Entretenimiento

Alexandra Meijer-Werner en el Lía Bermúdez de Maracaibo

Entre el 6 de mayo y el 15 de julio el Museo Lía Bermúdez de Maracaibo presenta la retrospectiva de la obra de la artista plástica venezolana Alexandra Meijer-Werner. Hace ahora cinco años, el 30 de mayo del 2002, Alexandra perdió trágicamente la vida en un accidente aéreo cuando apenas contaba 30 años y su obra ya había dado muestras de madurez creativa y adquiría un futuro promisorio. Esta extraordinaria exposición presenta la manera innovadora como Alexandra utilizó el video.

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Si alguna palabra pudiera definir el acercamiento de Alexandra Meijer-Werner al proceso creador es honestidad. Escribir sobre su obra sin tomar en cuenta a la propia Alexandra me parece, al menos en mi caso, una tarea imposible. No sólo por el hecho de que la obra de Alexandra no puede concebirse sin el proceso de crecimiento y renovación personal por cual ella abogaba y la valentía con la cual lo llevó a efecto sino, además, porque yo he sido testigo de su trayectoria tanto artística como personal. He tenido el privilegio de tenerla cerca y poder observar, de manera continua, la honestidad e integridad con la cual se acercó desde el inicio a esa peculiar manera de hacer arte que se refleja en su obra y que, en su caso, implica un forma innovadora en el uso de la tecnología de multimedia como recurso artístico, poético y terapéutico.

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Catalogar la obra de Alexandra Meijer-Werner no resulta fácil. El acercamiento conceptual en el uso de la imagen y el sonido se conjuga, en el caso de Alexandra, con el anhelo de transformar el mundo a partir de la transformación individual y de su interrelación con la transformación colectiva. Sus diversas instalaciones son el marco de un diálogo que se entreteje en una gran malla cuyos hilos somos todos, incluyéndola a ella y a los artistas y gentes que colaboraron en la realización de los distintos videos, como símbolo de la humanidad en su conjunto. En esos videos adquieren especial importancia los elementos básicos: tierra, aire, fuego y agua, así como los ritos impuestos por la tradición y la cultura. Y para lograr esa experiencia sensorial y consciente es indispensable el cuidado de la poética de la imagen que, desde el punto de vista estético y creador, cumple su cometido: no dejar indiferente al que se sitúa frente a ella. La armonía y belleza de muchas de esas imágenes, así como el elemento desgarrador de algunas de ellas, unido a la atmósfera de sus instalaciones, son el recurso de la artista para involucrar al espectador en la obra; interacción indispensable en el trabajo de Alexandra Meijer Werner. En este sentido, sus instalaciones son doblemente innovadoras porque diluyen la dicotomía entre obra y espectador. En el caso de Alexandra, me atrevería a decir que la obra no tiene vida propia sin la interacción de la mirada y la entrega del otro, que la completa y permite que la transformación a la que ella aspira, se dé.

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Sus videos e instalaciones plantean interrogantes a los que resulta difícil encontrar una y única respuesta. No obstante, todos incluyen la incidencia que la responsabilidad individual en el pensar, sentir y hacer diario desencadena en el resultado colectivo. No hay entrega sin la apertura necesaria a la posibilidad de ver caer la estructura de los paradigmas en los cuales nos hemos sostenido. A través de la percepción y la mirada de ese ojo interior que nos acompaña, Alexandra nos exige a todos el compromiso de revisar los fundamentos de las convicciones impuestas por la cultura, a la vez que propone un fortalecimiento del mundo interior para lograr la energía espiritual necesaria y poder llevar a cabo dicha revisión. Todos somos lo que vemos, lo que absorbemos, lo que creemos, lo que comemos o no comemos, lo que pensamos y lo que hacemos. Y éste es un proceso que se construye día a día y que exige un continuo despertar de la conciencia, porque no hay una sola decisión individual que no tenga resonancia en el entorno más cercano y en el más lejano.

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Alexandra concibió el arte como un medio terapéutico para “crear conciencia y traer esperanza”. Y ese proceso terapéutico resulta válido tanto para el artista como para los integrantes de la filmación y los que, desde afuera, se entregan a ella. Sus videos muestran coherencia plena con su visión del mundo en relación con el papel que puede llegar a tener la obra de arte en la construcción de un planeta más armonioso y habitable. Y lo mismo podríamos decir de la producción de los mismos. El mensaje de respeto hacia el ecosistema se mantiene en la elaboración del video al crear las condiciones y la atmósfera necesarias de libertad y respeto hacia los que lo integran, de manera de permitir que el proceso de transformación personal se expanda a los actores que la acompañaron. Diego López, que trabajó con ella, dice que una de las virtudes de Alexandra era la libertad que cedía a sus colaboradores. Ella permitía que los actores crecieran y se enriquecieran de la experiencia creativa a la vez que ella misma y la obra se desarrollaban en comunión con la experiencia y la vivencia del momento.

