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Al fin y al cabo

Las primeras imágenes de la película “Swing con son”, marcan el orden de la nostalgia que luego terminará por comprometerla. Se inicia con la letra de la guaracha: “por la puerta de mi casa/ en correcta formación/ van pasando los cadetes/ que hoy están de graduación”, ritmo que sirve para introducir una secuencia en que Marcos Evangelista Pérez Jiménez y la primera dama guarachean en la pista de baile de alguna de las grandes fiestas que Frometa le animó al gordito del Táchira. Pirueta presidencial, tan notable, que responde sin palabras a la pregunta obligada de los cadetes cuando no saben que hacer y piden: “permiso para continuar”.

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Es imposible que un relato fílmico sobre (%=Link(«http://salsa2u.freeservers.com/billofrometa.htm «,»Billo Frometa»)%) no esté impregnado, como un karma, del aura benefactora que para él significó Pérez Jiménez. Se fortalece su fama, popularidad y bienes entre el 1948 y 58, no por coincidencia el período del boato de la dictadura del llamado Tarugo de Michelena. Sin duda que bastante celebridad y prerrogativas logró bajo la protección del rollizo como cruel dictador.

Pero sería injusto concluir que este soporte fuera la causa única que apuntaló el éxito del músico. Es necesario reconocer que la música de Billo se descubre e instala, de forma poco justificada, en el espíritu caraqueño de la época y luego, siguió este camino público para angustia de quienes algo de solfeo y composición sabían, como para tener que calarse y aplaudir sus históricos ruqui ruqui. Mas gallegos, musicalmente hablando, imposible.

Popularidad contradictoria por cuanto en sus orígenes y ulterior desarrollo se deben no al apoyo logrado en espacios de la calle sino como lo reitera la película a cuanto ocurre en los salones de los grandes clubes caraqueños: El Paraíso, Venezuela y el Country Club. Desde allí surgen las múltiples paradojas que siempre lo van acompañar en su vida

La película “Swing con son” es dirigida por Rafael Marziano, (antes había mostrado su oficio con “Camino de las hormigas”-1993-) y en este trabajo, logra hacer presente su ingenio como director. Narra, es bueno decirlo con mucho y bastante: swing. Buen ritmo logra y no pocas emociones despiertan la forma como intercala música con historias, bajo el cuidado y calidad de un buen montaje, otra virtud a reconocerle al cineasta.

Marziano busca, como muchos, explicar sin tampoco explicar, las razones del éxito del músico nacido en dominicana; que tal, como él lo narra, logra nombradía en una Caracas aún de Techos Rojos pero, en etapa de transición hacia esos horrendos edificios que luego los suplantaron. El programa de mercadeo que utiliza el saxofonista de San Pedro de Macorís, es muy singular, nuestro joven e ingenioso director esta allí para descubrirlo, bien montarlo e ir delatando las correrías de Billo. Es un cuento cinematográfico que sin duda, logra inteligentemente.

La primera parte del trabajo de Marziano habla de la época del arribo de Billo a Venezuela 1937, hasta su presentación en el Roof Garden. Lugar que instaló un magnifico constructor catalan llamado Saval, transformado en promotor del show business. El elegante local se inaugura en 1940, por cierto como detalle, encontramos, que la invitación decía: “teléfono 93762”. Proponía a la Orquesta Happy Boys, anotando que “se servirá un exquisito menú a Bs. 10 el cubierto”. Para concluir con una excluyente y muy significativa “Nota”: “El traje de etiqueta es de rigor”. Esta animada sala de fiestas estaba ubicada en un Edificio situado en la esquina de La Torre (lado nor-este de la Plaza Bólivar, aun, felizmente, activo como Hotel). Los toques “para las distinguidas familias” eran los viernes, sábado y domingo, desde esta atalaya se inicia la fama de Billo.

