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Asdrúbal Colmenárez un viaje al corte de Edipo

A su respuesta dada a la Esfinge debió Edipo el reinado de Tebas. Como se sabe, tras escuchar el acierto con que éste logró responderle, el monstruo de inmediato se dio muerte y Edipo pasó a ser rey de los tebanos. Nadie antes que él había podido salir victorioso al confrontar los peligrosos enigmas de la Esfinge. En cambio, cuando le preguntó a Edipo acerca de cuál es el animal que tiene cuatro pies en la mañana, dos al mediodía y tres por la noche, éste se limitó a decir: El hombre. Ciertamente, han sido incontables los comentarios suscitados por esta respuesta a lo largo de los siglos, pero sin duda uno de los más perspicaces se debe a André Gide, que alguna vez reparó en cuánta razón había tenido el futuro rey trágico al dar su respuesta, pues al preguntársenos sobre cualquier enigma podemos siempre responder con seguridad: el hombre.

El enigma perseguirá al rey sabio, el enigma como una de las máscaras del destino, y más temprano que tarde le hará conocer la espantosa tragedia en que, para su ruina y la de los suyos, se verá envuelto. Su terrible historia ha tentado la imaginación en todas las épocas, sobre todo después que Sófocles supo transmitirle la perennidad de su forma teatral, gracias a una poesía de inigualable belleza, cuya perfección modélica recomendó tempranamente Aristóteles. Edipo, el rey triunfante de la Esfinge, el rey que siempre trata de leer claro en sí mismo, el rey víctima de los dioses, el que, por propia voluntad, sale ciego al destierro, deja en cada hombre la huella de un eco oscuro, demasiado significativo para que no ocupe el centro de las devociones artísticas y filosóficas.

Al igual que en otros ámbitos artísticos, en las artes plásticas el diálogo con la vigencia del célebre mito griego ha mantenido una constancia perdurable con el correr de los tiempos. Su reto a la perenne reinvención, su sugestión renovadora, han hecho posible que en las diversas épocas de la pintura y la escultura se documente su pervivencia como uno de los motivos más evocados. Se diría que si bien Edipo contestó la enigmática pregunta de la Esfinge, él ha terminado por encarnar a su vez otra pregunta que tiende a hacerse a sí mismo cada pensador y cada artista. No en vano Nietzsche y Freud, para sólo mencionar dos nombres eminentes, han subrayado la vigencia del mito griego en la época contemporánea.

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A la tradición de ese diálogo milenario viene a sumarse ahora, con una notable propuesta, el artista Asdrúbal Colmenárez. No es la primera vez que se manifiesta atraído por la fuerza mítica del genio griego, pues antes encaró en una recordada exposición la imperecedera metáfora del viaje de Ulises y los cantos de la Odisea. En esta ocasión, como si se encontrara ante los muros de la antigua Tebas, Colmenárez despliega en su muestra siete grandes esculturas y otras tantas pinturas, que pueden ser contempladas como un cuadro completo de unos ochenta metros de largo por tres de alto. La representación cuenta además con un vídeo que articula y dialoga con el conjunto de su planteamiento artístico. De esta forma, gracias al probado talento de Colmenárez, a sus dones creadores, el rey Edipo, su madre Yocasta, el ciego pero sabio vidente Tiresias, Creonte, Antígona, el Corifeo, etc., aparecen recreados, o más bien interrogados, desde nuestro tiempo, desde las angustias del hombre contemporáneo. ¿Qué logran decirnos en esta hora entremilénica esas presencias tutelares? ¿Cómo resuenan hoy en nuestro ánimo las palabras y el silencio de Tiresias, y cuánto de todo ello responde ahora y aquí a las preguntas que a diario nos hacemos?

De seguro que podrían hablarnos no sólo de las nefastas complicaciones divinas en el destino del rey sabio, del parricidio y fatal incesto cometidos, y todo lo que ello significó para la memoria de los griegos. Nuestras interrogantes concernirían también a la actual época, a nuestra vida en este nuevo milenio. Los antiguos, como es sabido, intentaron averiguar el futuro por vías raras y diversas: las entrañas de un animal, el vuelo de las aves, las líneas de la mano, o bien mediante la consulta directa a algún oráculo. ¿Habrá algún modo de entrever un indicio del porvenir a través del trabajo artístico? De haberlo, estaríamos frente a un arte que añade a sus esenciales valores estéticos la extraña cualidad de convertirse en un arte predictivo.

