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La primera vez que se metieron los ladrones en mi casa

Yo viví durante 35 años al lado de mis suegros, así es que, además de tener el parentesco, también tenía a mis parientes políticos como mis vecinos.

Esa noche mi suegro se había sentido mal y como a eso de las 7 de la noche nos tocó a Laura, mi cuñada, y a mi salir a comprar un remedio para el Doctor Baroni.

Cuando veníamos de regreso, pasamos por la puerta de mi casa.

El portón de la calle estaba abierto. Las luces apagadas. Un carro parado en la calle.

– Que bríos tienen los muchachos, nunca van a aprender, no me hacen caso. ¡Que fastidio!

Les he dicho como mil veces que no pueden dejar el portón abierto. ¡Un día de estos se nos van a meter los ladrones!

Total que echando pestes entramos para el cuarto de mi suegro cuando me pasan de la cocina una llamada de mi casa. Nos comunicábamos internamente.

 

– Señora Luisa, que la llama Toñi.

– Ya vas a ver Pipina el regaño que les voy a dar. Aloooo!

– Y además trancan la llamada!

– Voy a llamar yo para esa casa y voy a formar un lio!

– Bueno, pero esto es el colmo, dejan el portón abierto, no prenden las luces y nadie atiende el teléfono. ¡En esa casa están como locos!

– Vamos, Gorda (la Claudia que en esa época era una niñita como de 5 años).

 

Llegamos la Gorda y yo, que echaba humo de lo rabiosa que estaba. En esa época estábamos remodelando la casa, ampliando el jardín y construyendo una pequeña piscina y un cuarto adicional, así es que la casa estaba siempre llena de obreros, para donde uno viera siempre había un obrero haciendo algo.

 

Cuando entré en la casa  muy rabiosa, me salió a recibir un negro mal encarado.

 

Le dije: Ya vengo a hablar con usted. Toooooñi, Caaaarlos!!!!!!

 

– Esto es un atraco, dijo el hombre.

– Espérese un momento por favor, que tengo que hablar con mis hijos.

– Pero bueno chamos, hasta cuando les voy a decir que no pueden dejar el portón abierto que se nos van a terminar metiendo los ladrones.

– Señora esto es un atraco -repitió el individuo. Somos delincuentes de alta peligrosidad

– ¿De alta peligrosidad? -todavía se me ocurre preguntar.

– ¿Y qué razones pudieran tener ustedes para estarme robando a mi?

– Señora, tenemos razones justas.

– Vente gorda, así le digo a mi hija.

 

Cuando llegué al saloncito de la televisión, había un catire de ojos verdes, que apuntaba a Antonio mi hijo (Toñi), en la cabeza con una pistola.

 

– Necesitamos que nos abra la caja fuerte, me dijo.

– Pero, si ahí no hay nada. Lo único que hay adentro de la caja fuerte son unas pelotas de tenis. ¿Tu no ves que así no pierden presión?

 

El que se sabía la combinación de la caja fuerte era Toñi y yo tenía la llave.

 

Cuando abrimos la caja, que estaba en el cuarto de la Claudia, ella y yo nos sentamos en la cama, cuando yo le veo la cara al tipo que está apuntando a Toñi y le veo aquellos ojazos verdes le digo:

– Pero mijo, tu sabes lo triste que se pondría tu mamá si te viera haciendo esto? Y además tú pudieras ser cajero de un banco. No hagas esto más, que te van a terminar metiendo preso y las cárceles de este país son malísimas.

– Ya mamá!

– Venga conmigo señora, el ladrón de ojos verdes nos llevó otra vez para el saloncito de la televisión donde estaba parado el negro malencarado y sentado Marcos, todos veían un juego de pelota de las grandes ligas.

 

Ahí nos sentaron a Claudia y a mí con la cabeza agachada.

– No me le hagas daño ni a la señora ni a la niña, le dijo el catire al negro.

– Padre nuestro, gorda reza conmigo………Dios te salve……….padre…….

 

Y así pasaron como dos horas. En ese tiempo ya los tipos habían registrado mi casa de punta a punta, y todo lo iban metiendo en la camioneta de Toñi.

 

Estaba muy nerviosa, a Toñi lo seguían apuntando en la cabeza.

–  Ya señores. Este atraco se tiene que terminar yo me estoy poniendo muy nerviosa, y creo que ustedes también deben de estarlo.

 

De  inmediato agregué:

 

– Mira mijo: (por  supuesto el cajero de ojos verdes): tu me puedes buscar unas pastillitas para la angustia que hay en la gaveta de mi mesa de noche, es la que que está más cerca de la ventana.

– Bueno, vayan recogiendo todo que ya nos vamos. Dijo uno de ellos.

– A la señora y a la niña las meten en el baño de la entrada, a los demás en el baño de arriba.

– No,no,no  no mijo no inventes, ya te dije que estoy muy asustada, todos juntos.

– Bueno, métanlos a todo en el baño de la entrada.

 

Ese era un bañito de visita que había en la entrada de la casa minúsculo, donde cabía una persona y ya.

 

Pues allí nos metieron a Martina y Jairo, (dos Colombianos que trabajaban en la casa como servicio doméstico), Marcos, Toñi, Claudia y yo, parecíamos unas sardinas en lata.

 

– Bueno, todo el mundo abra la boca que les voy a dar a cada uno una pastilla para que estén tranquilitos, y tu también mijo.

– Ya nos vamos, cuando haya pasado media hora, llaman a la policía.

– Ok, pa ver qué hora es.

– Quítenle el reloj a la señora.

– Ah bueno, entonces no vamos a saber cuando haya pasado la medio hora. Se me ocurre todavía decir en pleno asalto.

– Cállese señora, me dijo el negro.

 

Eran cuatro los malandros en total.  Se fueron en la camioneta. Y nos dejaron ahí encerrados, asustados y esperando que pasara media hora para contarle al resto del mundo lo que nos había pasado.

 

– Yo creo que ya paso la media hora. Dije en voz alta.

Nos salimos del baño, ya más tranquilos pues las pastillas habían hecho su efecto. Llamamos a la policía. Y nos sentamos en el escalón de la entrada de la casa a esperarlos.

Una semana más tarde, me llamaron de la vigilancia de la urbanización a contarme que estaba parada nuestra camioneta en otra casa, que aparentemente estaban robando allí.

– ¡Eso es imposible! ¡Yo a ese muchacho lo convencí de que no robara más nunca!

– Pero mamá, no seas gaaaaafa!

 

A los quince días recuperamos la camioneta. Y el susto de vivir en una ciudad peligrosísima, todavía no se nos ha quitado.

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