Entretenimiento

Arquitectura: El cáncer urbano

En la página “Aceras y Brocales”, dirigida por los arquitectos Alejandro López y Alfredo Rothe, en Últimas Noticias del 8 de octubre de 2009, se publica un texto interesantísimo acerca de los barrios marginales que tanto daño le hacen a Caracas y a la mayoría de las ciudades venezolanas. Hablo de daño por la violencia, la delincuencia y la insalubridad que en ellos impera. El texto se inicia con una opinión bien fundada: “Las opiniones, consejas, delirios, buenas intenciones, y hasta diseños urbanos para los barrios se amontonan a granel. Simultáneamente, se hace más vieja la parálisis gubernamental en este sector”, y luego refleja opiniones sobre el tema publicadas por el diario El Universal en su edición del 25 de septiembre, en las que se va del pintoresquismo al disparate con admirable facilidad. Lo grave es que los declarantes tienen poder o aspiran a tenerlo. Son de derecha y de izquierda, y caen en algo que ha perjudicado inmensamente a Venezuela desde que Venezuela se convirtió en país petrolero: la superficialidad, el no hacer el más mínimo esfuerzo por pasar de una superficie fácil y sencilla. Los arquitectos responsables de la página desmontan con un par de pinceladas cada uno de los disparates dichos por el alcalde de Baruta, Gerardo Blyde, el arquitecto Federico Villanueva y Adriana D’ Elia, Secretaria de Gobierno de Miranda, pero no se quedan en esa superficie: también critican las políticas de todos los gobiernos que, entre otras cosas, dejan de lado los intereses legítimos de los habitantes de esos barrios. Ése ha sido uno de los terrenos en donde el fracaso del teniente coronel Chávez Frías ha sido mayor: en diez años, ha construido menos viviendas que Lusinchi, que fue el peor de los cuarenta años de democracia, fabricó en cinco. Y ese fracaso se refleja en casi todos los aspectos de la vida ciudadana: en la inseguridad, en la insalubridad, en la falta de educación, en la falta de porvenir. Es un problema dificilísimo, que en tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez estuvo, a pesar de la corrupción, cerca de una solución, discutible, pero solución, cuando se construyeron los enormes superbloques diseñados por grandes arquitectos de su momento. Apartando muchos factores negativos, lo que estuvo cerca de ser solución fue la forma en que se enfocó el tema: primero se construían los superbloques y después se llenaban con habitantes de ranchos que e encontraban convertidos en propietarios de apartamentos, y finalmente se tumbaban los ranchos ahora desocupados. Era algo parecido a un canje. El responsable de ese plan fue mi padre, Marco Antonio Casanova, que pronto salió como corcho de limonada de su cargo de jefe máximo del Banco Obrero, porque no llenó las expectativas de varios personajes importantes que aspiraban, tal como ocurre ahora (y no ha dejado de ocurrir a lo largo y ancho de los últimos cincuenta años petroleros) a un buen pedazo de la torta que debía repartirse. No sé si los superbloques son una solución sensata. Es más, no sé nada de eso. Pero sé que, si no hubiese corrupción y se aplicara aquel método de construir primero y ocupar después mediante el canje, y si se evitaran a todo trance el paternalismo y el ventajismo, la solución estaría mucho más cerca de lo que está.

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