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La obra de intención estética, cualquiera sea su forma, es contemplada siempre, bien lo sabemos, sólo a la luz de los méritos artísticos que le reconozcamos, nunca atribuyéndole supuestas predicciones. Al fin y al cabo, es un cuadro, una escultura, lo que miramos, no la carta de un quiromante. Ocurre, sin embargo, que en esta ocasión estamos en presencia de Tiresias, el Tiresias que el ingenio de Colmenárez ha convocado aquí y ahora ante nosotros. Y acaso por ello cuanto exista de hallazgo artístico en la representación plástica del mítico personaje no deja de asociarse en nuestra memoria con la predicción que le supongamos. De esta forma, en una era tan signada por el racionalismo, como la nuestra, tales recreaciones del entorno trágico de Edipo parecen valerse de la obra de arte como de un medio de predicción sugestiva, capaz de confrontar a cada uno con sus inquietudes acerca del futuro. Ya anotamos al comienzo que Colmenárez parece situar las obras de la presente muestra frente a las mismas murallas de Tebas, ¿puede extrañarnos entonces que a los valores artísticos de su trabajo se les añada también cierto poder predictivo? El racionalismo nada querrá saber de tales sugestiones, y dirá que corren a cuenta de quien crea en ellas. Pensemos, sin embargo, en un poeta eminente como W.B.Yeats, tan dado al estudio del ocultismo y la magia, ¿contemplaría alguna obra, para el caso estas esculturas de Colmenarez, sin indagar acerca de algún indicio que las trascienda? Con menos rotundidad, con más modesta aproximación al misterio, el poeta irlandés suscribiría la frase del filósofo Karl Jaspers: “es pensable que exista lo impensable”.

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Entre los personajes del trágico mito tebano podría echarse en falta en esta exposición la perturbadora figura de la Esfinge, una ausencia patente también en la obra de Sófocles, pues la trama de su tragedia comienza mucho después que Edipo ha asumido su reinado. Sin embargo, tanto para el espectador de las obras del genial creador trágico, como para el visitante de la muestra de Colmenárez, la presencia de la Esfinge resulta inocultable y se manifiesta por todas partes, pues constituye la porción de enigma que cada espectador trae consigo, la misma que fomenta esta vislumbre de un arte predictivo, capaz de responder en su esencia a la pregunta que cada quien se haga a solas.

En la combinación de esculturas y pinturas aquí reunidas, donde el desvelo artístico de Colmenárez marca un hito en su quehacer artístico, son varios los hallazgos que merecen resaltarse. Ya sé que los estudiosos y críticos de arte no dejarán de precisarlos. Me gustaría, sin embargo, subrayar uno de éstos que puede observarse en una de las pinturas de formato grande. Me refiero al esbozo casi abstracto de la figura de Edipo delante de una especie de reloj solar: se trata de una esfera que repite en todos los puntos de sus horas un mismo número, el ocho. Con esta singular metáfora plástica parece confrontarse el rey tebano ante su propio laberinto. Según una hermosa frase debida a Walter Benjamín, “el laberinto es la patria del que vacila”. No obstante, por lo que respecta a Edipo, no se percibe demasiada vacilación en su carácter, no pertenece al linaje del príncipe Hamlet. Al contrario, lo que lo mueve es la resolución firme de conocerse y descifrar el enigma que marca su destino. Ante la atractiva metáfora plástica lograda por Colmenárez, quizá convenga repetir más bien los versos del poeta portugués Mário de Sá-Carneiro: “En mí mismo me he perdido / porque yo era laberinto”. Estas palabras acaso se hallan más cerca del número que se repite en la esfera ante los ojos de Edipo. Digamos que asumir el trágico enigma de su vida, reconocer el laberinto que le ha tocado en suerte o en mala suerte, es sentir que se ha nacido con el número ocho marcado en todas las horas.