Sigue animando saraos y actuando en el Roof Garden, hasta que el lugar pierde popularidad como salón de baile. Es período en el cual compite con Luis Alfonso Larraín, músico con muchos mas recursos y conocimiento musicales que el competidor. Ambos siguen en la pelea, pero en el 1946 Billo se va adelante al comenzar animar el Programa “A Gozar Muchachos”, en horario de 5.15 a 5.45 lunes a sábado, espacio con patrocinio de Fortuna que anima, el ya popular Musiu La Cavalerie en el cual también hacían trabajo de comentaristas otras figuras como Enrique Vera Fortique y el “Buho” Henry Altuve. Estando muy pequeño hubo días en que me escape para escuchar la pegajosa música de la orquesta, entre las esquinas de Pajarito a La Palma adonde estaba Radio Caracas, en el mismo edificio que ocupaba el famoso Almacén Americano,

La segunda parte de la película la cubre la música y letra del bolero: “Caracas vieja” en la voz del siempre querido y apreciado artista Rafa Galindo. Con verdadero sentido de la narrativa cinematográfica Marziano, sigue los pasos y muy humana presencia de Rafa quien vemos visitando los espacios de la Parroquia de La Pastora. Vemos lo poco que nos queda de esas bellas casas, con paredes frontales de estucos, cales apagadas, mármol pulverizado en formas de racimos y piñas. En mi casa de la esquina de Gobernador había una entrada que se interrumpía con la antepuerta, repujada con cristales estrellados, que coronaban el zaguán. Espacio cuyos pisos de mosaicos de marmolina soportaban un brocal a media altura con mosaicos de cinco centímetros en colores que adornaban la pared e iban del verde oscuros al azul y mostraban figuras de formas de amiba o frutas, que se repetían como grecas hasta el infinito. Todo hacía marco a la ante-puerta que anunciaba música de maitines.

Los techos a dos aguas de la casa, terminaban en canaletas que se ocupaban de las cargas de agua, y llevaban hacia la calle, luego surgía una cornisa en que cada casa exhibía figuras siempre entre sencillas e ingenuas. En una cuadra era difícil encontrar dos adornos similares. Mirada de frente las casa poseían casi idéntico perfil, dos o tres grandes ventanas con poyo que permitiese el reposo del cuerpo que auscultaba la calle o recibía una visita, con anuncios de noviazgo. Allí, tiempo siempre había y la bonhomía de la barriada animaba a que fuese gastado en ocio amable, todo, muy pueblerino.

Esa añoranza, es lo que creo que Rafa Galindo le canta a Caracas vieja. Belleza demolida por la molicie de una burda modernidad. (Ojo, que si alguien se lo propusiera lo podríamos retomar). Hoy el cantante observa con la inteligente mirada de una ágil y eficaz cámara que capta lo mejor de ese tiempo. Lo memorable es mirar con los ojos del viejo bolerista, que se nota como extraviado, parece que quisiera musitar, en una memorable actuación. Es su voz y una miraba manejada por un director con oficio de extraordinario documentalista que además sabe dirigir actores, que por no serlos lo hacen con una maestría poco visto en nuestro cine. Siempre dañado. Siempre maniatado. Siempre cercado por la imbecilidad que decretan los directores que ejercer su precario trabajo o venden su oficio a los canales de televisión que viven y nunca saldrán del estrecha manga de una mala telenovela.

Esta secuencia como la anterior cuando nos cuenta y habita los espacios de lo que fue el Roof Garden, par de secuencias que son de lo mas notable de la película de Marziano.

El film sigue su giro y cae en el periodo que cuenta uno de los tantos infames momentos de la vida de Billo, cuando se delata terriblemente tirano con los que deberían ser sus socios, a quienes prohíbe un derecho cuya universalidad es mas que obvia. Les niega el derecho a estar sindicalizados y cobrar lo que el derecho les asegura. Bárbara manera de ser popular y de querer “animar” fiestas con música de metálica y de “arrabiata” torsión.

No paran las sorpresas, la película presenta a una figura cuya firmeza y seriedad estaba bien lejos de aquella del músico del Circulo Militar de Caracas. Es Rafael Minaya, maestro de la música y en muchos aspectos insuperable por la dignidad de sus posiciones políticas. Lo conocí, por que mi amigo y compañero de aula en el Andrés Bello, el “Dominicano Rafael”, me lo presentó. Minaya con otros compatriotas planificaban una invasión contra Chapita Trujillo, varias veces escuché su comprometida palabra, durante la época de Pérez Jiménez y después de su caída e inicios de la Cuarta República. Mucho nos marcó su justa y firme posición. Alguien del grupo que lo escuchabamos preguntó ¿por qué no pedir apoyo a Billo en un asunto tan serio como este¿. La misma respuesta la escuche varias veces: “No confiamos en él”. “Ese no se compromete a nada”. Están aún vivos algunos testigos de este encuentro.

