El Editorial

Síndrome de Estocolmo

Un criminólogo sueco de nombre Nils Bejerot, acuñó el término Síndrome de Estocolmo al analizar un asalto que ocurrió en la capital de Suecia el 23 de agosto de 1973. Los hechos ocurrieron así: un presidario de nombre Jan Erik Olsson encabezó un asalto al Banco de Crédito Norrmalstorg. Dos oficiales de la policía respondieron rápidamente a la alarma emitida por los empleados y se hicieron presentes. Uno de ellos fue herido por los atracadores y el segundo fue sometido. Olsson tomó cuatro rehenes y para liberarlos exigió que se le entregarán 3 millones de coronas suecas y un vehículo para huir.

Comenzó entonces un proceso de negociaciones entre los atracadores y la policía. Los rehenes, a pesar de que sus vidas estaban amenazadas, se pusieron de parte de sus captores. Respondiendo quizá al instinto de supervivencia, protegieron a los secuestradores para evitar que fuesen atacados por la policía. Finalmente, después de casi una semana los delincuentes se entregaron y nadie más resultó herido.

Durante el juicio, los secuestrados se resistieron a testificar. Se había producido una suerte de identificación de las víctimas con las motivaciones de los delincuentes.

Un caso similar fue el de Patricia Hearst, nieta del magnate de la comunicación William Hearst, quien en febrero de 1974 fue secuestrada por el Ejército Simbionés de Liberación y que terminó uniéndose a sus victimarios, a pesar de que su familia había pagado un fuerte rescate.

Según el FBI se trata de un fenómeno sicológico frecuente en el cual las víctimas de un secuestro desarrollan una relación de complicidad e incluso un vínculo afectivo con sus captores.

Algo parecido pareciera estar ocurriendo en Venezuela. El país luce secuestrado por un grupo político que ha acabado con las libertades ciudadanas y con las instituciones democráticas, ha destrozado la economía y ha arrastrado al país a la mayor hiperinflación del mundo, ha arrasado con su industria petrolera y con su aparato productivo y ha empobrecido brutalmente a los ciudadanos, justificando sus atrocidades con una supuesta ideología.

Sin embargo, algunos miembros de la dirigencia opositora parecen haber desarrollado una suerte de vínculo, que en algunos casos luce afectivo, con lo secuestradores del país y tal como ocurrió en el referido caso en Suecia o en el de Patricia Hearst, están actuando de la forma que más conviene a sus raptores.

Justificaciones para este tipo de actitudes puede haber muchas, incluso muy racionales y bien articuladas. Sin embargo, es obvio el daño causado por los raptores y no cabe la menor duda de que cuando casi 60 países del mundo se han puesto de acuerdo para contribuir en la búsqueda de una salida a la tragedia que padece Venezuela, luce por decir lo menos poco oportuno que se produzcan grietas en la oposición, que no sólo la debilitan, sino que además pueden conducir a una pérdida de interés por parte de la comunidad internacional.

No es nuestra intención atacar a ningún miembro de lo que debería ser una oposición monolíticamente unida en torno a la búsqueda de la libertad, como lo demandan el país y las circunstancias.

Pero parece evidente que algunos anteponen sus ambiciones personales, ya sean políticas o de otro orden, al interés mayoritario de los venezolanos. En algunos casos, aún tenazmente opuestos al régimen, se refugian en una suerte de “realismo mágico” como ha dicho Elliott Abrams convencidos, de buena fe, de que basta con pedirle a otros que vengan a rescatarnos para que lo lleven a cabo. Sin embargo, quienes supuestamente deberían cumplir con esa misión no lucen por el momento dispuestos a hacerlo y así lo hacen saber.

Quizá en el futuro, además del Síndrome de Estocolmo, en algunas universidades del mundo se estudie el Síndrome Venezuela para referirse a la inexplicable actuación de algunos líderes opositores del país que no aceptan que es el momento de lograr una unidad pétrea para poder lograr un cambio que el país necesita con urgencia.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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