Nietzsche recuerda en El origen de la tragedia otra significativa leyenda, la del viejo Sileno, compañero de Dionisos, a quien el rey Midas persiguió hasta darle alcance. Cuando pudo por fin interrogarlo acerca de qué cosa debía preferir el hombre y estimar sobre todas, el viejo Sileno, tras una franca reticencia en dar su respuesta, le contestó al rey Midas: “Raza efímera y miserable, hija del azar y del dolor, ¿por qué me fuerzas a revelarte lo que más te valiera no conocer? Lo que debes preferir a todo es, para ti, lo imposible: es no haber nacido, no ser, ser la nada”.

Confiemos en que, de llegar a respondernos, con más benévolas razones lo hagan ahora, a cada uno de los espectadores, el viejo Tiresias, Edipo, Yocasta, el Corifeo y demás presencias míticas evocadas por Colmenárez en su exposición. Si algo se precisa en el umbral del milenio que despunta es la identificación de una nueva esperanza, tónica y fuerte, que revitalice el sentido del hombre sobre la tierra.

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Tal reflexión se nos ha ocurrido al contemplar las flamantes obras de nuestro artista, digamos los hallazgos de su más reciente viaje. Y lo decimos porque una constante a lo largo de la reconocida obra plástica de Asdrúbal Colmenárez ha sido la identificación, entre sus principales motivos, de la alegoría del viaje, vale decir, del viaje personal e indagador de su oficio, como también del que lo transporta a lugares y tentativas diferentes. No en vano se cuenta, entre sus exposiciones de los últimos años, la titulada Mare Nostrum, con sus naves y travesías imaginarias, así como la dedicada a la Odisea, ya mencionada. Dentro de ese constante periplo viajero que le propone a cada vez nuevas singladuras y permanentes desafíos, debemos inscribir la presente búsqueda de la antigua Tebas y la inmortal tragedia de su rey. Y acaso sea éste, de todos los propósitos en los que ha probado su talento, el más plenamente asumido por el artista, en todo caso, el que lo ha llevado a implicarse de modo más definitivo al dialogar con la perennidad del mito y con las incitaciones que despierta en la imaginación de los
hombres.


Eugenio Montejo
abril 2006

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Asdrúbal Colmenárez reflexiona ante la esfinge de Tebas

Aunque urbano y contemporáneo, como se autodenomina, en su más reciente trabajo el artista gira su mirada hacia la naturaleza y el mito, una como aporte a su técnica y el otro como tema de reflexión. La Fundación Museos Nacionales, a través del Museo de Arte Contemporáneo, presenta la muestra Asdrúbal Colmenárez. Edipo. Laberinto del ser, en la cual confluyen pinturas, esculturas, dibujos, video e instalación, una propuesta plástica en la que toma como referencia la tragedia “Edipo Rey” de Sófocles

Considerado uno de los más extraordinarios artistas contemporáneos venezolanos, respetado docente de arte, animado conversador y amante del cine, Asdrúbal Colmenárez tiene en su haber un trabajo creativo de gran factura que siempre mezcla con los problemas sociales. “No concibo la figura del creador sumido en un taller sin ventanas”, dice quien desde hace dos años reflexiona sobre el mito de Edipo, tema oscuro y repetidamente asociado a la sociedad, del cual parte su más reciente propuesta plástica.

La exposición Asdrúbal Colmenárez. Edipo. Laberinto del ser, presentada por la Fundación Museos Nacionales, a través del Museo de Arte Contemporáneo, reúne 18 obras realizadas entre 2005 y 2006, entre las que destacan grandes esculturas que representan los personajes de la tragedia. La inauguración se llevará a cabo con presencia del artista, el domingo 18 de junio a las 11:00 a.m. en las Salas 6 y 7 del MAC. La muestra cuenta con el apoyo curatorial de Félix Suazo y permanecerá en sala hasta el 6 de agosto.

