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Anotaciones sobre la mujer fatal

Uno de los calificativos, entre otros de tantos, que me endosan los amigos es el de pornógrafo nostálgico y sentimental. Les parece una sordidez que me regocije con las Pin-Up de los años sesenta. Se desternillan de risa cuando mis ojos se humedecen por culpa de las películas, polvosas y olorosas a naftalina, de Libertad Lamarque. Se burlan sin contemplaciones por mi afición morbosa hacia las rumberas(sempiternas piernudas para ellos) del cine mexicano. Pero quizás lo que más les desquicia es mi idolatría impermeable por las mujeres malas (en el buen y peor sentido) del cine.

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En mi vida ordinaria no he conocido mujeres malas. La suerte no ha estado de mi lado. A pesar de estar dispuesto a las humillaciones menos publicitadas. Pero nada. Por esa razón voy al cine, verdadera factoría de villanas, perversas y vamp de todos los colores, y satisfacer así mis fantasías sexuales nada domésticas.

La mujer, denominada como fatal, es un invento con el que tropezamos en los dramones amelcochados, en los melodramas ramplones y las cintas policiales de bajo presupuesto. En el cine negro norteamericano ha encontrado su ambiente ideal.

La mujer fatal poseía una aura de fatalidad que la hacía irresistible para el hombre morigerado, apegado a las buenas costumbres (con esposa, empleo insoportables, pantufla y un perro). Individuo de carácter débil que sin titubear caía subyugado en las garras de una mujer egoísta y sin escrúpulos. La mujer fatal con un romanticismo, aprendido al caletre de las novelitas románticas (recuerden a una mala antológica de la literatura como Emma Bovary), y una ingenuidad de utilería, embobaba a sus posibles víctimas. Para ella los hombres no eran otra cosa que presas prescindibles.

Luego que la mujer fatal atrapaba en su madeja de mentiras, y arrumacos de cartón piedra, a su presa se sentía segura y se despojaba de todos los afeites de “mosquita muerta” para dar rienda suelta a su tiránica personalidad: sensual, mentirosa, voluble, sofisticada, depravada y sin pizca alguna de buenos sentimientos.

La mujer fatal era un estuche apetecible en todo sentido. En primer plano estaban sus labios, que eran algo así como una fruta carnal inalcanzable. Después estaba esos ojazos, cuya mirada todo lo calcinaba. Por último estaban sus piernas que era un par de poemas lúbricos y por las cuales era necesario arriesgarse, someterse a todos las vejaciones y a todas las vilezas inimaginables. Un beso, una mirada, un mimo, un gesto de amor caritativo justificaba con creces el crimen más horrible o el acto más vergonzoso.

Otra cualidad sobresaliente de la mujer fatal era su estilo distante, despreocupado, en extremo frío y calculador. Mientras el hombre se quebraba en halagos de ternura, la mujer fatal estaba pensando en algo diametralmente opuesto. Su vida se consumía maquinando una nueva mentira, una renovada treta para obtener más joyas o quizá planificando el próximo asesinato.

El antecedente que inaugura en el cine la supremacía de la mujer fatal lo constituye Louise Brooks. La belleza pálida e ingenua de Louise, en la cinta de G.W Pabst, «La caja de Pandora», encarnado a la descarnada Lulú (especie de Diosa candorosa, ruidosa y antisocial, quien a su paso va dejando una estela luminosa de muerte, destrucción y caos) rebasó las intenciones de su creador literario Frank Wedekin. Lulú no sólo sedujo, sino que despertó las simpatías del público gracias a los atributos naturales de la Brooks, la cual en la película hizo gala de una ingenuidad voluntariosa y carismática.

La canción que interpreta Marlene Dietrich, en “El ángel azul”(1930), dice: “…no es mi culpa si a los hombres les encanta ser destruidos por mí”. Es famosa aquella foto (un tanto fetichista) donde la Dietrich sentada en un barril, con un sombrero de copa, levanta la pierna para mostrarnos sus atributos con liguero. En esa película Marlene Dietrich estaba carnal, apocalíptica y con una fiereza juvenil que rayaba en la vulgaridad nada azul. La historia de la película estaba inspirada en una novela de Henrich Mann, “Der profesor Unrath”, que narra la degradación paulatina de un chapado y severo profesor cuyo único desatino es enamorarse de una cantante de cabaret.

La carrera cinematográfica de Marlene Dietrich contribuye para ir consolidando un piso estable a la mujer fatal: “Marruecos” (1930), “La emperatriz escarlata”(1934), “El diablo es una mujer”, 1935. En su mayoría todas estas películas narraban historias envueltas en un romanticismo incoloro y un tanto rebuscado.