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No había en ella rigidez de ningún tipo. Su apertura y tolerancia abrían el camino para que el renacimiento, que tanto trabajó, se diera en los más variados espacios, en medio del fango, en aguas cristalinas, en la armonía de la danza, en el vértice del abismo. Allí los actores y ella misma lograron entregarse a la dinámica del proceso y permitir a la obra liberar su propio ritmo como metáfora del verdadero renacer, de manera que el trabajo de conjunto resultara más vital que la idea original vaga del inicio.

La empatía con los recursos positivos y constructivos que todos llevamos dentro se hace sentir en todos y cada uno de sus trabajos. De ahí el énfasis en el concepto budista Zen de que no es que las cosas en sí sean ilusorias, lo que resulta ilusorio es su separación /independencia dentro del tejido social. Pero la conciencia sobre la ilusión de esta realidad solo puede partir de la experiencia individual, de la huella que nuestros pensamientos van dejando en nuestros actos y que son los que constituyen la marca de la colectividad, los trazos del destino humano y del destino colectivo. Esa gran malla que teje The Great Web no es una malla abstracta que se hace sola, la vamos haciendo todos, el creador, los integrantes, la colectividad que participa, observa y crea conciencia sobre la responsabilidad que puede dejar su huella en el cosmos; por eso, para Alexandra, “el mundo lo hacemos todos”.

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The Great Web, Kreislauf, Tus pies mis pies, Ósmosis, Ouroboros, constituyen todos un llamado de alerta, un canto al despertar individual y colectivo. A la manera del pájaro de La isla, en la obra de Huxley, que continuamente recordaba a los habitantes de la isla awake awake, (“despierten, despierten”), Alexandra sacude con sus instalaciones y videos nuestra sensibilidad y nuestra conciencia hacia un despertar en el que siempre existe la posibilidad de renacer. Kreislaug presenta al ser humano anónimo pero que es también individuo, vivencia y sensación en medio de una danza cíclica en busca de una identidad de una diferenciación con el otro que a la vez es uno mismo y todos. Pero también danza que mimetiza el aletear de las aves o el inicio de la conciencia de lo humano. Metáfora del renacimiento de la humedad del útero, de la vitalidad del mar. La simbología del mandala se aprecia en los movimientos circulares, en las presencias estáticas que remiten a un eterno retorno, que regresan siempre al ojo de la mirada del otro, de muchos, del creador y, literalmente, al azul intenso de los ojos de Alexandra, para regresar de nuevo a la sequedad inhóspita de las dunas o a la transparencia de las aguas. Todo esto forma parte de ese ciclo permanente de nacimiento y muerte que alberga el renacer nuestro de cada día, de cada instante cuando tomamos conciencia de ello y no nos realizamos como un simple transeúnte más.

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Ósmosis retoma esta idea y va más allá al incluir en el proceso de osmosis al inconsciente como parte de ese fluido que penetra en el mundo de la conciencia, de los deseos, del imaginario y de los sueños. Esa membrana, apenas perceptible, guarda la memoria, los ritmos del humor, el vacío, la agresividad, así como la posibilidad de transformarla en quietud. Destaca la forma como la ansiedad o la plenitud se proyectan en nuestro entorno y en la interacción con el mismo. Ósmosis quiebra la falacia de la división entre la interioridad particular de un estado de ánimo y la proyección en el mundo externo. Invita al reconocimiento de que no puede haber libertad sin libertad interior, de la misma manera que no puede haber paz ambiental sin paz espiritual. Este video se inicia con una bellísima imagen de una danza circular que indica la importancia del círculo en la posibilidad de siempre renacer, de ahí la utilización de símbolos redondos como la rueda o la pelota.

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En Tus pies mis pies, los ojos de Alexandra aparecen como conciencia de armonías y depredaciones, de posibilidades, de tragedias y ritos, de nacimientos y muerte. La tribu rural, la tribu urbana, todas forman parte de una humanidad única, que no se puede ignorar en cada uno de sus aspectos o elementos. Aire, agua, hielo, tierra, fuego, todo tiene su lugar y su fuerza.

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Ante el conjunto de los videos e instalaciones de Alexandra Meijer-Werner, se observa la manera poética como intenta trascender la frontera artística para lograr efectividad en el mensaje. Dicho mensaje se repite de una u otra forma en las numerosas variantes de esa danza que constituye su obra y que interconecta movimiento, armonía coordinación, interdependencia, imagen, sombra, luz, oscuridad y en donde, como en la danza, el más mínimo gesto incide en el conjunto. En este proceso el sonido es un elemento crucial que atrapa el inconsciente y ayuda a enfocar la mirada para convencerse de que en la trayectoria de la vida es más importante la libertad del proceso que la meta en sí. La verdadera creación es ajena a la rigidez y a la intolerancia. Esta es parte de la enseñanza que nos deja la obra de Alexandra Meijer-Werner y que podemos apreciar en la retrospectiva del Museo Lía Bermúdez de Maracaibo.

María Ramírez Ribes

Junio 2006


Fotografías sin titulo Fernando Bracho

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