“Yo creo –explica- que los mitos se repiten en todas las sociedades y épocas. Hay personajes que identifican sentimientos como Yocasta (madre y esposa de Edipo), la víctima, la mujer venezolana, la mamá en la que se posa toda la responsabilidad, la que tiene una intuición que le advierte que es mejor no indagar. Traté de que en cada personaje se viera una psicología”.

Asdrúbal Colmenárez presenta sus obras en un montaje que rememora a Tebas, la ciudad donde se desarrolla la tragedia de Sófocles. A manera de muro de entrada, una instalación con “letras recuperadas” que recuerda la frase del poeta Hölderlin escrita en francés recibe al público (“Mi tristeza era verdaderamente sin límite, era necesario que me alejara”), y luego se inicia una narración plástica que comprende siete esculturas (Antígona, Siervo, Yocasta, Corifeo, Creonte, Tiresias y Edipo), ocho pinturas de gran formato (que ofrecen un acercamiento al proceso creador de las esculturas), un dibujo (que es una suerte de store board del video) y un video (el tercero realizado por el artista a lo largo de su trayectoria).

“Los personajes que más me impresionaron, que pensé y trabajé más fueron Edipo, a quien le resalto su malformación en las piernas, y Tiresias, quien prevé todo lo que va a pasar. Los más complicados fueron Corifeo, el testigo de la muerte del rey en manos de Edipo, y el siervo que esconde al hijo de Layo y Yocasta cuando era niño”.

La naturaleza está presente como un elemento determinante en este trabajo. Félix Suazo explica: “El artista utilizó metales, maderas, piedras y caucho para crear sus esculturas, las cuales recrean formas de semillas y lianas. De esta manera se vale de la voluptuosidad para remitir a la humanidad del mito”. Sobre este elemento Asdrúbal Colmenarez reflexiona: “Aunque yo soy muy urbano me conmuevo ante la naturaleza porque es perfecta”.

El laberinto: literatura, cine, plástica
No es la primera vez que Asdrúbal Colmenárez toma un mito como motivo de trabajo. En 2004 presentó la aventura de Ulises (Odysée Nigth, Sala RG), basada en La Odisea de Homero. “Leí los clásicos como todo el mundo: en el liceo. Me siento muy unido a la literatura y a la filosofía. Yo soy curioso, muy curioso. Creo que uno debe dudar porque son las dudas las que permiten iniciar búsquedas. Lo que pasa a veces con muchos artistas jóvenes es que creen que lo saben todo, están informados pero no analizan”.

También al cine capta su interés. “Finalmente, a mí me hubiera gustado hace cine más que otra cosa, porque los resultados se ven más rápido, y hay un equipo de gente involucrada. Pero hoy, gracias a un proceso histórico que se inició en los años setenta, todas las artes tienen una integración entre ellas. Mi montaje lo demuestra”.

La exposición que presenta en el Museo de Arte Contemporáneo le permitió hacer una revisión de su propio trabajo: “Tengo una vuelta a la escultura, como aquella que diseñé cuando hice Mare Nostrum (Maccsi, 1993), entonces mostré obras grandes, con mucha presencia, casi todas con más de dos metros de largo y alto”.

Otros elementos comunes en su obra reaparecen: “A los artistas nos interesan las cosas que más nos faltan. A mí me interesa el mar, porque no sé nadar. Soy daltónico, el color mío es medido como por educación, por la intensidad de los grises. Además, soy disléxico, confundo las letras, por eso mi obra tiene tantas frases, aunque en un principio las incluía para cuestionar al público. Pero en resumen, nada de esto me ha impedido estar vivo y seguir feliz”.

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Didáctico cuando habla, éste ex profesor de arte que ejerció en la Universidad de Vincennes, Paris VIII, no deja de hacer referencia a épocas, movimientos, artistas y piezas de arte, con una gran memoria, aunque de manera jocosa advierte que si tuviera los olvidos de ahora cuando daba clases hubiera sido un pésimo profesor. “Creo que antes de mi trabajo, sólo existe un cuadro que aborda el tema de Edipo, se refiere al óleo “Edipo y la esfinge” de J. Auguste Dominique Ingres

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