Con la aparición de Ida Lupino la perversidad femenina adquirió ciertos rictus y una especie de método. La maldad de Ida Lupino era transparente y no buscaba adeptos entre los espectadores. En la película “Pasión ciega”(1940) encarna a una mujer voluble, fría que no dejaba nada al azar. Su estilo sádico, para envolver a los hombres en su telaraña de mentiras y seducción, no tuvo parangón. Las que vinieron luego sólo la imitaron con abierto descaro. Una de sus discípulas más aplicada fue Verónica Lake en cintas como «This gun for hire» y “La llave de cristal” (ambas de 1942). Verónica era una chica guapa y reunió, con más pericia que talento interpretativo, los rasgos más sobresalientes de la Lupino. Lo único malo con Verónica Lake, aparte de ser una npi (ni puta idea) en actuación, era que resultaba postiza. No tenía desenvoltura. Todo lo hacía de manera mecánica. A la postre su actuación resultaba artificial. Rita Haywortth por su parte fue mucho más convincente. Tenía un encanto natural. Las atmósferas de perversidad creadas por ella eran bastante veraces. Rita resumió las características de la Lupino y la vulgaridad revulsiva de la Dietrich para dar personajes en la pantalla de buen espesor maligno. “There never was woman like…”, decían los afiches promociónales de la película “Gilda” (1946), cinta que ha resistido el tiempo y se deja hoy ver todavía con algún interés. El “strip-tease” que hace Rita en la película no es para nada antológico, pero le permite a la actriz mostrar su versatilidad seductora, su sensualidad de metal dulce que le permitió ser una mujer fatal inolvidable.

Líneas apartes se merecen Lana Turner, Bette Davis y Joan Crawford. De Greta Garbo no emitiré juicio alguno por considerarla una Diosa sin defectos.

Lana Turner era un mar de inexpresividad. Era una beldad del común, pero tenía una intrepidez perversa tanto como rubia o morena. Más que actuar hacia juego con el set de filmación de unos melodramas y unas películas negras que todavía se puede ver. Lana Turner jamás se esmeró en perfilarse como una actriz de garra. Su preocupación básica fue la apariencia a fuerza de maquillaje y vestuario apropiado. Más que un Oscar buscaba dejar boquiabiertos a los espectadores y lo logró, claro. Para darle publicidad le inventaron una vida amorosa bastante agitada. Necesitaban un mito comestible y saludable. Era una estrella indiscutible que tuvo sus cinco minutos de fama y por ese motivo Anita Loos dijo: “Lana Turner representa en la actualidad lo que Theda Bara fue en el pasado. Pero naturalmente, no se parece a una vamp. Es mucho más peligrosa porque hace que el público se relaje”·. Y uno se relaja en verdad con la no-actuación de Lana Turner. Su película emblemática para mí es “El cartero siempre llama dos veces” (1946). La Cora que interpreta Lana Turner conserva cierta ferocidad perversa, pero matizada con pequeñas pinceladas de humanidad y de fragilidad algo nunca visto en las mujeres fatales anteriores.

Otra película que la salva es “Los Tres Mosqueteros” (1948). Vestida de época, encarnaba a la perversa Milady de Winter, resultaba más seductora. Una de sus últimas apariciones fue en la famosa serie “Falcon Crest”. Todavía tenía un toque sugerente y una sus grandes cualidades: la inexpresividad interpretativa.

Si Lana Turner era un viento frío de la actuación, Bette Davis era un huracán templado a la hora de interpretar. Poseía una capacidad histriónica envolvente. Tampoco era una belleza extraordinaria, pero su emotividad transgresora te flechaba de inmediato. Emotividad a contracorriente que el director Willian Wyler supo explotar con creces en la película “La carta”(1940). Basada en un cuento de Somerset Maugham ambientado en Malasia. Este cuento de Maugham es una historia perfecta en su circularidad. La adaptación de Howard Koch es impecable.

Además le permitió a Bette Davis meterse en la piel de un personaje que para afirmarse en su condición de mujer se vale de la mentira y del crimen. Bette Davis recrea con amplitud las posibilidades del personaje y ofrece una de sus actuaciones más pulcra y exacta de su carrera. En otra película “La loba” (1941) ofrece muestras impecables de su perversidad. Basada en un guión de Lilian Hellman narra la historia de una mujer sureña casada con un prospero banquero aquejado de una afección cardiaca. El banquero sospecha que a su esposa sólo le interesa su fortuna. Para darle una lección trata de alejarla de su dinero. Su esposa le deja morir durante una acalorada discusión. La escena es de una maldad sutil incomparable: el banquero presa de un ataque hace esfuerzos por alcanzar las píldoras. Su esposa observa la agonía sin mover un músculo.

