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100% Venezuela: la violencia en el cine nacional toma la Gran Manzana

(%=Image(6988693,»R»)%) 14 largometrajes de ficción de la producción cinematográfica nacional se exhibirán en la muestra 100% Venezuela. Patrocinado por el King Juan Carlos Center y el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de New York (NYU), el festival se centrará en la violencia que ha caracterizado al cine venezolano a lo largo de su historia, presentando cintas clásicas de los ochenta y noventa, pero también los más recientes estrenos venezolanos. Se trata de trazar una genealogía de la violencia a lo largo de las últimas tres décadas del cine venezolano.

Títulos clásicos como Soy un delincuente, Se solicita muchacha de Buena presencia y motorizado con moto propia y Jericó se unen a recientes estrenos como Punto y raya, Maroa, Francisco de Miranda, Sangrador y Amor en concreto (aún no estrenada en Venezuela). Junto a estas cintas se proyectarán Pandemonium, Manuela Sáenz, De cómo Anita Camacho quiso levantarse a Marino Méndez, Tres noches, Tierna es la noche y Santera. El evento contará con la participación de cineastas venezolanos entre los que se encuentran Solveig Hoogesteijn, Alfredo Anzola y Diego Rísquez, entre otros, quienes estarán presentes durante las funciones y participarán en un simposio especial en torno a Venezuela y su cine.

El Festival se realizará del 21 al 24 de Septiembre en el auditorium del King Juan Carlos Center ubicado en el famoso “Greenwich Village” de la ciudad de New York.

Cabe señalar que este evento ha sido producido por la Universidad de New York y todos sus patrocinadores provienen del sector privado venezolano y estadounidense. Especialmente resalta el apoyo de empresas venezolanas como Cinematográfica Blancica y Ron Santa Teresa. La curaduría del festival ha sido realizada por Javier Guerrero, quien fue Presidente de la Cinemateca Nacional de Venezuela hasta el año 2004 y actualmente es Candidato doctoral de la Universidad de New York.

El afiche del Festival 100% Venezuela ha sido realizado por el ilustrador Roberto Weil, quien a partir de la imagen de un altar santero expresa el sincretismo, la violencia y lo popular de la cultura venezolana.

Una sesión fotográfica con cada uno de los cineastas invitados ha sido realizada por el artista Miguel Amat, quien propone una radiografía de la violencia y de lo popular en tres piezas que serán de referencia obligada para la historia del cine nacional.

Recorrido por el cine nacional
La supremacía en el ámbito latinoamericano de cinematografías nacionales como la argentina, la cubana y la mexicana, se ha constituido en “razón suficiente” para ignorar otras producciones locales que, aunque más modestas y de menor repercusión regional, constituyen construcciones destacables y alternas a las principales políticas nacionales y continentales. Tal es el caso, entre muchos otras, de la venezolana.

Desde muy temprano, con una economía pre-petrolera basada en la exportación de café y cacao, Venezuela incursiona en la producción cinematográfica. El 28 de enero de 1897, por primera vez en el país se proyectan películas realizadas en territorio venezolano, filmadas presuntamente por el que sería el primer cineasta local: Manuel Trujillo Durán. Se trató de “Muchachos bañándose en la laguna de Maracaibo” y “Médico especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa”; ambas inauguran el cine nacional.

A partir de este momento, temprano por demás, la cinematografía venezolana se convierte en un caso muy singular dentro de América Latina. El “boom” petrolero de Venezuela, contrario a lo que pudiera sospecharse, permitió la producción de un cine popular, y no me refiero únicamente al hecho de que las películas nacionales atraían a un público diverso y extenso, sino principalmente a que el esplendor de este cine se dio precisamente a partir de la realización de películas donde lo popular se tematiza. El cine de finales de los setenta pero especialmente, el de los ochenta, se centró en historias que vivían las clases sociales menos favorecidas. Este tipo de cine hizo posible que cineastas como Clemente de la Cerda, Alfredo Anzola o Román Chalbaud desarrollaran un cine sobre los “pobres” en un país cuya riqueza petrolera ha paradójicamente generado una división abismal de clases sociales.

A pesar de hacer visible una temática común, las perspectivas autorales varían significativamente. De la comedia popular a la denuncia, en los ochenta –una vez más– pueden ubicarse diferencias en vez de semejanzas. Pero la tendencia hiperrealista de esta década y la popularidad del cine nacional contrastan con la diversidad estética del cine de los noventa y la estrepitosa pérdida del público. Una reducción importante, a menos de la mitad de los largometrajes estrenados en la década anterior, trajo consigo una nueva generación de cineastas proponentes de un cine estética y políticamente “diferente”. Sin embargo, si ha sido difícil proponer una tendencia común para el cine venezolano anterior, es mucho más difícil trazar una línea que caracterice las propuestas de los noventa.

La presente década, aún en desarrollo, ofrece una producción que da cuenta de las contradicciones y el sincretismo cultural venezolano, parte de esa propuesta puede resumirse en el Festival 100% Venezuela, un evento que sin duda ampliará la visión del cine nacional en otros espacios.

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