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Antonio Moya le prenderá fuego a los sótanos de Parque Central

(%=Image(5038757,»L»)%) Moya no descansa, a sus sesenta y cinco años parece tener la energía de un joven recién graduado de la escuela de artes. Hay que verlo en su taller para darse cuenta de esto. La escena es más o menos así: cuarenta metros cuadrados con la humedad de los sótanos de Parque Central, casi todo el espacio ocupado por viejas obras acumuladas durante décadas; una mesa de vidrio con montañas de papeles desordenados, lotes de fotografías y de objetos que Moya considera útiles; hay también un pobre ventilador y un par de paredes sobre las que Moya trabaja en sus proyectos –que son cientos– y en sus ensayos visuales, a los que cada día agrega nuevas modificaciones, infinitas. Pero no quiero hablar ahora acerca de ese taller tan plutónico, tan parecido a una fragua… no, más bien quiero dedicar esta hoja a un gesto de Moya que quizás tenga alguna importancia: su A fuego lento, su interés por llevarlo todo a la concavidad de una paellera; todo: su crítica a la sociedad y al poder (o a los poderes, cuales quiera que sean), su postura ética y existencial, sus “cegueras” y sus visiones, su cansancio y su ánimo, su apetito.

JLO: ¿Qué es A fuego lento?

AM: Un inicio… el fin y el comienzo de la jornada, la clausura de mi exposición Sótano 11 en el Museo de Arte Contemporáneo y la inauguración de mi estética renovada, cansada un poco de la solemnidad del lienzo y de los salones de arte, deseosa por hallar otros espacios… hallarse en la calle, en los sótanos, en las precariedades más lúcidas de esta ciudad. Yo quiero empezar a cocinar esta ciudad, quiero cocinarla desde abajo, desde sus sótanos, pero soy un cocinero que se mete en la candela, un cocinero que se cocina también, y la única manera de lograr un plato así es, como lo saben los maestros del arroz marinado, a fuego lento.

JLO: ¡Entonces le va a prender fuego al sótano de Parque Central!

AM: Sí, este domingo en la tarde empiezo a preparar la paella… todos formamos parte de los ingredientes. Además, mira, si ya nos estamos quemando, si la contemporaneidad ha resultado ser una olla vacía y en llamas, por qué no buscar bajarle la presión a la llama y así darle una mejor cocción a nuestro mundo, a sus injusticias institucionalizadas, a sus promesas falsas (una de ellas es, por cierto, Parque Central, o lo que este complejo urbanístico significó para la generación de los setenta), darle así, digo, un mejor sabor a tantos sinsabores, a nuestras búsquedas de lo imposible, a nuestros sueños y frustraciones…

JLO: Hablas como un bachiller utopista que lee a los poetas malditos.

AM: Yo no soy un maldito… no puedo ser un maldito, sólo quiero cocinar –o cocinarnos– para luego alimentar a los caimanes que yo también agrego a mis paellas.

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