Joan Crawford era de una belleza fea, como la pintora Frida Khalo, cejas incluidas. Su ángel estaba en su fuerza interpretativa. En los años 40 era una reina indiscutible de la escena cinematográfica. Perfiló en muchas películas a la mujer ambiciosa, desganada, vengativa y llena de maldad. Una de sus películas emblemáticas es “Mujeres”(1939) de Geoge Cukor, donde la hace de secretaria tras los pasos del marido de una señora rica. En “Daisy Kenyon” insiste en el amor de un reputado abogado felizmente casado. Ante los acosos de Daisy se divorcia, pero ella elige a otro hombre. Pero su película es sin duda “Johnny Guitar”(1945) de Nicholas Ray.

En el momento que estos dos monstruos de la actuación, como lo fueron Joan Crawford y Bette Davis, están ya por eclipsarse el director Robert Aldrich logra reunirlas en la película “¿Qué pasó con Baby Jane?”. Las dos actrices dan lo mejor de sí y más que una película es un compendio de histrionismo, de actuación en sumo grado de paroxismo.

Todavía quedan malas memorables. En la cinta “La mujer del cuadro”, dirigida por Fritz Lang en 1944, Joan Bennett interpreta a una mujer que seduce y aparta del buen camino a un burgués convencional. La Bennett era una actriz muy estimada por Lang. Su estilo amoral, provocador y sin remordimientos la convirtió en la mujer fatal sin rival hasta que apareció Gloria Grahame. Otras malas importantes son Jean Brooks en “La séptima víctima”, Linda Darnell en “El ángel caído”, Lizabeth Scott en “Dead Reckoning”, Hazle Brooks en “Pacto tenebroso”, Jane Creer en “Retorno al pasado”. Imprescindible nombrar a Lauren Bacall. Del reciente lote están Madonna como Suspiros Mahoney, en “Dick Tracy”, Glem Close en “Atracción Fatal” y “Relaciones peligrosas”, Jessica Lang en el remake de “El cartero llama dos veces”.

Existen tres mujeres fatales especiales que pertenecen al mundo de los dibujos animados: la bruja perversa de Blanca Nieves, y que Woody Allen mete en una de sus películas u obsesiones. Si se fijan en detalle la bruja ha sido dibujada con una belleza interesante. Hasta me atrevería a señalar que viene a configurar el lado oscuro de Blanca Nieves, la que a todas estas no pasa de ser una modosa ama de casa, algo mentecata y hasta convencional, que se encarga de los quehaceres domésticos mientras los enanos se van a la oficina. Francisco Umbral ha definido esta relación: “Toda sexualidad femenina necesita cuando menos siete machos, aunque sean enanos (o precisamente porque todos somos enanos frente a la mujer en el ejercicio de su sexualidad)”. Otra es Betty Boop, cuya vestimenta atrevida de cabaretera le trajo problemas a su creador, Max Fleischer, con las ligas de la moralidad. La tercera y más exuberante es Jessica Rabbit, que es un compendio subrayado de todos los rasgos de una “vamp”. Su alegato es formidable: “Usted no sabe lo difícil que es ser una mujer con mi físico. No soy mala, aunque así me pinten”.

En nuestro cine podemos mencionar a Hilda Vera, como La garza en el “Pez que fuma”, a Mayra Alejandra (que ahora la hace de mala entrada en años en una telenovela) en “Carmen” y “Manón”, a María Conchita Alonso en ese bodrio cinematográfico titulado “Con el corazón en la mano”. Juan Antonio Gonzáles incluye a la señora de la actuación Amalia Pérez Díaz y su papel de madre interesada en “Pandemónium”.

Nuestras telenovelas tienen su cuota de malas ya que sin ellas la trama no sería atrayente. Las malas en las telenovelas explotan sus atributos, pero sus intrigas y perversidades de bisutería son bastante risibles.

Las mujeres fatales que conozco, desde lejos, pertenecen al país político. Nuestras mujeres no tienen tradición feminista, y aunque algunas jalonan hacia los concursos de bellezas, a muchas no les ha faltado olfato oportunista y han logrado entrar a la política por la puerta de servicio(de seguro exagero). Son una mezcla rara de golfas-amas de casa y secretaria. Algo así como unas amazonas con curul, o puesto burocrático clave. Con un sentido claro de que la política es un negocio seducen a los politicastros de turno. Ejercen eso que Cabrujas llamó con irónico acierto la totonocracia. No es casual que uno prefiera las mujeres fatales del cine a toda esa gallofa de varonas ejecutivas de la política.

La gran lección de todo esto es una sentencia de mi amigo Matancero: “Todas las mujeres son buenas hasta las malas”. La gran tragedia de las mujeres fatales del cine es que no son capaces de amar. Y esa quizá sea su negra lección: el amor siempre te acarreará problemas. A King Kong una rubia fatal lo condujo a caer desde un edificio y lo escrito por Savater es puntual: “…imagino feliz a King Kong mientras caía desde Empire State porque esos malvados amores que matan son los únicos que hacen de veras vivir”.

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