En 1958 este grupo de reales antitrujillistas organizaron en Cuba, con gente como mis compañeros de Liceo una invasión hacia República Dominicana. Los despedimos en Caracas en abril; el 14 de junio de 1959 tocaron la costa de Quisqueya. El grupo de la utopia llegó a Dominicana, entraron por Constanza, Maimón y Estero Hondo. Lucharon con la entereza de los convencidos por una justa causa, fueron capturados y asesinados en la base aérea de San Isidro. Todo pasaba allá, mientras que aquí, Billo componía para el General Pérez una guaracha para dar reconocimientos al Gobierno por una de sus públicas obras que decía “Cuando terminen la autopista negra / Que paseíto vamos a dar / Tú en tu furruquito, yo en mi Cadillac”.

Adecuado el manejo cinematográfico de las entrevistas para apoyar la construcción del documental, excepto la aparición de Teodoro Petkoff, no se puede dudar de la inteligencia de este político, que lo fue a no dudar, pero en este caso es extemporánea y un tanto forzada su aparición. Salvo que delata como Billo, en otra de sus entrampadas con la lógica del negocio, escoge entre la ganancia con una canción dedicada a los gusanos de Miami o verdad de uno de los asaltos a la utopia mas grande que pueblo alguno a desarrollado en America Latina. Según Petkof, Billo prefiere como muchos, agradar a nuestros imponentes vecinos, que instalaron su comodidad a costa de las penurias de todo el resto de un Continente.

Aporte: la composición emotiva y eficaz de buen cine que logra al encadenar la música de Billo con algunos de sus cantantes y músicos que lo sobreviven: Estelita del Llano, Soteldo, -de los que recuerdo-, que acompañados por la presencia de Federico Pacanins que se presenta en la escena ya no como productor sino como testigo, dan una tonalidad muy conmovedora a la secuencia. Es buen cine

Ausencias: escasez del necesario rigor que debe tener un documento como ese al dejar de lado a quienes tienen diferencias con Billo Frometa. Tengo memoria y testigos de aquello que nos contó Musiú La Cavaleríe sobre la forma como trataba a sus músicos, a sus competidores (Caso Luis Alfonso Larraín, a quien con artes poco melodiosos, le desarmó la orquesta para componer la suya) o de su poco aprecio por Venezuela, adonde bastante fortuna logró “guarachando, guarachando/ guarachando por la vida voy pasando sin preocupación”, pero adonde muy poco invirtió, prefiriendo hacerlo en Dominicana. Pues : “al fin y al cabo que ¿”.

Habría que preguntarse si esta obra también está inserta en esa exaltación política de la nostalgia, que quiere negar todo lo de hoy para dar elogios al pasado, pero de la cuarta, en este caso lo hacen con ritmo: “Al paso, camina al paso no cambies ese vaivén / Al paso, camina al paso es tu vas bien”. Sigan por allí, no sabemos para donde van …pero sigan

En síntesis un magnifico trabajo de Rafael Marziano que es imposible dejar reconocer y aplaudir, solo que solicito qué con debida mesura se evite pretender colocar a Frometa en un plano de héroe olímpico del julepe caribeño, de quien, otro músico expresó: “Lo de Billo no es una innovación artística, ni mucho menos”. Será otra cosa. Tomado de Lisbeth Rivero. Billo Frómeta, su vida, sus amores, sus pasiones, sus éxitos y sus canciones. Grabados Nacionales, C. A., La Victoria, estado Aragua, 1988.

Ósea terminamos como comenzamos con la guaracha de Víctor Pérez: “ al fin y al cabo que, /que no me quieres ya lo sé …. / que no te importa mi querer / ……. Y así hasta el infinito.

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