar el fondo mismo del “proceso revolucionario» (para expresarlo en criollo «es más de lo mismo»).

En cambio en la mesa noruega de negociación se pretende articular una solución global que conduzca eventualmente a unas elecciones generales libres y eso lo hace conforme a un proceso sistémico de negociación, desarrollado en múltiples casos de conflictos que lucían como irresolubles.

Lo que hay que definir, más allá de que nos guste o no ese procedimiento, es: ¿pérdida de tiempo con respecto a qué? ¿acaso ello detiene o pospone una mejor fórmula para solucionar el conflicto?

Las opiniones personales son valiosas e importantes, pero hoy lo que más pesa es lo que la comunidad internacional piensa y pareciera, hasta la fecha, que la inmensa mayoría, para no decir que la totalidad de los países involucrados en la situación venezolana, son partidarios de una solución negociada de la crisis venezolana, porque están conscientes de que una intervención militar terminará generando otro tipo de conflicto, que llevará consigo un número ingente de víctimas fatales y más tarde que temprano terminará resolviéndose en alguna mesa de negociaciones, sólo que después de muchas muertes innecesarias.

No poseemos una bola de cristal para adivinar cuál será el comportamiento futuro del régimen, pero si podemos suponer que más temprano que tarde terminarán, obligados por las circunstancias, sentados frente a una mesa en la que será resuelto el caso Venezuela.

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Un comentario

  1. Lo que sigue es un extracto de la novela de Lampedusa: El gatopardo. «“En Sicilia no importa hacer mal o bien. El pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente el de hacer. Somos viejos, Chevaley, muy viejos. Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de magníficas civilizaciones heterogéneas, todas venidas de fuera, ninguna germinada entre nosotros, ninguna con la que nosotros hayamos entonado…»
    Es contradictorio porque somos un país de jóvenes sin destino (en eso nos parecemos al siciliano de Lampedusa) y eso nos hace enmudecer ante la tragedia. Y no actuamos siendo jóvenes por el temor de fracasar o morir. Esa es nuestra condena.
    ¿Habrá alguna salida sin que caigamos en el miedo?

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