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A cinco años de Eugenio Montejo

La suya una poesía de la conciencia de lo efímero, de la desposesión, de la nostalgia de un pasado personal que lo lleva a la búsqueda de sus primeras fuentes. El despojo y la errancia; el regreso y la permanencia; la añoranza del sol; del aire; del caballo: la trashumancia; la terredad; el árbol, los pájaros, el gallo, son símbolos constantes que evocan su primigenio peregrinaje cósmico-familiar. Poesía intimista-universal, exalta los sueños del orbe a partir de la caótica quejumbre humana.

Creía en la vida. A veces ángel indeciso, nocturno al lado de su hijo. Soñaba en que su estatua se despertaba. Convencido de que ningún amor cabe en un cuerpo solamente, fue dejando su mural escrito por el viento. El lamento, la vigilia del gallo fue su permanente autorretrato dormido.  Prestó atención a la vida. Creyó en la vida —repitámoslo—. La suya fue una Letra profunda. Su epitafio provisorio ilegible a la sombra del musgo, líneas en blanco que alguien podrá llenar  más tarde, cifras de otra vida, no de muerte: una partitura futura de nacimiento.

 

“Hay en los poemas, canciones, versos, pensamientos, textos y discursos de esa identidad plural, mitad política, mitad secreta, llamada Eugenio Montejo una indefinible, amigable virtud tácita  que, como la cordial de Alfonso Reyes, va sembrando concordia y promesa auroral, exenta de ingobernables excesos, saludablemente ayuna  de  patetismos. Nada es casual en la mónada que es imperio del poeta Eugenio Montejo y es prácticamente ineludible pensar en una ley fatal que suspende a cierta familia de intérpretes y lectores en torno al poema pasado al estado escrito por su persona creciente pero siempre potencial.” (Castellón, Adolfo: “La Terredad de todo”. Ediciones El otro, el mismo. 2007, Mérida, Venezuela. p. 19).

Nocturno al lado de su hijo, pueblo en el polvo, vuelve a sus dioses profundos. Guarda silencio ante el poema. Comparte las preguntas del camino. Conserva un recuerdo de Jean Cassou. Se aproxima una y otra vez a Ramos Sucre y al arte poética de Juan de Mairena. Recuerda a Eliseo Diego. Da la bienvenida  a Alejandro Rossi. Despide a Juan Sánchez Peláez. Recibe el Premio Octavio Paz.

“Ya yo fui Eugenio Montejo  —dice en final provisorio—, poeta sin río con un nombre sin equis, atormentado transeúnte en esta ciudad llena de autos. El silencio de las cosas azules que se desprenden en esferas nítidas tomó el lugar de mis palabras. Ya dibujé todas las nubes de mi espejo en un mapa de muerte y deseo, tuve dos, tres amores, amé la noche de sus cuerpos, oscureciéndome en cada mujer, detrás del sueño inalcanzable de sus astros. Ya yo fui Eugenio Montejo, el falso mago de bosques invisibles que convertía en vocales verdes la densa luz de mis árboles amigos. Volveré a serlo un día, alguna vez, quién sabe… Ahora deambulo contemplando las piedras que se amontonan en altos edificios zambullido en su atónito paisaje. ¡Qué más da! Los muros nos tapian el mundo y el viento corre ya tan lejos que cada palabra en esta hora es sólo un roto papagayo esperando un milagro final para elevarse.”  (Montejo, Eugenio: Trópico Absoluto. pp. 68).

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