El Editorial

Votar es el objetivo

Es evidente que el voto es la expresión por excelencia de la voluntad popular. Pero cuando esta es conculcada por una dictadura que no respeta el estado de derecho, viola sistemáticamente los DDHH, mantiene presos políticos y militares sin fórmula de juicio, secuestra los partidos políticos de oposición y persigue a sus dirigentes, corrompe a políticos opositores para que se plieguen a sus inconstitucionales elecciones y les promete, sabiendo que no puede cumplir, villas y castillos a desesperados empresarios que aceptan plegarse para supuestamente subsistir, no hay voto que valga.

Votar es el propósito de la oposición democrática y de la comunidad internacional pero, y eso es esencial, debe darse en el marco de unas elecciones libres y supervisadas, como lo acaba de ratificar el Grupo de Contacto de la Unión Europea. Nunca será una votación libre la que convoquen organismos del Estado ilegítimos por no tener sus orígenes en lo dispuesto en la Constitución vigente, y en las leyes y reglamentos que la complementan.

Todos estos «acuerdos» que cada día se hacen más evidentes, no son otra cosa que una manera de cohonestar una sucesión de hechos ilícitos que han sido condenados por la comunidad internacional democrática y que en la práctica no van a producir ningún cambio positivo como se pudo constatar el 6D.

Sólo tendremos elecciones que aseguren la validez del voto si la oposición democrática y la sociedad civil se unen y exigen los cambios políticos indispensables para que estas puedan realizarse, y eso pasa necesariamente por una negociación producto de la presión combinada de la comunidad internacional y una sólida unidad de propósito de todos los factores democráticos del país, que conduzca a que el régimen no le quede otra opción que aceptar una fórmula de acuerdo que le brinde las garantías necesarias para suscribirlo.

Las otras fórmulas ofrecidas por el régimen, actualmente en el tapete, y que algunos parecen dispuestos a aceptar, no son más que otro engaño más al que de manera inveterada nos tiene acostumbrados la dictadura desde las maniobradas conversaciones de Santo Domingo, así como las inconclusas negociaciones de Noruega y Barbados, que no fueron otra cosa que inventos del régimen para seguir ganando tiempo.

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